Esperanza más allá de la tumba



¿QUÉ ES LA MUERTE?

LA MUERTE es el mayor enemigo del hombre. De entre todas las fuentes de información disponibles, la Biblia es la única que puede darnos informes definitivos en cuanto a los que son arrebatados por ese terrible monstruo. La palabra de Dios nos promete que llegará el día en que “la muerte no será más,” y además nos asegura que quienes hayan muerto volverán a vivir. (Apoc. 21:4; Juan 5:28) El conocimiento de la provisión que el Creador ha hecho en favor de la moribunda raza humana es de verdadero consuelo para quienes están afligidos a causa de la pérdida de sus seres queridos.

Además del espantoso espectro de la muerte misma, hay la casi universal incertidumbre de lo que hay más allá de la tumba. ¿Qué sucede a una persona en seguida de que su corazón ha cesado de latir? ¿Estará aún vivo y revoloteando en el lugar en que sus amigos y parientes se reúnen a lamentar su desaparición? ¿Acaso habrá ido a ignoto lugar? O, si el difunto ha sido cristiano, ¿habrá ido a una de las tradicionales regiones, como el cielo o a sufrir eternamente en un infierno de fuego y azufre?

No importa cuánto nos esforcemos por borrar de nuestras mentes estas preguntas, no lo lograremos. Y aun cuando nos consolemos imaginando que al menos muchos de nuestros parientes y amigos que han muerto eran buenas personas y fieles creyentes, según lo que ellos entendían, sin embargo, algunos de ellos han muerto fuera de las creencias y prácticas ortodoxas y, por lo tanto, no podremos dejar de preocuparnos por ellos. ¿Se hallarán sufriendo, o se encontrarán felices?


LA CIENCIA NO NOS OFRECE ESPERANZA ALGUNA


La ciencia afirma que no existe evidencia alguna de que la vida humana continúa después de que el corazón deja de palpitar. Por ser ésta una edad en que predomina el materialismo, muchos se inclinan a aceptar esta perspectiva. Opinan que, en lo tocante a la vida, el hombre no difiere de los animales, que la superioridad de la especie humana no se debe a que conforme a la opinión general tenga oculta en sí una entidad separada, a la que se le da el nombre de “alma” o “espíritu,” sino al superior organismo de que está dotado el hombre, siendo más refinado que el de los animales. Consultemos ahora algunos de los pasajes bíblicos que muestran claramente que la ciencia está en lo correcto en cuanto a la presente condición de los muertos. Eclesiastés 9:5 dice: “Porque los vivos saben que han de morir; pero los muertos nada saben ya.” El Salmo 49:10 al 12 también viene al caso: “Los sabios mueren, el insensato y el necio perecen del mismo modo, y dejan a otros sus riquezas. Su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas, y sus habitaciones hasta la postrera generación; llama sus tierras de los nombres de ellos. Pero el hombre no permanecerá en honra; es semejante a las bestias que perecen.”

En Génesis 2:7 se nos dice: “Y Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en sus narices aliento de vida, y el hombre vino a ser alma viviente.” Después de la transgresión de la perfecta pareja, Dios dijo: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra de donde fuiste tomado; porque polvo eres, y al polvo tornarás.” (Gén. 3:19) En el Salmo 146:4 David hace una declaración enfática con respecto a la condición de los que han vuelto al polvo: “Sale su espíritu, y él se torna en su tierra: en ese mismo día perecen sus pensamientos.” La palabra hebrea “ruach” que aquí se traduce “espíritu” es la misma que se traduce “aliento” en Eclesiastés 3:19. Si las palabras citadas prueban algo, entonces no queda duda de que con ellas se describe a un muerto humano, absolutamente inconsciente, habiendo perecido sus pensamientos.

Notemos nuevamente las palabras del Salmista: “Sale su espíritu, y él se torna en su tierra; en ese mismo día perecen sus pensamientos.” Puesto que el hombre, como ser viviente y consciente fue traído a la existencia uniendo el cuerpo y el aliento de vida, será razonable que cuando estos dos elementos son separados, la vida cesa. Precisamente esto es lo que el texto implica en las palabras: “En ese mismo día perecen sus pensamientos.” Es posible que alguien imagine que “el espíritu” o “aliento de vida” sea eso que creen continúa viviendo después de que el cuerpo ha muerto. Por ahora dejaremos el punto de lo que constituye el “alma” para considerarlo más tarde, pero examinemos un pasaje que describe lo que ocurre cuando alguien muere, y que muestra claramente lo que ocurre con los dos elementos principales que la sabiduría divina creativa ha combinado para producir la vida humana. Dice: “Y el polvo torne al polvo como antes era, y el espíritu se vuelva a Dios, que lo dio.”—Ecle. 12:7

La clave para el preciso entender de este texto se encuentra en las palabras “torne” y “vuelva,” empleadas con respecto al cuerpo y al espíritu. El texto indica que el cuerpo torna a la tierra. Originalmente sus elementos provinieron de la tierra. Si el espíritu vuelve o regresa a Dios, entonces cada uno de nosotros estuvimos en el cielo antes de nacer, pues de otra manera no pudiera decirse que “volvemos” a Dios al morir.


LO QUE REALMENTE ES EL “ESPÍRITU”


La palabra traducida aquí “espíritu” es la palabra hebrea “ruach.” El Profesor Strong, notable autoridad en las lenguas hebrea y griega, nos dice que esta palabra hebrea significa “viento” o “aliento.” La misma palabra “ruach” es traducida “aliento” en Génesis 7:15, texto que indica que es también poseído por los animales inferiores. El texto dice: “Así vinieron a Noé en el arca, de dos en dos, de toda carne, que tiene en sí aliento de vida.” Si el uso de la palabra hebrea “ruach” indica que tenemos dentro de nosotros mismos una entidad inteligente que continúa viendo después de que el cuerpo muere, entonces los animales poseen algo parecido, también intangible y que no puede morir.

