LA PASCUA DE LA NUEVA CREACIÓN



BAJO EL YUGO DE EGIPTO Y LA LIBERACIÓN, EN TIPO Y ANTITIPO — “LA CONGREGACIÓN DE LOS PRIMOGÉNITOS, QUE ESTÁN INSCRITOS EN LOS CIELOS” — NOSOTROS, CON SER MUCHOS, SOMOS UN SOLO CUERPO”— LA CONMEMORACIÓN AÚN APROPIADA — QUIÉNES PUEDEN CELEBRAR — QUIÉNES PUEDEN OFICIAR — UNA ORDEN DE SERVICIO — LA PASCUA: EASTER-PASSOVER, EXTRACTOS DE LA ENCICLOPEDIA DE MCCLINTOCK Y STRONG.


“Porque nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad.” (1 Corintios 5:7,8)


LA PASCUA era una de las experiencias más notables del Israel típico. La Fiesta de la Pascua, que se celebraba cada año durante siete días, empezaba en el decimoquinto día del primer mes. De manera general, celebraba la liberación del pueblo de Israel del cautiverio en Egipto, pero particularmente la liberación del sufrimiento, o el perdón de la vida, del primogénito de esa nación durante la plaga de muerte que azotó a los egipcios, y que, como la última de las plagas, finalmente los obligó a liberar a los israelitas de su forzada servidumbre. El perdón de la vida del primogénito de Israel se convirtió en el precursor de la liberación de toda la nación de Israel y de su paso a salvo por el Mar Rojo hacia la libertad del cautiverio en Egipto. Podemos darnos cuenta fácilmente que un suceso tan solemne sería conmemorado adecuadamente por los israelitas, identificándolo estrechamente con el nacimiento de su nación; y así lo celebran los judíos hasta hoy en día. Los miembros de la Nueva Creación están interesados en aquellos sucesos del mismo modo que están interesados en todas las actividades y planes de su Padre Celestial con respecto a su pueblo típico, Israel carnal, y con respecto a la humanidad entera. Pero la Nueva Creación tiene un interés aún más profundo en aquellos asuntos que ocurrieron en Egipto, en vista de que el Señor les ha revelado el “misterio” de que aquellas cosas que le ocurrieron al Israel natural tuvieron la intención de tipificar y anunciar aun cosas más grandes en el Plan Divino concerniente al Israel Espiritual antitípico, la Nueva Creación. Haciendo referencia a estos asuntos espirituales, el Apóstol declara que “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender porque se han de discernir espiritualmente. Pero Dios nos la reveló a nosotros (la Nueva Creación) por el Espíritu.” (1 Corintios 2:14,10).

Dios usó a los apóstoles como sus portavoces para darnos pistas certeras mediante las cuales, con la guía de su Espíritu, podamos comprender los profundos asuntos de Dios. Una de estas pistas se encuentra en el texto que encabeza este capítulo. Después de la explicación del Apóstol, vemos claramente que Israel, de acuerdo con la carne, caracterizaba a todo el pueblo de Dios, todos aquellos que en última instancia se convertirán en su pueblo hasta el fin de la edad del milenio; que los egipcios representaban a los oponentes del pueblo de Dios, el Faraón su gobernante que representaba a Satanás, el príncipe del mal y la oscuridad; y los sirvientes y jinetes del Faraón que representaban a los ángeles caídos y a los hombres que se han asociado o que se asociarán con Satanás como los oponentes al Señor y de su pueblo, la Nueva Creación y en general la familia de la fe. Como el pueblo de Israel deseaba su liberación y estaban agobiados por sus opresores, eran débiles e incapaces de liberarse por sí mismos, y no se habrían liberado del yugo de Egipto si no hubiese sido por la intervención del Señor en su favor, y el nombramiento y envío de Moisés para que sea su liberador, de modo que nosotros vemos a la humanidad, en la actualidad y a lo largo del pasado, gimiendo y sufriendo tribulaciones bajo las amenazas del “príncipe de este mundo” y sus subalternos, el Pecado y la Muerte. Estos cientos de millones de seres humanos ansían su libertad del cautiverio de sus propios pecados y debilidades, así como también su liberación de las penalidades de éstos, el dolor y la muerte. Pero sin la ayuda divina, la humanidad es impotente.

Unos cuantos realizan una pujante lucha y logran algo, pero ninguno logra liberarse totalmente. Toda la raza de Adán está en cautiverio con el pecado y la muerte, y su única esperanza está en Dios y en el Moisés antitípico, a quien él ha prometido que liberará a su pueblo a su debido tiempo, llevándolos a través del Mar Rojo, que representa la Segunda Muerte en la que Satanás y todos quienes se afilian o simpatizan con él y con su camino del mal serán eternamente destruidos, como fue tipificado en el aplastamiento del Faraón y sus huestes en el Mar Rojo literal. Pero el pueblo del Señor “no sufrirá la Segunda Muerte”.

Lo anterior es la representación general, pero dentro de este cuadro existe una representación particular, que no está relacionada a la humanidad en general y a su liberación del cautiverio del pecado y la muerte, sino solamente a una clase especial entre ellos, los primogénitos. En correspondencia con estos como su antitipo, hemos puesto nuestra atención por medio de la palabra inspirada “la Congregación de los primogénitos, que están inscritos en los cielos”, la Nueva Creación. En el tipo, los primogénitos ocuparon un lugar especial, ellos fueron los herederos, un lugar especial también en el que ellos estuvieron sujetos a una prueba especial o padecimiento antes de sus hermanos. Ellos estaban sujetos a la muerte antes del éxodo general, y cuando se produjo el éxodo estos primogénitos tuvieron un lugar especial, un trabajo especial por hacer en relación con la liberación general, porque ellos se convirtieron en una clase separada, representada por la tribu de Leví. Fueron separados de sus hermanos, renunciando a toda su herencia en la tierra. Y, de acuerdo a la disposición divina, ellos serían los maestros de sus hermanos.

Esta tribu o casa de Leví representa claramente la familia de la fe, que está representada a su vez por el Sacerdocio Real preparatorio, que renuncia a su herencia de cosas terrenales en favor de sus hermanos, y realmente constituirán dentro de poco el Sacerdocio Real, cuyo Sacerdote Principal es el Señor, y que bendecirá, reinará e instruirá al mundo durante la Edad del Milenio. Como los primogénitos de Israel en Egipto estuvieron sujetos a la muerte, pero fueron liberados, escaparon de ésta y perdiendo su herencia terrenal se convirtieron en un sacerdocio, de ese mismo modo la Iglesia antitípica de primogénitos en la actualidad está sujeta a una Segunda Muerte, teniendo su prueba por una vida eterna o muerte eterna antes del resto de la humanidad, y pasa de la muerte a la vida mediante el mérito de la muerte-sangre del Redentor.

Al convertirse en partícipes de la gracia del Señor, ellos se sacrifican con él o renuncian a la herencia terrenal, la parte terrenal, la vida terrenal, ya que ellos pueden alcanzar en el cielo “vida más abundante”. Así, mientras la Iglesia de los primogénitos, la Nueva Creación, “toda muere como los hombres”, y con respecto a las cosas terrenales, es más propensa a perderlas y a renunciar a ellas que los demás; sin embargo, aunque el hombre natural no lo comprende, éstos son liberados o rescatados de la muerte y, como el Sacerdocio Real, serán partícipes, con su Sacerdote Principal, Jesús, de la gloria, honor e inmortalidad. Estos, cuya liberación ocurre durante la noche de la Edad del Evangelio, antes de que amanezca el día del Milenio y salga su Sol de Rectitud, deberán ser los líderes de las huestes del Señor, para liberarlos del cautiverio del Pecado y de Satanás. Tengan en cuenta cómo esto concuerda con el lenguaje del Apóstol (Romanos 8:22, 19) “Porque sabemos que toda la Creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora. Porque el anhelo ardiente de la Creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios”, esperando la completa liberación de la Iglesia de los primogénitos en la Primera Resurrección, hacia la gloria, honor e inmortalidad.

Pero ahora es importante otro aspecto del tipo. Para efectuar la liberación de los primogénitos y la consecuente liberación de todo el pueblo del Señor en el tipo, fue necesario que el cordero de la Pascua debiera ser sacrificado, que su sangre sea derramada sobre los marcos de las puertas y sobre los dinteles de la casa, que su carne sea comida esa noche con hierbas amargas y con pan sin levadura. De esa manera cada casa de Israel representó la familia de la fe, y cada cordero representó el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y el primogénito de cada familia representó el Cristo, Cabeza y Cuerpo, la Nueva Creación. Las hierbas amargas representaron las pruebas y aflicciones de estos tiempos, que, aun más, sirven para estimular el apetito de la familia de la fe hacia el Cordero y el pan sin levadura. Más aun, como cada casa debía comer con el bastón en la mano y preparado para un viaje, representaba que el primogénito antitípico y la familia de la fe, que debían de esa manera participar del Cordero durante la noche de esta edad del Evangelio, serían los peregrinos y forasteros en el mundo, quienes se darían cuenta del cautiverio del pecado y de la muerte, y estarían deseosos de ser guiados por el Señor para ser liberados del pecado y de la corrupción, hacia la libertad de los hijos de Dios.


La conmemoración de nuestro Señor

En armonía con este tipo de sacrificio del cordero de Pascua en el 14° día del primer mes, el día anterior a la Fiesta de Pascua de siete días que era celebrada por los judíos, fue que nuestro Señor murió como el Cordero de Pascua antitípico, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. En ningún otro tiempo fue posible que Nuestro Señor cumpliera en muerte el sacrificio que Él empezó cuando tenía treinta años de edad, en su bautismo hasta la muerte. De aquí que sucedió que, aunque los judíos buscaron muchas veces detenerlo, ningún hombre puso sus manos sobre él, porque “subid vosotros a la fiesta; yo no subo todavía a esa fiesta, porque mi tiempo aún no se ha cumplido. Entonces, procuraban prenderle; pero ninguna le echó mano porque aún no había llegado su hora.” (Juan 7:8,30).

A medida que los judíos recibieron la orden de seleccionar el cordero del sacrificio en el décimo día del primer mes y de recibirlo dentro de sus casas en esa fecha, el señor se ofreció apropiadamente a ellos en esa fecha, cuando cinco días antes de la Pascua, él ingresó a la ciudad sobre un asno, la multitud gritó “¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! A lo suyo vino, y los suyos (como una nación) no lo recibieron. Mas a todos los que le recibieron (individualmente) a los que creen en su nombre les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. La nación, por medio de sus representantes, los gobernantes, en vez de recibirlo, lo rechazaron y de esa manera ellos mismos se identificaron en ese entonces con el Adversario. No obstante, por la gracia de Dios la sangre del Nuevo Pacto también es efectiva para la casa de Jacob, y para todo aquel que desee estar en armonía con Dios, y ellos serían partícipes de los méritos del Cordero, aunque rechazaron comer del Cordero antitípico, perdieron la oportunidad de convertirse en una nación: los primogénitos, el Sacerdocio Real, la nación santa, el pueblo del Mesías, perdiendo la oportunidad de ser liberados y de convertirse en miembros de la Nueva Creación, con vida más abundante en gloria, honor e inmortalidad; pero estamos gustosos de leer en otra parte de las Escrituras que, sin embargo, ellos tendrán una gloriosa oportunidad de aceptar al Cordero de Dios, de saborear, apropiadamente, de su carne, su sacrificio y así escapar del cautiverio del pecado y de la muerte, bajo el liderazgo del Señor y de sus fieles hermanos, el Israel espiritual, la Iglesia antitípica de los Primogénitos. Romanos 11:11-26.

Fue al término del ministerio de nuestro Señor, en el 14° día del primer mes, en “la misma noche en la que él fue traicionado”, y en el mismo día, que Él murió como el Cordero antitípico. Nuestro Señor celebraba con sus discípulos la Pascua típica de los judíos, comiendo con sus doce apóstoles el cordero típico que él mismo representó, su propio sacrificio por los pecados del mundo y de la “misma carne”, en virtud de la cual sólo se obtienen la vida, las libertades y las bendiciones de los hijos de Dios. La celebración de esta cena en la noche anterior a la muerte de nuestro Señor, y aun el mismo día, fue posible debido a la costumbre judía que empezaba cada día, no a media noche, sino a la puesta del sol. Evidentemente el Señor dispuso todos los asuntos de Israel de conformidad con los tipos que ellos debían cumplir.

Al igual que los judíos “nacidos bajo la Ley”, era obligatorio para nuestro Señor y sus apóstoles que celebraran este tipo, y fue después de que ellos observaran la Cena Judía, comiendo el cordero con el pan sin levadura y las hierbas, y, como era la costumbre, “el fruto de la vid”. Nuestro Señor, tomando el pan sin levadura y el fruto de la vid que conmemoraba la Cena Judía, el tipo, instituyó entre sus discípulos y para toda su Iglesia, a quienes ellos representaban (Juan 17:20), un nuevo objetivo, que con ellos, como el Israel espiritual, la Iglesia de los Primogénitos, la Nueva Creación, debería tomar el lugar, y reemplazar a la Cena de la Pascua Judía. Nuestro Señor no estuvo instituyendo otro tipo superior de Pascua. Por el contrario, iba a empezar su cumplimiento, y por lo tanto, no sería ya apropiado para sus discípulos que aceptaron el cumplimiento. Nuestro Señor, como el Cordero antitípico, iba a ser sacrificado, como lo expresa el Apóstol en el texto que inicia este capítulo: “porque nuestra Pascua (nuestro Cordero de Pascua), que es Cristo, ya fue sacrificado por nosotros”.

Nadie que acepte a Cristo como el Cordero de Pascua, y de ese modo que acepte el antitipo en lugar del tipo, podría jamás, con propiedad, preparar un cordero típico y comérselo en conmemoración de la liberación típica. A partir de entonces lo apropiado para todos los creyentes en Jesús, como el verdadero Cordero de Pascua, sería el derramamiento de su sangre en los marcos de la puerta del corazón: “Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificado los corazones de mala conciencia, dándose cuenta que por sus pecados fue derramada su sangre, y que a través de su sangre ellos tienen ahora el perdón de sus pecados”. Estos, de ahora en adelante, deben comer, o detentar para ellos mismos, los méritos de su Redentor, los méritos del hombre Cristo Jesús que se dio a sí mismo en rescate por todos. Mediante la fe, deben participar de esos méritos y darse cuenta que, como sus pecados fueron cargados sobre el Señor y Él murió por ellos, de ese modo sus méritos y su rectitud les son impuestos. Estas cosas ellos las comen o las detentan mediante la fe.