Sin embargo, cuando razonamos en armonía con la palabra de Dios, todo se aclara satisfactoriamente. En Génesis 2:7, como ya vimos, se dice: “Y Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en sus narices aliento de vida.” La unión del cuerpo con el aliento de vida dio por resultado que el hombre “vino a ser alma viviente.” Por consiguiente, cuando el cuerpo vuelve a la tierra, y el aliento o espíritu de vida vuelve a donde fue originado—a Dios que lo dio—el individuo queda exactamente en la misma condición que se hallaba antes de nacer, es decir, sin existencia. Para sentar el asunto definitivamente, solamente necesitamos acudir a Eclesiastés 3:19-21, en donde también se emplea la palabra “ruach”. En este texto se indica que el aliento o espíritu (ruach) tanto del hombre como de la bestia, van al mismo lugar al morir. “Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, lo mismo sucede a las bestias; es decir, un mismo suceso les acontece: como mueren éstas así mueren aquéllos; y un mismo aliento tienen todos ellos; de modo que ninguna preeminencia tiene el hombre sobre la bestia; ¡porque todo es vanidad! Todos van a un mismo lugar; pues que todos son del polvo, y todos tornan otra vez al polvo. ¿Quién conoce que el espíritu de los hombres sube a lo alto; y el espíritu de las bestias desciende hacia abajo, a la tierra?”

Lo registrado en el Nuevo Testamento con relación a la muerte está en completo acuerdo con lo dicho en el Antiguo Testamento. Jesús indicó que los muertos están en una condición de inconsciencia, como el sueño. En Juan 11:1-46 aparece un relato de la enfermedad, muerte y despertar de Lázaro, querido amigo de Jesús. Las hermanas de Lázaro, Marta y María, también eran amigas del Maestro. Cuando Lázaro, se enfermó, ellas enviaron aviso a Jesús, suponiendo que él vendría inmediatamente a su auxilio.

Pero en vez de acudir inmediatamente al lecho de Lázaro, Jesús se demoró. Después de transcurrir algún tiempo él dijo a sus discípulos: “Nuestro amigo Lázaro duerme: mas voy para despertarle del sueño.” Los discípulos malentendiendo sus palabras supusieron que Jesús se refería al sueño natural. Entonces él les dijo claramente: “Lázaro ha muerto.” Después, ante la tumba, dirigiéndose al muerto, Jesús en alta voz le dijo: “Lázaro, ven fuera!” El registro continúa: “Y aquel que había estado muerto salió.” En todo este pasaje nada hay que siquiera insinúe que el “alma” de Lázaro hubiera estado en un cielo de dicha o en un infierno de tormentos. Conforme a las Escrituras, él estaba dormido en la muerte.

En la descripción del despertar de Lázaro hemos puesto énfasis a la esperanza que según las Escrituras hay de vida más allá de la tumba por medio de la resurrección de los muertos y no porque, conforme a lo supuesto, el hombre tenga un alma inmortal. El Apóstol Pablo está en completo acuerdo con esto. En 1 Corintios 15:12-18 él dice que si no hay resurrección de los muertos, entonces “los dormidos en Cristo han perecido.” En el libro del Apocalipsis encontramos la misma uniformidad de pensamiento con respecto a la condición inconsciente de los muertos. El Apóstol Juan dice: “Y el mar dio los muertos que estaban en él; y la muerte y el sepulcro entregaron los muertos que habían en ellos.” (Apoc. 20:13) Dejaremos el asunto del “sepulcro” (“infierno” en la Versión Valera) para estudiarlo más tarde. Por el momento es suficiente notar el hecho de que quienes están en el “infierno” de las Escrituras están muertos. Siendo ése el caso, no están vivos ni siendo atormentados. El texto también revela que la esperanza para los muertos es que saldrán del infierno o sepulcro y resucitarán.

En resumen, la respuesta a la pregunta ¿”En Dónde Están los Muertos?” es que actualmente se encuentran en un estado de inconsciencia, y que toda esperanza de vida más allá de la tumba estriba en la seguridad que nos dan las Sagradas Escrituras de que por medio del gran poder del Creador, y el futuro reino de Cristo, habrá una “resurrección así de justos como de injustos.” —Hechos 25:15


LA MENTIRA DE SATANÁS


Antes de abandonar el asunto es conveniente que nos detengamos lo suficiente para llamar la atención al origen de la teoría falsa, generalmente aceptada tanto por el paganismo como por la Cristiandad, de que “no existe la muerte.” Si la Biblia claramente enseña que la muerte es una horrenda realidad y el peor enemigo del hombre, ¿de dónde proviene la idea de que la muerte es la amiga del hombre en el sentido de que es una “puerta de salida” a otra vida?

La contestación se encuentra en el libro del Génesis, en la narración de la caída del hombre al pecado y la muerte. Satanás, utilizando a la serpiente y discutiendo el asunto con Eva antes de la transgresión que ocasionó la muerte, le dijo: “No moriréis.” (Gén. 3:4) Dios ya había dicho que la pena por la desobediencia sería la muerte: “Mas del árbol del conocimiento del bien y del mal, no comerás; porque en el día que comieres de él, de seguro morirás.” (Gén. 2:17) El testimonio de la Biblia entera está de acuerdo con el relato original en cuanto a cuál sería el castigo por el pecado. “El salario del pecado es muerte,” dice Pablo en Romanos 6:23. “El alma que pecare, ésa morirá. —Eze. 18:4

Apocalipsis 20:2, 3 dice que aquella “serpiente antigua” que engañó a Eva ha seguido engañando desde entonces a todas las naciones, y la historia demuestra la veracidad de esto. A través de las edades se ha venido haciendo todo esfuerzo posible con el objeto de sostener la mentira de Satanás, “No moriréis.” Como resultado, ahora casi toda persona que intenta creer en una existencia futura basa su fe en la suposición de que el hombre posee inmortalidad. Pero, ¿qué dicen las Escrituras acerca de la inmortalidad? Esto se discute en el siguiente capítulo.