Si en ese entonces, la Cena de nuestro Señor reemplazó a la Cena de Pascua, aunque no como un tipo superior, habiendo comenzado el antitipo, ¿qué fue eso? Nosotros respondemos que fue una Conmemoración del antitipo, un recordatorio para sus seguidores del comienzo del cumplimiento de la Pascua antitípica.

Así el aceptar el Cordero, y de ese modo el conmemorar su muerte, significa la expectativa relacionada con la liberación prometida del pueblo de Dios, y por ello significa que aquellos que aprecian y conmemoran inteligentemente, mientras están en el mundo, no serán del mundo, pero serán como peregrinos y como forasteros, quienes buscan condiciones más deseables, libres de las plagas, de las penurias y del cautiverio de los tiempos actuales del reino del Pecado y de la muerte. Estos participan de la verdad, del pan sin levadura antitípico: ellos buscan tenerlo en su pureza, sin la corrupción (levadura) de la teoría humana, plagas, ambiciones, egoísmos, etc.; así ellos pueden ser fuertes en el Señor y en el poder de sus fuerzas. Participan también de las hierbas amargas de la persecución, de acuerdo con la palabra del Maestro, que el siervo no es superior que su Señor, y que si el Señor mismo fue injuriado y perseguido y rechazado, ellos deben esperar tratamiento similar, porque el mundo no los conoció, así como no lo conoció a su Señor. Sin duda, su testimonio es que los que buscan la aprobación del mundo no serán aceptados por Él. Sus palabras son, “bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros. Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución.” (Mateo 5:11,12; 2 Timoteo 3:12).

Cuando nuestro Señor instituyó la Cena Conmemorativa, llamada la Última Cena, estableció un nuevo símbolo, edificado sobre el tipo de la Pascua antigua y relacionado con ésta, aunque no parte de ésta, siendo una conmemoración del antitipo. A medida que leemos, “y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y le dio diciendo: esto es mi cuerpo que por vosotros es dado. Haced esto en memoria de mí”. La evidente intención de nuestro Señor fue fijar en la mente de sus seguidores el hecho de que Él es el Cordero antitípico para los primogénitos antitípicos y para la familia de la fe. La expresión “Hagan esto en mi memoria”, implica que esta nueva institución debería reemplazar a la anterior en sus seguidores, y que en adelante debe convertirse en obsoleta a causa del cumplimiento la Pascua Judía. “Asimismo, tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre”, la sangre del pacto, la sangre que sella el Nuevo Pacto. “Haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí”. No comprenderíamos que esto implica la realización de lo mismo sin tener en cuenta la hora ni el lugar, etc., sino con la significación de que cuando esta copa y este pan sin levadura fueron usados desde ese entonces como una celebración de la Pascua, en cada ocasión se debería considerar como una celebración, no del tipo sino del antitipo. Como no habría sido legal, adecuada o típica la celebración de la Pascua en cualquier otro momento distinto al que determinó el Señor, de la misma manera aun no es apropiado celebrar el antitipo en cualquier otro momento distinto al de su aniversario. 1 Corintios 11:23-25.

El Apóstol añade: “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.” (1 Corintios 11:26). Esto nos muestra que los discípulos comprendieron claramente que desde ese entonces la celebración anual de la Pascua del Señor debe tener un nuevo significado para todos los seguidores del Señor: el pan partido que representa la carne del Señor, la copa que representa su sangre. Sin embargo, esta nueva institución no se impuso sobre sus seguidores como una ley, y aunque no se impusieron penalidades debido a la falta de un cumplimiento apropiado, no obstante, el Señor sabía bien que todos aquellos que confiaran en él y que lo apreciaran como el Cordero antitípico de Pascua estarían gustosos de hacer suya la Conmemoración que Él ordenó de esa manera. Y aun es así. La fe en el rescate continúa hasta el punto de ser ilustrada en esta simple conmemoración: “hasta que él venga”, no solamente hasta la parousia o presencia de nuestro Señor en la cosecha o fin de esta era, sino que durante su parousia hasta que uno tras otro sus fieles se hayan reunido con él, más allá del “Velo”, allí para participar en un grado aun más pleno, y como lo declaró nuestro Señor, participar de éste “nuevamente en el Reino”.


“Nosotros, con ser muchos, somos un solo cuerpo”

“La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros con ser muchos somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan.” (1 Corintios 10:16,17).

El Apóstol, bajo la guía del Espíritu Santo, establece aquí ante nosotros un pensamiento adicional con relación a esta Conmemoración instituida por nuestro Señor. Él no niega, sino que afirma que fundamentalmente el pan representa el cuerpo partido de nuestro Señor, sacrificado a favor nuestro; y que la copa representa su sangre que sella nuestro perdón. Pero ahora además, él demuestra que nosotros, como miembros de la Ecclesia, miembros del cuerpo de Cristo, los futuros Primogénitos, la Nueva Creación, nos convertimos en partícipes con nuestro Señor, en su muerte, copartícipes en su sacrificio, y como él lo estableció en otro momento, es una parte de nuestro pacto “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia.” (Colosenses 1:24). El pensamiento aquí es el mismo que lo expresado por las palabras: “Nosotros somos bautizados en su muerte”. Así mientras la carne de nuestro Señor fue el pan partido por el mundo, los creyentes de esta edad del Evangelio, los fieles, los elegidos, la Nueva Creación, son tomados en cuenta como partes de un solo pan, “miembros del cuerpo de Cristo”; y por lo tanto, en el partimiento del pan, después de reconocerlo como el sacrificio de nuestro Señor a favor nuestro, debemos reconocerlo además como el partimiento o sacrificio de toda la Iglesia, de todos aquellos que están consagrados a morir con él, a ser partidos con él, a compartir sus sufrimientos.

Este es el pensamiento exacto que está contenido en la palabra “comunión”, unión común o participación común. De ahí que con cada celebración anual de esta Conmemoración no solamente reconocemos que la fundación de todos nuestros pensamientos se basan en el sacrificio del amado Redentor por nuestros pecados, sino que revivimos y renovamos nuestra propia consagración para “morir con él, que también podemos vivir con él”, para “sufrir con él, que podemos también reinar con él”. ¡Cuán grandiosamente amplio es el significado de esta celebración divinamente instituida! No estamos colocando los símbolos en lugar de la realidad, con seguridad nada podría estar más allá de la intención de nuestro Señor, ni más allá de la comprensión de nuestra parte. La comunión del corazón con él, la alimentación del corazón en él, la comunión del corazón con los miembros compañeros del cuerpo, y la comprensión del corazón del significado de nuestro pacto de sacrificio, es la comunión real, que, si somos fieles, realizaremos día a día a lo largo del año, siendo partido diariamente con nuestro Señor, y alimentándonos continuamente de su mérito, creciendo en fortaleza en el Señor y en la fuerza de su poder. ¡Qué bendición recibimos con la celebración de esta Conmemoración! ¡Qué ardor en el corazón por una mayor apreciación y crecimiento en gracia y conocimiento, y por una mayor participación en los privilegios del servicio para los que hemos sido llamados, no solamente en relación al presente sino también en relación al futuro!

Se debería tener en cuenta que el Apóstol incluye la copa por la que nosotros alabamos a Dios. “¿No es la comunión [unión común o participación común] de la sangre de Cristo?”. ¡Oh, qué pensamiento, que el verdaderamente consagrado “pequeño rebaño” fiel de la Nueva Creación a través de esta edad del Evangelio, ha sido Cristo en la carne, y que el sufrimiento y tribulaciones y oprobio y muerte de estos a quienes el Señor ha aceptado y reconocido como “miembros de su cuerpo” en la carne, son todos considerados como partes de su sacrificio, porque son asociados con él y bajo él que es nuestra Cabeza, nuestro Sacerdote Principal! ¿Quién que comprenda la situación, quién que aprecie la invitación de Dios para ser miembro de su Ecclesia, y la consecuente participación en el sacrificio de la muerte ahora, y en el trabajo glorioso del futuro, no se regocija de ser tomado en cuenta como digno de sufrir reproches en nombre de Cristo, y para dedicar su vida en el servicio de la Verdad, como miembros de su carne y de sus huesos? ¿Qué importa a estos que el mundo no nos conozca, así como no lo conoció? (1 Juan 3:1) ¿Qué importa a estos, aunque ellos deberían sufrir la pérdida de la más exquisitas ventajas terrenales, si ellos como el cuerpo de Cristo no pueden sino ser considerados dignos de una participación con el Redentor en sus futuras glorias?

A medida que éstos crecen en gracia y conocimiento y fervor, cada uno de ellos es capaz de sopesar y juzgar la materia desde el punto de vista del Apóstol, cuando dijo: “Y ciertamente aún estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo. Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.” (Filipenses 3:8, Romanos 8:18).

Otro pensamiento está en relación con el amor mutuo, la simpatía y el interés que debería prevalecer entre todos los miembros de este “cuerpo único” del Señor. A medida que el Espíritu del Señor recae más y más para dirigir nuestros corazones, esto nos hará regocijar en toda ocasión para hacer el bien a todos los hombres mientras tengamos la oportunidad, pero especialmente a la familia de la fe. A medida que nuestro amor crece por la humanidad entera, este amor debe crecer especialmente hacia el Señor, y consecuentemente, de manera especial también hacia aquellos que él reconoce, quienes tienen su espíritu y que están buscando seguir sus mismos pasos.

El Apóstol indica que la magnitud de nuestro amor por el Señor será indicada mediante nuestro amor por nuestros hermanos, los miembros compañeros de su cuerpo. Si nuestro amor debe ser tal que soporte todas las cosas y resista todas las cosas en relación con los demás, ¡cuánto más esto será cierto con respecto a estos miembros compañeros del mismo cuerpo, que están unidos tan estrechamente a nosotros a través de nuestra Cabeza! No sorprende que el Apóstol Juan declare que una de las prominentes evidencias de nuestro paso de la muerte a la vida es que amamos a nuestros hermanos (1 Juan 3:14). Ciertamente, recordamos que al hablar de cómo colmamos la magnitud de las aflicciones de Cristo, el Apóstol Pablo añade: “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia.” (Colosenses 1:24).

El mismo pensamiento está nuevamente presente en las palabras: “En esto hemos conocido el amor, en que Él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.” (1 Juan 3:16). ¡Qué tal hermandad es la que, de esa manera, esto implica! ¿De qué otra manera podríamos nosotros encontrar semejante amor hacia los hermanos que renunciando a la vida misma a favor de ellos? Estamos ahora hablando de cómo el Señor puede estar gustoso de aplicar el sacrificio de la Iglesia, representado por “el macho cabrío para Jehová” como parte de los sacrificios del Día de la Expiación. Nosotros simplemente, con el Apóstol, notamos el hecho que, hasta donde nos concierne, el sacrificio, la renunciación a la vida, se debe hacer principalmente por los hermanos, en su servicio; el servicio hacia el mundo corresponde principalmente a la edad que está por llegar, el Milenio. Bajo las condiciones actuales, nuestro tiempo, talentos e influencia y medios son más o menos gravados a los demás (la esposa o hijos o los padres ancianos u otros que dependan de nosotros), y estamos obligados también a la provisión de las “cosas necesarias”, “decentes” y “honestas ante todos los hombres” como nuestra responsabilidad. De aquí que encontramos comparativamente poco lo que queda a nuestra disposición para el sacrificio, para entregarse por los hermanos, y este poco, el mundo y la carne y el mal están continuamente intentando reclamarnos, y desviarnos del sacrificio al cual nos hemos consagrado.

En estos tiempos en los que prevalece el mal, la elección de la Iglesia por parte del Señor es para intentar que las circunstancias del entorno puedan poner a prueba la magnitud del amor y la lealtad de cada uno hacia él y lo suyo. Si nuestro amor fuera indiferente, los reclamos del mundo, la carne y el Adversario serán demasiado para nosotros, y atraerán nuestro tiempo, nuestra influencia, nuestro dinero. Por otro lado, en esa misma proporción tendremos el placer de sacrificarlos para él, no solamente para dar nuestro excedente de energía e influencia y medios, renunciando a estos mientras encontremos la oportunidad en el servicio a los hermanos, sino que adicionalmente, este espíritu de devoción hacia el Señor nos empujará a restringir dentro de los razonables límites económicos las demandas del hogar y de la familia, y especialmente de uno mismo, que podamos tener lo máximo para sacrificar en el altar del Señor. De la misma manera que nuestro Señor estuvo durante tres años y medio partiendo su cuerpo, y durante tres años y medio dando su sangre, su vida y sólo finalizó estos sacrificios en el Calvario, de ese mismo modo con nosotros: la renunciación a nuestras vidas por los hermanos está en los pequeños asuntos del servicio, temporal o espiritual, siendo superior el espiritual, y por lo tanto el más importante, aunque aquel que cierre su compasión hacia un hermano que tenga una necesidad temporal daría evidencia de que él no tuvo al Espíritu del Señor dirigiendo su corazón correctamente.


La Conmemoración aún apropiada

Como ya lo hemos visto, la celebración original de la Conmemoración de la muerte de nuestro querido Redentor (con el significado aun mayor atribuido a él por el Espíritu Santo a través del Apóstol, que incluye nuestra participación o comunión con él en su sacrificio) era en una fecha particular: el decimocuarto día del primer mes, según el calendario judío. Y la misma fecha, considerada con el mismo método de conteo, aun es apropiada y llamará la atención a todos aquellos que se están preguntando por los “antiguos caminos” y están deseosos de caminar por ellos. Esta conmemoración anual de la muerte del Señor, etc., de la manera en que fue instituida por nuestro Señor y observada por la Iglesia de los primeros cristianos, ha sido restablecida recientemente entre aquellos que ingresan a la luz de la Verdad Actual.

No es sorprendente que, mientras se iba perdiendo de vista cada vez más el significado real de la cena simbólica del Señor, el decoro que va adjunto a su celebración anual también fue descuidado. Esto se hará más fácil de comprender cuando entendamos la historia de este asunto, como sigue:

Después que los apóstoles y sus sucesores inmediatos murieron, aproximadamente en el siglo tercero, el Catolicismo Romano empezó a influir en la Iglesia. Una de sus falsas doctrinas era en el sentido de que mientras la muerte de Cristo aseguraba la cancelación de la antigua culpa, no podía compensar las transgresiones personales después que el creyente haya entrado en relación con Cristo, después del bautismo; pero que un nuevo sacrificio era necesario para tales pecados. En base a este error se edificó la doctrina de la Misa, que como ya lo hemos explicado de algún modo, era considerada como un nuevo sacrificio de Cristo para los pecados particulares del individuo para quien se ofrecía la Misa, o sacrificio, el nuevo sacrificio de Cristo realizado para hacer parecer razonable la afirmación de que el sacerdote que oficiaba la Misa tenía el poder para convertir el pan y el vino en el cuerpo real y en la sangre real de Cristo, y de ese modo, al partir la hostia, partir o sacrificar al Señor nuevamente por los pecados del individuo por quien se realizaba la Misa. Ya hemos mostrado que desde el punto de vista divino esta enseñanza y esta práctica era una aversión ante el Señor, “y quitarán el continuo sacrificio, y pondrán la abominación desoladora.” (Daniel 11:31, 12:11).