¿ES INMORTAL EL HOMBRE?


LA TEORIA de la inmortalidad inherente—la que sostiene que cuando lo que llamamos “muerte” sobrecoge a un ser humano, éste en realidad está más vivo que antes—se basa en la suposición de que oculta dentro del organismo humano existe una intangible e invisible inteligencia llamada el “alma.” Los teólogos sostienen que esta alma es inmortal y que cuando el cuerpo muere esta alma se escapa de su escondrijo de limitaciones humanas y entra a gozar de una vida superior, eternamente, en otro lugar, a menos que haya sido un alma mala. En este caso, conforme a la teología tradicional, esta alma sufrirá tormentos indecibles y agonías en un infierno de llamas literales; o que a lo mejor—según la teoría católico-romana—tendrá que pasar un largo tiempo sufriendo en un purgatorio, también de fuego, antes de que pueda pasar a gozar de la libertad y de las bendiciones del cielo. La expresión “alma inmortal” es tan común en las conversaciones religiosas que la gente la da por cierta sin ocuparse de investigar si es verdad o no, y si es o no término bíblico. Por consiguiente, muchos se sorprenderán al ser informados de que esta expresión no se encuentra en parte alguna de la Biblia. La tradicional inmortalidad del alma humana es únicamente producto de la imaginación, sin ningún apoyo en las Sagradas Escrituras.

Las palabras “alma” y “almas” se usan en la Biblia más de cuatrocientas veces, pero en ninguna ocasión se trasluce la menor insinuación de que las almas humanas sean “inmortales.” Por lo contrario, siempre que la Biblia discute el asunto de la muerte, en conexión con el alma, clara y distintamente dice que el alma, lo mismo que el cuerpo, está sujeta a la muerte. Por ejemplo, por medio del profeta el Señor dice: “He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así también el alma del hijo; mías son todas; y el alma que pecare, esa morirá.” (Eze. 18:4) Y en el Nuevo Testamento leemos las palabras de Jesús: “No temáis a los que matan el cuerpo, pero el alma no la pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir así el alma como el cuerpo en el infierno.” (Mat. 10:28) Ciertamente, hasta las almas que van al infierno de la Biblia son destruidas en vez de ser atormentados.

La palabra “alma” en el Antiguo Testamento es traducción de la palabra hebrea nephesh. El Profesor Young declara en su Concordancia Analítica de las Sagradas Escrituras que esta palabra simplemente significa “animado,” o aquello que está animado o vivo, es decir, un ser consciente. En el Antiguo Testamento esta palabra se usa en conexión con los animales y con el hombre. En Números 31:28 se aplica a animales tales como los bueyes, asnos y ovejas (la palabra aquí es traducida “individuo”). Por lo tanto, si insistiéremos en que nephesh, traducida “alma” en el Antiguo Testamento, significa alma inmortal, entonces nos veríamos obligados a concluir que los animales también poseen almas inmortales.

La palabra “alma” en el Nuevo Testamento es traducción de la palabra griega psuche. Sabemos que esta palabra tiene el mismo significado que la palabra hebrea nephesh por la sencilla razón de que el Apóstol Pedro la usa para traducir a nephesh al citar del Salmo 16:10. El apóstol la usa en Hechos 2:27, que dice “No dejarás mi alma (griego psuche, hebreo nephesh) en el infierno (sepulcro, o entre los muertos) ni permitirás que tu Santo vea corrupción.” Pedro dice que esto es una profecía concerniente a la muerte y resurrección de Jesús, de que su alma no sería dejada en la tumba.

En Mateo 26:38 Jesús dice: “Tristísima está mi alma, hasta la muerte:” Esto se halla en plena armonía con la declaración profética concerniente a Jesús la cual dice que su vida (hebreo “nephesh,” “alma”) fue hecha “expiación por el pecado.” (Isa. 53:10) Sí; el alma de Jesús murió, y por medio de ese gran sacrificio las almas de toda la humanidad son redimidas de la muerte. Otro interesante uso de la palabra griega psuche (“alma”) en el Nuevo Testamento aparece en Hechos 3:19-23, una profecía que describe el restablecimiento o resurrección que ha de llevar a cabo el Mesías al tiempo de su segundo advenimiento y del establecimiento de su reino. Se nos dice que en ese entonces “será que toda alma que no obedeciere a aquel Profeta será exterminada de entre el pueblo.” De modo que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento dan énfasis al hecho de que las almas rebeldes y desobedientes serán destruidas—no preservadas y atormentadas, como tratan de hacernos creer los credos de los tiempos de superstición e ignorancia.


CREACIÓN DE LA PRIMERA ALMA HUMANA


Pasemos a observar detenidamente el proceso seguido para crear la primera alma humana pues ello nos ayudará a entender más claramente lo que en realidad es un alma. La descripción bíblica se encuentra en Génesis 2:7, y dice: “Y Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en sus narices aliento de vida, y el hombre vino a ser alma viviente.” 1 Corintios 15:45 dice: “El primer hombre, Adam, vino a ser alma viviente.”

Estas palabras demuestran que el alma es el resultado o producto de la unión del cuerpo u organismo con el aliento de vida: “el hombre vino a ser alma viviente.” Estos versículos no dicen, como en el pasado muchos erróneamente han supuesto, que Dios creó al hombre y luego le inyecto un alma—claramente indican que a su creación el hombre “vino a ser alma viviente,” lo cual es algo muy diferente.