Esta falsa doctrina se hizo sombría y a raíz de ésta se produjeron los innumerables errores de la Iglesia, la gran caída o apostasía que constituyó el sistema romano, el principal de todos los anticristos. Siglo tras siglo se sucedieron con esta visión como la predominante, la controladora sobre toda la Cristiandad, hasta que en el siglo decimosexto se inició el movimiento de la Gran Reforma para suscitar una oposición, y de manera proporcional se comenzó a encontrar las verdades que habían estado escondidas durante la Edad Media bajo las falsas doctrinas y las falsas prácticas del anticristo. A medida que los Reformistas recibieron mayores luces respecto del testimonio completo de la Palabra de Dios, esas luces incluyeron perspectivas más claras sobre el sacrificio de Cristo y ellos empezaron a ver que la teoría papal y la práctica de la misa eran en realidad la “abominación desoladora”, y ellos lo desautorizaron con gran autoridad. La Iglesia de Inglaterra revisó su libro de oraciones en 1552 y excluyó la palabra misa.

La costumbre de la Misa reemplazó prácticamente a las celebraciones anuales de la Cena Conmemorativa del Señor, pues las Misas eran oficiadas a intervalos frecuentes con vistas a limpiar repetidamente a la gente del pecado. Como los Reformistas vieron este error, ellos intentaron regresar a la simplicidad original de la primera institución y desconocieron la Misa romana considerándola como una celebración impropia de la Cena Conmemorativa del Señor. Sin embargo, al no ver la cercana relación entre el tipo de la Pascua y el antitipo de la muerte de nuestro Señor, y la Cena como una conmemoración del antitipo, ellos no captaron el pensamiento de la corrección de su observación en base a su repetición anual. De aquí que nosotros encontramos que entre los protestantes algunos la celebran mensualmente, otros cada tres meses y algunos cada cuatro meses, usando cada confesión su propio criterio, celebrándola los “Discípulos” semanalmente debido a un malentendido respecto del bautismo. Ellos basan su celebración semanal de la cena en las afirmaciones de los Hechos de los Apóstoles en el sentido de que la Iglesia de los primeros cristianos se reunía el primer día de la semana y en tales reuniones realizaban el “partimiento del pan” (Hechos 2:42, 46; 20:7).

Ya hemos observado que estas celebraciones semanales no eran conmemoraciones de la muerte del Señor, sino por el contrario, eran fiestas de amor que conmemoraban su resurrección y el número de particiones del pan que ellos disfrutaron con él en los varios primeros días durante los cuarenta días antes de su ascensión. La remembranza de estas particiones del pan, en las que sus ojos fueron abiertos y ellos lo conocieron, probablemente los condujo a reunirse cada primer día de la semana desde ese entonces y no incorrectamente, los condujo a tener una comida social, un partimiento del pan. Como ya lo hemos notado, la copa nunca se menciona en relación con éstos, mientras que, en cada mención de la Cena Conmemorativa del Señor, ésta ocupa plenamente un lugar tan importante como el que ocupa el pan.


¿Quiénes pueden celebrar?

Ante todo, nosotros respondemos que nadie que no confíe en la preciosa sangre de Cristo, como sacrificio por los pecados, debería participar de la Pascua. Nadie debería participar de la Pascua excepto por la fe que tenga en la sangre del derramamiento sobre los marcos de las puertas y dinteles de su tabernáculo terrenal, que habló de paz para nosotros, en vez de llamar a la venganza como lo hizo la sangre de Abel (Hebreos 12:24). Nadie debería celebrar la fiesta simbólica a menos que en su corazón tenga la verdadera fiesta y haya aceptado a Cristo como su Dador de vida. Además, nadie debe participar de la Pascua a menos que sea un miembro del cuerpo único, del pan único, y a menos que haya considerado sacrificar su vida, su sangre con la del Señor en el mismo cáliz o copa. Aquí hay una clara línea que diferencia no solamente a los creyentes y a los no creyentes, sino también a los consagrados y a los no consagrados. Sin embargo, la línea debe ser trazada por cada individuo para sí mismo, mientras que lo que profesa sea bueno y atestiguado razonablemente por medio de su conducta externa. Ningún miembro debe ser el juez de otro, ni tampoco la Iglesia debe juzgar, a menos que, como ya se ha indicado, el asunto haya llegado ante ésta de alguna forma definida de acuerdo con las regulaciones prescritas. Por el contrario, los ancianos o representantes de la Iglesia deberían establecer ante aquellos que se congregan, estos términos y condiciones: (1) fe en la sangre, y (2) consagración al Señor y a su servicio, aun hasta la muerte. Ellos deberían entonces invitar a todos los que piensan así y se consagran así para unirse y celebrar la muerte del Señor y la suya propia.

Ésta y todas las invitaciones relacionadas con esta celebración deberían ser establecidas muy ampliamente de modo que no provoque ninguna impresión de sectarismo. Todos deberían ser bienvenidos para participar, si ellos están en completo acuerdo con respecto a estas verdades fundamentales, la redención por medio de la preciosa sangre y una completa consagración hasta la muerte, dándoles justificación.

Aquí es apropiado considerar las palabras del Apóstol: “De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el juicio del Señor, juicio come y bebe para sí.” (1 Corintios 11:27-29).

La advertencia del Apóstol aquí parece estar en contra de una descuidada celebración de esta Conmemoración, que haría de ésta una fiesta, y en contra de invitar a personas de una manera confusa. Ésta no es tal fiesta. Es una Conmemoración solemne, dirigida solamente a los miembros del “cuerpo” del Señor, y cualquiera que no perciba esto, cualquiera que no perciba que el pan representa la carne de Jesús y que la copa representa su sangre, estaría bajo juicio al ser partícipe de ella, no bajo “condena” como dice la Nueva Versión Internacional, sino un juicio ante el Señor, y un juicio también ante su propia conciencia. Por ello, antes de participar de estos símbolos, cada individuo debería decidir por sí mismo si cree y confía o no en que el cuerpo partido y la sangre derramada de nuestro Señor es su precio de rescate, y en segundo lugar, si ha hecho la consagración o no de su todo, de manera que pueda ser tomado en cuenta como un miembro de ese “cuerpo único”.

Habiendo notado quiénes están excluidos y quiénes tienen de manera apropiada acceso a la mesa del Señor, vemos que todo miembro verdadero de la Ecclesia tiene el derecho de participar, a menos que el derecho haya sido retirado por medio de una acción pública de toda la Iglesia, de acuerdo con la regla dictada para eso por el Señor (Mateo 18:15-17). Todos pueden celebrar, todos desearán celebrar, ajustándose a la amonestación final de nuestro Maestro, “Comed de ello todos; bebed de ella todos”. Ellos se darán cuenta que a menos que comamos la carne del Hijo del Hombre, y bebamos su sangre, nosotros no tenemos vida en nuestro interior, y que si ellos han participado realmente en corazón y en mente de los méritos del sacrificio del Señor, y de su vida, que es a la vez un privilegio y un placer de conmemorarlo, y de confesarlo ante los demás y ante el Señor. ¿Quiénes pueden oficiar?