Conforme al relato, primeramente el organismo o cuerpo del hombre fue creado—“del polvo de la tierra.” Esto está en armonía con el hecho científico, hoy conocido, de que el cuerpo humano está compuesto de varios elementos químicos que se encuentran en la tierra. Después de creado el cuerpo, fue soplado en él “aliento de vida,” es decir, la fuerza animadora del aire que respiramos, indispensable para toda vida animal. Según el Profesor Young, la palabra “neshamah” aquí traducida “aliento” precisamente significa eso. El hecho de que fue soplado en las narices de nuestro padre Adam, prueba que es aire o aliento. Ciertamente que la nariz hubiera sido un lugar algo raro para poner allí un alma inmortal.

¿Qué sucedió cuando el aliento de vida fue soplado en la nariz del primer organismo humano? Simplemente adquirió vida, o como dice el texto, el hombre vino a ser alma viviente. Por consiguiente, el “alma” en realidad resulta de la unión del organismo humano con las cualidades vivificantes del aliento—el aliento de vida. Una sencilla ilustración la tenemos en la luz eléctrica. La lámpara o foco, con su vacío interno, filamento, etc., no es la luz; tampoco lo es la electricidad que se hace circular en el foco. Lo que produce la luz es la unión del organismo con la electricidad. Si la lámpara (que corresponde al cuerpo) es destruida, o si cortamos la corriente (que corresponde al aliento de vida), se apaga la luz; deja de existir.

Lo mismo sucede con el alma humana. Cuando el cuerpo sufre daño o deterioro a causa de enfermedad o accidente, al grado de que ya no puede funcionar debidamente ni reaccionar a los impulsos del aliento de vida, el alma o vida del individuo “se extingue,” deja de existir, muere. De la misma manera, si el aliento de vida, se mantiene fuera del cuerpo, ya sea por asfixia o ahogo, cesa la vida—el alma muere.

No debemos perder de vista que el gran secreto de la vida y de sus manifestaciones exteriores—que hasta cierto grado entendemos—están en manos del Creador del hombre y de los animales inferiores. El es el origen de la vida, su principio y manantial. No es posible al hombre formar un organismo, exponerlo a la atmósfera y hacerlo vivir. El aire es el aliento de vida tanto del hombre como de los animales por cuanto es uno de los medios del Creador para impartir vida a todo ser en la tierra.

En sí mismo, el principio de vida no es inteligencia, sino la fuerza o poder de Dios por medio del cual existe toda forma de vida. En Génesis 7:15, 22 se indica que este mismo “espíritu” o aliento de vida es también poseído por los animales inferiores. Al seguir con nuestra investigación nos daremos cuenta de que la razón que da la Biblia para la esperanza de vida eterna—que en un tiempo futuro gozarán los que obedezcan la ley de Dios—es que el Creador tiene el propósito de seguir impartiéndoles el principio de vida y no que les haya puesto originalmente algo a prueba de muerte.


LA ESPERANZA DE LA INMORTALIDAD


Como ya hemos visto, la expresión “alma inmortal” no ocurre en ninguna parte de la Biblia. La palabra “inmortal” solamente ocurre una vez en la Biblia refiriéndose a Dios y no al hombre. En 1 Timoteo 1:17 leemos: “¡Al rey de los siglos, inmortal, invisible, al solo verdadero Dios, sea honra y gloria para siempre jamás!” En 1 Timoteo 6:16 aparece otro versículo semejante al anterior en el cual se encuentra la palabra “inmortalidad.” Hablando del Creador, dice: “El cual solo tiene inmortalidad, habitando en una luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto jamás, ni le puede ver; a quien sea honra y poder eterno.” Estos dos pasajes deberían sentar definitivamente el punto en cuanto a si el hombre, por naturaleza, es o no inmortal.

La palabra “inmortalidad” aparece en la Biblia otras cuatro veces, y en cada caso se refiere a una recompensa condicional, futura, para quienes en esta vida caminen fielmente en la senda demarcada por el Maestro. Una vez más hacemos hincapié al hecho de que no tratamos de demostrar que no hay vida futura para los seres humanos, sino que toda esperanza de vida futura—conforme a las Sagradas Escrituras—depende del hecho de que habrá una resurrección de los muertos y no de que el hombre, por naturaleza, sea inmortal o que no pueda morir.

Lo tocante a la resurrección lo discutiremos más tarde; ahora solamente nos detendremos a examinar textos que se refieren a la esperanza del cristiano de ser exaltado a la inmortalidad. En Romanos 2:7 leemos: “A los que, perseverando en el bien hacer, buscan la gloria, la honra y la inmortalidad (se les recompensará con) vida eterna.” Este texto demuestra que la inmortalidad no es ahora posesión del cristiano, sino algo que para conseguirlo es necesario “perseverar en el bien hacer.”

En 1 Corintios 15:53 leemos: “Porque es necesario que esto corruptible se revista de incorrupción, y esto mortal se revista de inmortalidad.” Aquí se nos muestra que si queremos poseer inmortalidad debemos esforzarnos por obtenerla. Muy claramente dice el apóstol que ahora somos “mortales.” El versículo siguiente dice: “Y cuando esto corruptible se haya revestido de incorrupción, y esto mortal se haya revestido de inmortalidad, entonces será verificado el dicho que está escrito: ¡Tragada ha sido la muerte victoriosamente!”

El otro texto en que aparece la palabra “inmortalidad” es 2 Timoteo 1:10, que dice: “Mas ha sido ahora manifestada por medio del aparecimiento de nuestro Salvador Cristo Jesús, el cual ha abolido la muerta, y ha sacado a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio.” Este versículo evidencia el hecho de que antes de la primera venida de Cristo nadie había tenido ni siquiera la oportunidad de luchar por obtener la inmortalidad sino que durante la Edad Evangélica se invita a la iglesia a que se esfuerce por conseguirla. También muestra que toda esperanza de vida e inmortalidad estriba en Jesucristo y en su obra de redención.


¿QUÉ PUEDE DECIRSE CON RESPECTO AL INFIERNO?