La falsa doctrina de la Misa y la creación de una clase en la Iglesia llamada clérigo, para administrar a ésta y en los servicios, han creado en la mente de la gente la profunda impresión de que es imprescindible la presencia de clérigos, así mismo los protestantes aun hoy en día sostienen que la presencia de “un ministro ordenado” para pedir una bendición y para oficiar en tales servicios conmemorativos, es de necesidad absoluta, y que cualquier otro procedimiento sería un sacrilegio. Se puede reconocer muy fácilmente cuán tremendamente equivocada es esta teoría cuando recordemos que todos los que tienen el privilegio de participar de esta Conmemoración son miembros consagrados del “Sacerdocio Real”, cada uno completamente comisionado por el Señor para predicar su Palabra de acuerdo con su talento y oportunidades, y completamente ordenado también para realizar cualquier servicio o ministerio del cual ellos sean capaces para él y los miembros de este cuerpo, y en su nombre para otros. “Todos ustedes son hermanos” es la ley del Señor, y no es para olvidarlo cuando estemos en comunión con él, y celebremos su obra redentora, y nuestra unión común con él y con cada uno de los demás como miembros de su cuerpo.

Sin embargo, en cada grupo pequeño del pueblo del Señor, en cada pequeña Ecclesia, o cuerpo de Cristo, como ya lo hemos señalado, las Escrituras indican que debería haber orden y que una parte de ese orden es que debería haber “ancianos en cada Iglesia”. Mientras cada miembro de la Ecclesia, la Nueva Creación, tenga una ordenación suficiente del Señor para permitirle participar en relación con la Cena Conmemorativa, aun la Iglesia, al elegir a los ancianos, indica que ellos deberían ser representativos de toda la Ecclesia respecto de tales materias como ésta. Por ello, el deber de disponer y ministrar esta Conmemoración recaería en ellos como un servicio para el que ellos ya han sido seleccionados por la Iglesia.

La declaración de nuestro Señor, “Cuando dos o tres de ustedes se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en el medio”, nos muestra de manera concluyente que, donde sea posible, esta conmemoración debería ser celebrada en compañía de miembros del cuerpo. La bendición adjunta tenía la intención de atraer a los miembros uno hacia el otro, no solamente en esta reunión anual, sino mientras sea posible. Donde sea que aun dos o tres puedan reunirse para clamar por esta promesa, siendo imposible o inconveniente reunirse con un grupo mayor, ellos están privilegiados para celebrar como una Iglesia, como una Ecclesia, completa; y aun cuando un individuo pueda estar pasando por tales circunstancias que no le fuera posible reunirse con otros, nosotros sugerimos que su fe salga con suficiente fuerza hacia el Señor para clamar por la promesa, considerando al Señor y a él mismo como dos. Nosotros aconsejamos que no se permita que semejante inevitable aislamiento dificulte ninguna de las celebraciones anuales del gran sacrificio por el pecado, y de nuestra participación en ellas con el Señor, que el individuo solitario se agencie de pan (pan sin levadura como galletas de soda o galletas de agua, si es posible) y el fruto de la vid (jugo de pasas o de uvas, o vino) y que celebre en comunión de espíritu con el Señor y con los miembros compañeros del cuerpo, de los cuales está obligadamente separado. Una orden de servicio

Ya que el Señor no estableció ninguna regla u orden de servicio, no nos corresponde hacerlo, aunque nosotros creemos, sin falta de corrección, que podemos sugerir lo que encuentra aceptación entre nosotros como una moderada, razonable y ordenada celebración de esta Conmemoración. Lo hacemos así, no con la intención de dar una regla o una ley, sino con el propósito de ayudar a una visión moderada del asunto, del que algunos han estado acostumbrados a ceremonias elaboradas y otros que no han estado acostumbrados a nada parecido. Permitamos entonces que nuestra expresión sea considerada de manera simple, a la luz de la sugerencia, sujeta a modificaciones, etc., como pueda parecer aconsejable. Es como sigue:

(1) La apertura del servicio con uno o más himnos, apropiados para la ocasión, de espíritu solemne y atrayendo las mentes en la dirección de la Conmemoración.

(2) Oración por la bendición divina sobre la concurrencia, y especialmente sobre aquellos que participarán, recordando también a los miembros compañeros del mismo cuerpo, conocidos de nosotros y desconocidos, en todo el mundo y especialmente los que están celebrando esta Conmemoración en su aniversario.

(3) El Anciano que tenga a cargo el oficio podría leer de la Escrituras una explicación sobre la institución original de la Conmemoración.

(4) Luego, él u otro Anciano podría presentar una explicación del asunto, el tipo y el antitipo, hablando improvisadamente o si lo desea, con igual propiedad leyendo algo de esa explicación como por ejemplo, la disertación anterior.

(5) Llamando la atención sobre el hecho de que nuestro Señor bendijo el pan antes de partirlo, el Anciano podría en ese momento llamar a un hermano competente para que pida una bendición sobre el pan, o si nadie está presente sino él mismo es competente, debería invocar la bendición divina sobre el pan y sobre aquellos que lo comerán, que los ojos de su comprensión podrían ser abiertos ampliamente hacia una apreciación o comprensión de las profundidades del significado que está participando correctamente, y que todos los que participan podrían tener la comunión bendita con el Señor en el uso del símbolo de su carne y para hacer una renovación de su propia consagración para ser quebrados con él.

(6) Luego, uno de los pedazos del pan sin levadura podría ser partido, usando las palabras del Señor, “Tomad, comed, esto es mi Cuerpo”; y uno de los hermanos o la misma persona que realiza el oficio podría servir la bandeja, si la congregación fuera grande, se podrían servir simultáneamente varias bandejas de pan por dos, cuatro, seis o cualquier número de hermanos consagrados.

(7) Se debería mantener silencio durante el paso de los emblemas, excepto de breves observaciones, y lo que es más, respetando la significación del pan y de cómo nos alimentamos del Señor, podría no ser apropiado aunque generalmente estaría bien que este asunto sea cubierto por el Anciano o algún otro orador cuando se explique la significación de la celebración en general, antes de la distribución, que la comunión de los participantes no sea interrumpida.

(8) Luego, se debería pedir una bendición sobre la copa, mientras leemos que nuestro Señor “y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: “bebed de ella todos”, y la dio a sus discípulos. Algún hermano podría ser llamado para esta oración de gracias y de petición por la bendición del Señor sobre los que participan, y debería ser realizada de la misma manera en silencio.

(9) Al terminar el servicio de esa manera, recomendamos que se siga el curso del Señor y de los apóstoles hasta el final, que se cante un himno al concluir, y que la congregación sea así despedida, sin ninguna oración de finalización. Aconsejamos que en esta ocasión se prescindan de los acostumbrados saludos, pedidos por la salud, etc., y que cada uno se vaya a su casa evitando como sea posible cualquier cosa que pudiera interrumpir sus reflexiones y comunión, y que hasta donde sea posible cada uno busque continuar en comunión, no solamente esa noche sino durante el siguiente día, teniendo en mente las experiencias del Señor en el Getsemaní, y su necesidad de simpatía y ayuda, y el hecho de que cada miembro de su cuerpo pueda también tener momentos similares, y necesite del consuelo y la ayuda de los compañeros discípulos.

Sobre el Maestro se escribió: “Entonces, todos los discípulos, dejándole, huyeron”, nadie fue capaz de simpatizar con él en su propia hora de sufrimiento. Con nosotros es distinto. Nosotros tenemos miembros compañeros del cuerpo, bautizados de manera similar en la muerte, comprometidos igualmente a ser “quebrados” como miembros de un sólo pan, y aceptados y ungidos con el mismo Espíritu Santo. Y mientras recordamos esto, busquemos con la máxima seriedad ser útiles para los miembros compañeros del cuerpo, recordando que todo lo que se haga sobre el más insignificante miembro del cuerpo es hecho sobre la cabeza, y es apreciado por él. Al mismo tiempo, nosotros podemos recordar adecuadamente el ejemplo de Pedro, su ferviente impulsividad como siervo del Señor y aun su debilidad en un momento de prueba, y su necesidad por la ayuda del Señor y sus oraciones. “Velad y orad, para que no entréis en tentación”. El recordar esto puede ser una ayuda especial para nosotros, como sin duda lo fue posteriormente para el Apóstol Pedro. Nos permitirá aun más para nosotros buscar al Señor por “gracia para ayudarnos en todo momento de necesidad”

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Al mismo tiempo, estará bien que recordemos a Judas, y que su caída surgió a raíz del egoísmo, ambición, codicia; y mientras recordamos cómo cada vez más entró en él Satanás a través de esta puerta de egoísmo, puede ayudarnos el estar alertas, no vaya a ser que caigamos de manera similar en una trampa del Adversario; no vaya a ser que por cualquier consideración neguemos al Señor que él nos ha comprado; no vaya a ser que, en el sentido amplio de la palabra, traicionemos en algún momento al Señor o a sus hermanos o a su Verdad. Al día siguiente tengamos en la memoria las experiencias de nuestro querido Redentor, no solamente para que podamos así entrar más entusiastamente en simpatía con él, sino para que adicionalmente podamos sentirnos extraños a las muy fuertes penurias que pueden sucedernos como seguidores suyos, sino para que también podamos seguirlo hasta la consumación y mantener por siempre en la memoria sus palabras agonizantes: “Consumado es”, y darnos cuenta que esto significa una finalización de su ofrenda por el pecado a favor nuestro, de modo que por medio de los azotes que le dieron podamos darnos cuenta que estamos curados y así podamos también darnos cuenta que alguna vez vivió y resucitó para interceder por nosotros y para prestarnos ayuda en todo momento de necesidad.


La Pascua: Easter-Passover

La palabra inglesa Easter (la “Pascua de Resurrección”, el término hoy usado) aparece una sola vez en las Escrituras (Hechos 12:4) y allí hay una mala traducción, debería ser interpretada como Passover (la Pascua de los judíos). El nombre Easter fue adoptado de los paganos. Es de origen sajón y denota a una diosa de los sajones, o más bien del Este, Eoestre, cuyo festival se celebraba en la primavera, más o menos durante la Pascua judía. La adopción de este nombre y su aplicación al periodo en que se celebra la muerte y resurrección de nuestro Señor y su ascensión, hasta la llegada de la bendición Pentecostal, fue evidentemente un intento para permitir que las instituciones cristianas reemplacen más fácilmente a las del paganismo.

Al igual que la mayoría de estas concesiones, ésta data aproximadamente del siglo tercero. Este origen pagano del nombre Easter no debe provocar ninguna diferencia en nuestras mentes, porque nosotros no la usamos más para celebrar a la diosa del Este. Definitivamente, entre los protestantes el nombre ha estado ligado a un solo día en vez de un periodo, como en los tiempos antiguos, y como todavía lo usan los católicos. Ese día único es llamado Easter Sunday. Cualquier conmemoración de la resurrección de nuestro Señor será siempre preciada por su pueblo, pero para aquellos que aprecian correctamente el asunto, cada domingo es un Easter Sunday, porque cada “Domingo de Resurrección” es una Conmemoración de la resurrección de la muerte de nuestro Señor.

Nuestro pensamiento, al introducir aquí este asunto, es muy en particular para llamar la atención sobre la visión más amplia del término Easter, mantenido por los católicos, que incluye al Viernes Santo así como también al Domingo de Resurrección (Easter Sunday), y es usado simplemente como un sinónimo de la temporada de Pascua. La introducción de la Misa y su observación frecuente habrían tenido la intención de anular completamente la celebración anual de la muerte de nuestro Señor en su aniversario, pero no fue así. La costumbre original de la Iglesia de los primeros cristianos de celebrar el gran acontecimiento central, y la misma fundación de su existencia, continuó aunque cesó la celebración de la cena en su fecha adecuada, sustituida por los numerosos sacrificios de la Misa, y de esa manera esta única conmemoración particular perdió su significado.

Durante siglos, era costumbre contar la fecha de la crucifixión de nuestro Señor de acuerdo con el calendario judío, como ya lo hemos explicado, pero posteriormente con el deseo de zanjar hasta donde sea posible con las instituciones judías, fue instituido un cambio en el método de contar la fecha de la muerte de Cristo, nuestra Pascua. “El Concilio Ecuménico” de Nicea decretó que desde ese entonces la Easter debería ser celebrada el viernes siguiente al primer plenilunio después del equinoccio de primavera. Esto no solamente fijó de manera universal la celebración de la muerte del Señor para un día viernes, llamado “Viernes Santo”, sino que adicionalmente aseguró que la celebración estuviera, muy rara vez, de acuerdo con la celebración judía de la Pascua. La diferencia en el método de conteo, que debería ser recordada, es que los judíos en ese entonces esperaban y aun esperan hasta el equinoccio de primavera, e inician su mes con la primera luna nueva a partir de entonces, y guardan la Pascua en ese plenilunio, o sea el 14° día. Ocasionalmente, este cambio produce una diferencia de casi un mes entre los dos métodos de conteo.

No nos corresponde decir cuál es el mejor método, pero nuestra preferencia es apegarnos a lo que el Señor y los apóstoles practicaron; no con una sumisión ciega que nos haría sentir que hemos cometido un crimen si erramos en el cálculo y celebramos en una fecha incorrecta, sino por el contrario con la satisfacción de que hemos intentado seguir tan cercanamente como sea posible la institución divina, el modelo. Alguien podría quizás sugerir que aun sería mejor establecer la fecha de acuerdo con nuestro calendario moderno, es decir el 15 de abril o el 1 de abril u otra fecha, y todos los cálculos, etc. serían por consiguiente innecesarios. Nosotros respondemos que evidentemente el Señor tuvo una razón para acomodar el calendario judío como lo hizo, y en este asunto preferimos continuar reconociendo su institución.

De manera particular, vemos que como el sol es el símbolo del Reino espiritual de Dios, la luna es el símbolo del Pacto de la Ley, y del pueblo que estuvo bajo ese Pacto de Ley. De ese modo, fue especialmente apropiado que nuestro Señor sea crucificado por ellos exactamente en el plenilunio, y eso por predeterminación divina respecto de la fecha, de manera que ellos no pudieron apresarlo antes, aunque ellos desearon hacerlo, porque “Entonces procuraban prenderle; pero ninguno le echó mano porque aún no había llegado su hora.” (Juan 7:30, 8:20). Su crucifixión durante el plenilunio y el hecho de que la luna empezara a menguar inmediatamente, pone en énfasis una lección en el sentido de que Israel, como nación, incurrió en rechazo divino, simbolizado por la luna menguante, que representó su decadencia.