UNA DOCTRINA cristiana que ha sido muy adulterada por las supersticiones de tiempos pasados es la relacionada al castigo de quienes desobedecen la ley divina. Ya hemos visto que la Biblia claramente enseña que “el salario del pecado es muerte.” (Rom. 6:23) Ya nos hemos dado cuenta de que la definición de muerte es un estado de inconsciencia que simbólicamente se describe como “sueño.” Hemos visto también que el salario de muerte aplica al “alma,” o entero ser y no se limita solamente a la desintegración del organismo humano. En vista de estas simples pero terminantes verdades bíblicas, naturalmente muchos querrán saber qué puede decirse con respecto al infierno para los malos y desobedientes.

La respuesta a este aparentemente difícil punto es en realidad sencilla si nos damos cuenta de que la teoría del tormento eterno es solamente una opinión humana sin apoyo alguno en las Sagradas Escrituras. La Biblia habla mucho acerca del infierno, y la expresión “fuego del infierno” se encuentra en el registro sagrado. Sin embargo, si investigamos las cosas, hallaremos que el infierno de la Biblia no es un lugar de tormento sino sencillamente la condición de la muerte, la cual, como hemos descubierto, es un estado de inconsciencia.

Bien sabemos que la Biblia en español es traducción de los manuscritos hebreos y griegos. Por consiguiente, para el correcto entender de este importante asunto del plan divino nos es necesario consultar autoridades en esos idiomas para hallar el significado de las varias palabras traducidas “infierno” en la Biblia española. Cuando hagamos esto tropezaremos con grande y sorprendente información.

Por ejemplo, encontramos que en todo el Antiguo Testamento solamente hay dos palabras hebreas traducidas “infierno;” una es “Abaddon” y la otra es “Sheol.” Esta última palabra aparece 65 veces. En nuestra traducción, Versión Moderna, está traducida “sepulcro” 28 veces; “sepultura” 12 veces; “abismo” 3 veces, una vez “entre los muertos”, y 21 veces “infierno.” En la Versión Valera de la Biblia se emplean también las palabras “hoyo,” “fosa” y “profundo.” El Dr. James Strong, profesor de hebreo y griego, define sheol como “el mundo de los muertos.” Para llegar a una exacta conclusión de lo que es “el mundo de los muertos” es necesario consultar el inspirado registro.

En Eclesiastés 9:10 la palabra sheol está traducida “sepulcro.” El texto dice: “Todo cuanto hallare que hacer tu mano, hazlo con tus fuerzas; porque no hay obra, ni empresa, ni ciencia, ni sabiduría en el sepulcro a donde vas.” Esta es la inspirada definición de la palabra sheol, la palabra que se traduce infierno en el Antiguo Testamento. Esto visto, es claro que ese “mundo de los muertos” es uno de silencio y de sueño, en el cual no hay conocimiento ni saber. Por cuatro mil años, desde la creación de Adam hasta la primera venida de Cristo, Jehová no empleó otra palabra para describir la condición o estado de los muertos. Si el tormento eterno fuese la pena por el pecado, hubiera sido cruel e injusto dejar a la humanidad en incertidumbre con respecto a este punto.

El profeta Job sabía que sheol era un estado o condición de completa inconsciencia e insensibilidad, comparable con el sueño y por esta razón, cuando se hallaba sufriendo amargamente, mental y físicamente, pidió a Dios que le permitiera entrar a dicha condición. Job realmente deseaba ir al infierno de la Biblia; en su oración dijo: “Quién dieras que me encubrieses en la sepultura (sheol), que me escondieras hasta que calme tu ira, que me pusieras plazo para acordarte de mí.” (Job 14:13). Observamos que Job pedía ir a sheol para escapar sus sufrimientos. ¡Qué diferencia tan grande entre lo que Job deseaba y la aceptada teoría de que el infierno (sheol) es un lugar en donde Dios rencorosamente da rienda suelta a su ira sobre todos los que llegan allí! Debemos también tomar nota de que Job era un fiel siervo de Dios, y con todo esperaba al morir ir al infierno bíblico. ¿Qué significa todo esto?

La cuidadosa investigación de todos los textos del Antiguo Testamento en que aparece la palabra sheol probará que ese “mundo de los muertos” es una condición a la que van todos los que mueren, tanto el bueno como el malo, el santo y el pecador. Sin embargo, no es una condición eterna. El hecho es que Job no esperaba permanecer muerto, y al concluir su oración pidió a Dios que se acordara de él y lo sacara de sheol. Job hace la pregunta: “Cuando muere el hombre, ¿podrá acaso volver a vivir?” Luego él mismo contesta, afirmando su confianza en la resurrección: “Entonces llamarás, y yo te responderé.”—Job 14:13-15

Solamente una vez en el Antiguo Testamento (en la Versión Valera) se encuentra la idea de dolor asociada con la palabra “infierno.” 2 Samuel 22:6 dice: ‘Me rodearon los dolores del infierno (sheol), y me tomaron descuidado los lazos de muerte,” La Versión Moderna dice “ligaduras del sepulcro.” David es quien habla en este pasaje, y aunque cedió algunas veces a la tentación, sin embargo, a causa de su lealtad de corazón hacia su Creador, Dios lo califica de “hombre según mi corazón.” (Hechos 13:22) Una persona tal no sería candidato para sufrir los tormentos de un infierno. Entonces, ¿Qué quiso decir?

El significado de las palabras de David en este texto es bien claro al considerar el contexto. El se refiere a la manera en que Dios lo libró de sus enemigos. En el Salmo 116:3 David dice: “Rodeáronme ligaduras de muerte, angustias del sepulcro (sheol) me sorprendieron.” Las angustias del sepulcro a las que él se refiere sin duda son las angustias y sufrimientos incidentales o propios al proceso de muerte—la enfermedad que finalmente le trajo la muerte, aun cuando por algún tiempo fue librado de ella. Desde este punto de vista nos damos cuenta de que son llamadas “angustias del sepulcro” por cuanto conducen al sepulcro, o sheol, el “infierno” de la Biblia. Los traductores muy bien se dieron cuenta de que David no iría al infierno y por consiguiente emplearon la palabra “sepulcro.”

Abaddon—la otra palabra traducida “infierno” en el Antiguo Testamento, se traduce también “perdición,” y “destrucción” (Job 26:6; 28:22; Prov. 15:11; 27:20; Job 31:22). Estos textos muestran que no se refiere a un lugar de tormento.


INFIERNO EN EL NUEVO TESTAMENTO


La palabra griega hades se emplea en el Nuevo Testamento para traducir la palabra hebrea sheol cuando se cita del Antiguo Testamento. Un ejemplo de esto se halla en Hechos 2:27: “Porque no dejarás mi alma entre los muertos (hades) ni permitirás que tu Santo vea corrupción.” Este texto es cita del Salmo 16 donde, de acuerdo con el inspirado testimonio del Apóstol Pedro, el Profeta David anuncia la muerte y resurrección de Jesús. En esta profecía David usa la palabra hebrea sheol allí traducida “entre los muertos.” Esto nos muestra que hades, del Nuevo Testamento, equivale a sheol del Antiguo. Por cuanto el profeta en Eclesiastés 9:10 dice que sheol es una condición de inconsciencia, no hay lugar a duda en cuanto al significado de la palabra “infierno” en el Nuevo Testamento.

La profecía de David en el Salmo 16:10 que, según hemos indicado, Pedro interprete como refiriéndose a la muerte y resurrección de Jesús, es de especial interés por cuanto Pedro, en Hechos 2:27 habla de Jesús en hades (el infierno de la Biblia) durante el tiempo en que estuvo muerto, y prueba así, positivamente, que el “infierno” de la Biblia no es más que el sepulcro, la condición de inconsciencia en la muerte. Por lo tanto, el “infierno” de que nos habla la Biblia es un lugar diferente al que presenta la teología de la época de la superstición e ignorancia. Seguramente, no es posible imaginar que Jesús fue a semejante lugar de tormento. Cuando recordamos que el “infierno” de la Biblia es la condición o estado de la muerte, nos damos cuenta de por qué fue necesario que Jesús fuera al “infierno” bíblico o estado de la muerte. La Biblia claramente enseña que Jesús, en su obra de redención de la raza humana tomó el lugar del pecador al morir como rescate o precio correspondiente por los pecados del mundo. Al hacer esto, él gustó de la muerte “por todos,” y por esto tuvo que ir a la condición de la muerte, el “infierno” de la Biblia. —Véase Isa. 53:3-10, 1 Tim. 2:3-6; Heb. 2:9


REGRESANDO DEL INFIERNO


Con el objeto de cerciorarnos de que el infierno de que habla la Biblia no es un lugar de tormento eterno—conforme a la teología tradicional trata de hacernos creer—veamos lo que dice el Apocalipsis 2:13, 14. En este pasaje la palabra griega hades traducida “infierno” (en la Versión Valera) y que es traducida “sepulcro” en la Versión Moderna, aparece por última vez en la Biblia. El texto dice: “Y el mar entregó los muertos que habían en él; y la muerte y el sepulcro (hades—”infierno” en la V.V.) entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno conforme a sus obras. Y la muerte y el sepulcro (hades—”infierno” en la V.V.) fueron arrojados en el lago de fuego: lo cual es la muerte segunda.”

Tres hechos se destacan en el pasaje anterior: Primero, que el “infierno” o hades de la Biblia no es un lugar permanente para los malos (ni para los buenos) por cuanto el texto indica que entrega a los muertos que van a él. Segundo: que el hades o infierno de la Biblia no es el lago de fuego. Tercero—que los que el texto indica que se hallaban en hades estaban muertos y no vivos, sufriendo tormentos.

Como lo indicamos, éste es el último pasaje que en la Biblia aparece la palabra hades, del griego, que la Versión Valera traduce “infierno” y que la Versión Moderna traduce “sepulcro.” Según este pasaje, el infierno será vaciado de sus moradores, luego destruido en un simbólico lago de fuego. El fuego es uno de los más destructores elementos que se conocen y aquí es empleado para simbolizar la destrucción de hades, la condición de muerte que resultó de la transgresión de nuestros primeros padres, Adam y Eva, en el jardín del Edén. —1 Cor. 15:26


LAS LLAVES DEL INFIERNO (HADES)


Según Apocalipsis 1:18, el mismo Jesús será quien, al debido tiempo, sacará del “infierno” o hades a los muertos. El pasaje dice: “He aquí que vivo por los siglos de los siglos; y tengo las llaves de la muerte y del sepulcro (hades—”infierno” en la V.V.) Bien sabemos que las llaves son para abrir puertas. Jesús compró esas llaves del infierno y de la muerte por medio de su propia muerte. A causa de ello él tiene la autoridad y poder de abrir la gran prisión de la muerte y poner en libertad a los cautivos, como lo indica Apocalipsis 20:13: “La muerte y el sepulcro (hades—”infierno” en la V.V.) entregaron los muertos que había en ellos.”

Que Jesús ahora posee el derecho divino de levantar a los muertos se indica por el Apóstol Pablo en Romanos 14:9: “Pues por esto mismo Cristo murió y tornó a vivir, para que fuese Señor así de muertos como de vivos.” Como Señor de los muertos él ha prometido emplear su autoridad oficial y su poder para usar las “llaves del infierno” y traer vida a los muertos. Esto precisamente es lo que se da a entender en las palabras del Maestro en Juan 5:28:29: “No os maravilléis de esto; porque viene la hora en que todos los que están en los sepulcros (hades) oirán su voz (la del Hijo del hombre) y saldrán; los que han hecho bien, para resurrección de vida, y los que han practicado lo malo, para resurrección de condenación.” En el idioma griego la palabra traducida aquí “condenación” es krisis, la cual es debidamente interpretada “juicio” en los versículos 22, 27 y 30.