* * *

Aquí adjuntamos algunos extractos de una autoridad reconocida, que corrobora lo anterior, como sigue:

De la Enciclopedia de McClintock y Strong


“EASTER, esto es, PASSOVER: Easter es una palabra de origen sajón y denota a la diosa Eáestre de los sajones, o más bien del Este, en honor de quien se ofrecían cada año sacrificios, aproximadamente durante la temporada anual de Pascua (la primavera); el nombre empezó a ser ligado por asociación de ideas al festival cristiano de la resurrección, que ocurría durante el tiempo de Pascua, de aquí que nosotros decimos Easter-day (día de Pascua), Easter Sunday (Domingo de Pascua), pero de manera muy inapropiada, pues esto de ninguna manera se refiere al festival que en ese entonces se dedicaba a la diosa de los antiguos sajones. Así, se usa la actual palabra alemana Ostern, para Easter, y se refiere a la misma diosa, Eáestre. La aparición de esta palabra en la Versión Autorizada de la Biblia (Versión del Rey Jaime) (Hechos 12:4): “El cual prendido, le echó en la cárcel, entregándole a cuatro cuaterniones de soldados que le guardasen: queriendo sacarle al pueblo después de la pascua de resurrección (Easter)”, se evidencia principalmente como un ejemplo de la falta de consistencia en los traductores… En la última revisión, ‘Passover’ (Pascua) fue restituida en todos los pasajes…”

“Las iglesias de Asia Menor celebraban la muerte del Señor el día correspondiente al 14 del mes Nisán, en el cual ocurrió la crucifixión, de acuerdo con la opinión de toda la iglesia antigua. Por otro lado, las Iglesias Occidentales (Roma) eran de la opinión de que la crucifixión debería ser conmemorada anualmente el preciso día de la semana en que ocurrió, esto es, el Viernes… Las Iglesias Occidentales veían el día de la muerte de Cristo como un día de luto y ellos no finalizaban el tiempo de ayuno hasta el día de la resurrección. Por otro lado, las Iglesias de Asia Menor consideraban completamente la muerte de Cristo en cuanto a la redención de la humanidad, y finalizaban el día de ayuno en la hora de la muerte de Cristo, tres de la tarde, e inmediatamente después celebraban el ágape y la cena del Señor. Ambas partes (las Iglesias Ortodoxas Orientales y las Iglesias Occidentales) adoptaron el término PASCHA (Passover, Pascua), por el cual ellos consideraban a veces los especiales días festivos de esta semana, y a veces la semana completa para conmemorar la Pascua.”

“La primera disputa seria entre ambas partes dentro de la antigua Iglesia sucedió aproximadamente en el año 196 d.c., cuando el Obispo Víctor de Roma emitió una circular a los obispos líderes de la Iglesia, requiriéndoles que celebren sínodos en sus diversas provincias y que introduzcan la práctica occidental (la práctica de celebrar el Viernes y el Domingo, en lugar de hacerlo el día exacto, el 14 y el 16 de Nisán). Algunos cumplieron con el pedido, pero el sínodo celebrado por el Obispo Polícrates, de Éfeso, lo rechazó enfáticamente y aprobó la carta del Obispo Polícrates, quien en defensa de la práctica asiática refirió a Víctor la autoridad de los Apóstoles Felipe y Juan, de Policarpo y de siete de sus parientes quienes antes que él habían sido obispos de Éfeso…”.

“Hasta aquí, la controversia entre las Iglesias Asiática y Occidental (Romana) había involucrado solamente dos puntos, a saber: (1) si se debería conmemorar el día de la semana o el día del mes en el que sucedió la muerte de Cristo, (2) si el ayuno debía ser finalizado. Ahora surgió un tercer punto en la disputa, respecto del tiempo en el que realmente ocurrió el 14° día de Nisán. Muchos de los Padres de la Iglesia son de la opinión que, de acuerdo con el cálculo original de los judíos hasta la época de la destrucción de Jerusalén, el 14 de Nisán había ocurrido siempre después del equinoccio de primavera, y que solamente fue, que a raíz de ese mal cálculo de los judíos posteriores, que el 14 de Nisán ocasionalmente caía antes del equinoccio. Ellos insistieron por ello en que el 14 de Nisán, que para ambas partes dentro de la Iglesia determinaba el tiempo de la Pascua, debería ser siempre después del equinoccio”.

“Como el año de los judíos es un año lunar y el 14 de Nisán siempre es un día de plenilunio, los cristianos que adoptaron la idea astronómica anterior, celebrarían la muerte de Cristo un mes después de la Pascua judía siempre que el 14 de Nisán caiga antes del equinoccio. Como los cristianos ahora no podrían confiar más en el Calendario judío, ellos tuvieron que hacer sus propios cálculos respecto del tiempo de Pascua. Estos cálculos diferían frecuentemente, en parte por las razones ya expuestas, y en parte porque la fecha del equinoccio era fijada por algunos el 18 de marzo, por otros el 19, por otros el 21 de marzo. En el año 314 el Concilio de Arles intentó establecer la uniformidad, pero sus decretos no parecieron haber tenido gran efecto. Por ello, el Concilio Ecuménico de Nicea discutió nuevamente el asunto y procedió decretando que la Pascua debería ser celebrada por toda la Iglesia después del equinoccio, el Viernes posterior al 14 de Nisán. También se estipuló que la Iglesia de Alejandría, al ser distinguida por su ciencia astronómica, debía informar anualmente a la Iglesia de Roma en qué día de las Calendas (el primer día de cada mes en el antiguo calendario romano) se debería celebrar los Idus (en el antiguo calendario romano, el 15° día de marzo, mayo, julio, octubre; o el 13° del resto) de Pascua, y la Iglesia de Roma debía notificar a todas las Iglesias del mundo. Pero aun estos decretos del Concilio de Nicea no pusieron un alto a todas las diferencias, y quedó reservado al cálculo de Dionisius Exiguus el introducir gradualmente la uniformidad en la práctica de la Iglesia antigua. Algunos países, como Gran Bretaña, no abandonaron su antigua práctica hasta después de una gran resistencia. La uniformidad [en observar el Viernes y en desechar la consideración judía del día de plenilunio] parece haber sido establecida en el tiempo de Carlomagno, y [por ello] no se encuentra ningún rastro [de la observación] del Quarto decimani (la celebración de acuerdo con el verdadero día: el 14 de Nisán, el plenilunio después del equinoccio de primavera)…”.

“La revisión del Calendario por el Papa Gregorio XIII, retuvo totalmente la era dionisiana, pero determinó de manera más precisa el plenilunio de Pascua, y previó cuidadosamente para evitar cualquier desviación futura del calendario respecto del tiempo astronómico. Sin embargo, por medio de estos minuciosos cálculos, la Pascua cristiana coincide a veces con la Pascua Judía contrariamente a los decretos del Concilio de Nicea”.

La misma autoridad dice respecto de la palabra:

PASSOVER: “Era el festival representativo del año, y en esta posición única mantuvo cierta relación con la circuncisión como el segundo sacramento de la Iglesia Hebrea (Ex. 12:44). Nosotros podemos ver esto en lo que ocurrió en Gilgal, cuando Josué, al revisar el pacto divino, celebró la Pascua inmediatamente después de la circuncisión del pueblo. Pero la naturaleza de la relación en la que estos dos ritos se mantuvieron juntos no llegó a desarrollarse completamente hasta que todos sus antitipos fueron realizados, y la cena del Señor ocupara su lugar como la fiesta sacramental del pueblo elegido de Dios”.



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