Según se indica en Apocalipsis 20:14, después de que los muertos salgan de sheol, o hades (infierno o sepulcro) éste será destruido. Tal hecho no era desconocido a los que escribieron el Nuevo Testamento por cuanto ya había sido profetizado mucho tiempo antes. Por medio del Profeta Oseas, Dios mismo nos dice: “Del poder del sepulcro (sheol) yo los rescataré, de la muerte los redimiré!” Y añade: “Cambio de propósito será escondido de mi vista.” Esto significa que Dios ha determinado definitivamente la destrucción de la muerte y del “infierno” (sheol o hades). Así consumará su amoroso propósito a favor de la raza humana.


EL HOMBRE RICO EN EL INFIERNO


Quienes insisten en que la palabra griega hades en el Nuevo Testamento significa un lugar de tormento eterno en vez del inconsciente estado de los muertos que la Biblia claramente indica, citan la parábola del hombre rico y Lázaro para probar su contención. Ciertamente que la palabra infierno en esta parábola es traducción de hades, pero al consultar detenidamente las Escrituras y esta narración, hallaremos que no es prueba de que la gente buena al morir va a un lugar de bienaventuranza, ni de que las personas malas son castigadas en un lugar de tormento.

El Profesor Benjamín Wilson, autor de la traducción “Emphatic Diaglott” del Nuevo Testamento, sabiendo que la palabra hades no significa un lugar de tormento, y no percibiendo el uso de esta palabra en la parábola, puso una nota insinuando la posibilidad de que es un pasaje espurio, intercalado, pero no, en realidad, parte de las Sagradas Escrituras. Sin embargo, al consultar la narración, teniendo en cuenta el pasaje bajo el punto de vista de ser una parábola en vez de ser un relato de hechos literales, no se puede dudar de su autenticidad. Para poder tener los detalles de la parábola bien claros, leamos el relato como éste aparece en Lucas 16:19-31.


LA PARÁBOLA, SI SE TOMA LITERALMENTE, ES MUY EXTRAÑA


Conforme a la teología tradicional de las edades de superstición e ignorancia, se supone que esta parábola enseña que toda persona buena, que cree en Cristo como su Salvador personal, va al cielo al tiempo de morir. Con todo, al estudiar detenidamente la parábola, nada hallamos que indique algo acerca de personas buenas o malas, y que nada se dice con respecto al cielo. Todo lo que se dice con respecto al mendigo de la parábola es que estaba cubierto de llagas, que los perros lamían sus llagas, y que deseaba comer las migajas que caían de la mesa del hombre rico. De este último solamente se dice que banqueteaba suntuosamente todos los días, que se vestía de púrpura y lino fino, y que permitía al mendigo que se sentara a su puerta.

Según la parábola, cuando el mendigo murió, no fue al cielo, sino que fue llevado por los ángeles al “seno de Abraham.” Si esto es un relato literal, excluiría la posibilidad de que alguien más pudiera ser bendecido con igual recompensa al morir por cuanto no habría espacio suficiente en el seno de Abraham sino para un mendigo solamente. De ser el seno de Abraham simbólico del cielo y el mendigo representante de los que van al cielo, entonces la esperanza que nos resta es la de ser mendigos y estar cubiertos de llagas antes de morir, y que permitamos que los perros nos laman.

Además de estas inconsistencias hay otras muchas en la parábola si la tomamos a la luz de la teología tradicional. En realidad, nada hay en armonía con la teoría de que los creyentes de Cristo van al cielo al morir ni de que los incrédulos van a un lugar de tormento. Lo único que sirve de base a los teólogos creyentes en el tormento eterno es que se dice en la parábola que después de morir el hombre rico estaba en tormentos y angustiado en una llama. ¿Qué fue lo dado a entender por Cristo con este extraño relato?

Como hemos indicado, este relato es una parábola. Lo que se dice en una parábola no debe entenderse de una manera literal. Probablemente no entendamos claramente lo que el Señor intentó enseñarnos con esta parábola, pero la prominencia dada al “Padre Abraham” indica que de alguna manera tiene que ver con las experiencias de la simiente natural de Abraham, quienes le daban nombre de padre. (Mat 3:9; Juan 8:33, 39; Rom. 4:1) Parece que el hombre rico de la parábola sirve para representar a la nación judía. Simbolismos de esta clase no son extraños, por ejemplo, hoy día damos el nombre de “John Bull” a un imaginario representante de Inglaterra, en tanto que los Estados Unidos son representados por el “Tío Samuel.”

La nación de Israel, ante los ojos de Dios, era una nación real habiendo sido escogida por él para derramar sus prometidas bendiciones sobre todas las familias de la tierra. La posición real de la simiente natural de Abraham está representada en la parábola por el traje de púrpura del hombre rico. Este también se vestía de lino fino blanco, el cual representa la justificación típica alcanzada por los judíos a causa de sus esfuerzos por guardar la Ley de Moisés a más de los sacrificios típicos en los servicios del tabernáculo. A causa de las ricas promesas a ellos hechas puede decirse que vivían suntuosamente, como lo indica la parábola. Pero las ricas bendiciones de Dios para ellos les llegaron a ser piedra de tropiezo. Pablo, citando el Salmo 69:22, dice: “¡Su mesa les sea hecha un lazo y una trampa, y un tropezadero y una retribución!”—Rom. 11:9

El mendigo de la parábola parece representar a los gentiles en el tiempo del primer advenimiento de Jesús. Desde el punto de vista del favor de Dios, ellos verdaderamente eran pobres. Todas las promesas habían sido hechas a los judíos y por medio de ellos. Cualquier gentil deseando en ese entonces recibir las bendiciones de Dios tenía que convertirse en judío. Para los judíos, los gentiles eran “perros,” no merecedores de consideración alguna. Pero la posición de ambas clases cambió radicalmente después de la muerte y resurrección de Jesús. Los judíos habían rechazado y crucificado a su Mesías y como resultado fueron desechados del favor divino. En este sentido murieron, por cuanto perdieron su posición de favor divino, y como nación cayeron al olvido. Sin embargo, han continuado viviendo hasta este día, engolfados constantemente en “llamas” de persecución y abuso.

El mendigo también murió; es decir, los gentiles cesaron de ser desconocidos completamente por Dios y en cambio su favor les fue extendido, y de ese modo, todos los creyentes entre ellos fueron conducidos al seno de Abraham. Sobre este particular dice el Apóstol Pablo: “Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar a los gentiles por la fe, predicó de antemano el evangelio a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones.” (Gál. 3:8). Aun cuando a través de la Edad Evangélica ha sido posible a los judíos, individualmente, llegar a ser cristianos e hijos espirituales de Abraham, la providencia divina dispuso que los gentiles ahora reciban especial favor, es decir, que ocupen el lugar principal, representado por el “seno de Abraham.”

De la manera en que el hombre rico de la parábola pidió a Abraham que mandara a Lázaro a que le trajera una gota de agua para refrescar su lengua o aliviar sus sufrimientos, igualmente los judíos a través de los años han implorado a Dios que les conceda alivio por conductos cristianos, pero los sufrimientos y las persecuciones han continuado. Ciertamente hay un grande abismo entre los judíos y los espiritualmente favorecidos gentiles. Nada en la parábola indica que el tormento del hombre rico durará para siempre. Otros textos indican que el tiempo está muy cercano en que la nación judaica será restaurada a su primitivo lugar de favor divino, como simiente natural de Abraham.

Otro punto interesante en la parábola es que los “cinco hermanos” mencionados por el hombre rico eran también hijos de Abraham. Cuando a los judíos, 500 años antes de la venida de Cristo se les permitió volver a su tierra de su destierro en Babilonia, los que regresaron en su mayor parte fueron de las tribus de Judá y Benjamín, y unos cuantos de las otras tribus. Si el hombre rico representa a dos tribus, entonces las otras diez tribus que no tuvieron la oportunidad de entrar en contacto directo con las enseñanzas del Mesías en su primera venida, apropiadamente pueden ser representadas por los cinco hermanos, en proporción de uno por dos.

De esta manera vemos que todos los detalles de la parábola están en armonía con la Biblia y con los hechos históricos. En cambio, si la tomamos como un relato literal resulta inconsistente y absurda. Además, la Biblia se probaría contradictoria e indigna de confianza por cuanto, según hemos visto, sheol en el Antiguo Testamento y hades en el Nuevo, claramente indican una condición en donde no hay conocimiento alguna en tanto que la parábola alude a tormentos en hades. Todo se aclara al darnos cuenta que en la parábola se alude a la muerte nacional, y el fuego y tormento de persecución hasta este día que experimentan individualmente los judíos.


GUSANOS QUE NO MUEREN Y FUEGO QUE NO SE APAGA


Aun cuando en el Antiguo Testamento a más de “Abaddon” (de muy poco uso) sheol es la palabra hebrea de la cual se traduce “infierno,” en el griego, además de hades, hay otras que pasamos a discutir. En las afueras de la antigua ciudad de Jerusalén había un valle en el que era costumbre quemar los animales muertos y otros desperdicios de la ciudad, añadiendo azufre, posiblemente como desinfectante. Este lugar en hebreo era llamado el Valle de Hinnom y los griegos lo llamaban Gehenna. Esta palabra gehenna se usa varias veces en el Nuevo Testamento y se traduce también “infierno.” Se dice que los cadáveres de los criminales empedernidos, considerados por los judíos como indignos de resurrección, eran lanzados al gehenna. Jesús empleó esa palabra para describir la condición de eterna destrucción de los pecadores irreclamables. En Mateo 5:29, 30 encontramos gehenna traducida “infierno.” “Si pues tu ojo derecho te fuere ocasión de caer, sácalo, y échalo de tí; porque te es provechoso que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado en el infierno. Y si tu mano derecha te fuere ocasión de caer, córtala y échala de ti; porque te es provechoso que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea echado en el infierno.” En Marcos 9:43-48 la palabra “infierno” tiene una nota (en la Versión Moderna) que indica ser traducción de “gehenna.” El texto dice: “Si pues tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; te conviene entrar manco en la vida, más bien que teniendo las dos manos, ir al infierno (griego gehenna), al fuego inextinguible; donde el gusano no muere, y el fuego no se apaga. Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; te conviene entrar cojo en la vida, mas bien que teniendo los dos pies, ir al infierno, al fuego inextinguible.”

La palabra griega gehenna, como queda dicho, es alusión al significado simbólico de los efectos destructivos del fuego que continuamente ardía en el Valle de Hinnom. El entero aspecto del cuadro es uno de destrucción y no de tormento. Hasta la misma mención de los gusanos que no mueren intensifica el cuadro de destrucción, puesto que no mueren antes de acabar su tarea de destrucción. Los traductores de este pasaje, siendo creyentes de la teoría del tormento eterno, hicieron cuanto pudieron por darnos una traducción apoyando sus supersticiones.

Si solamente usamos el sentido común, hallamos que este pasaje no presenta problema alguno en contra de lo que hemos hallado relativo al “infierno.” Un fuego inextinguible es uno que arde hasta que por completo destruya lo que está quemando, pero completada su destrucción no sigue ardiendo eternamente. Por consiguiente, Jesús trata de la absoluta destrucción, o muerte, que es la pena por el pecado. Gehenna simboliza la segunda muerte (Apoc. 20:14) Y si el fuego no completa la destrucción, en esta figura, los “gusanos” la terminan, pues se indica que no mueren hasta devorarlo todo. El testimonio unido de las Sagradas Escrituras es que “el salario del pecado es muerte.”—Rom. 6:23

Lo restante de este pasaje también es simbólico. Tenemos en gran estima a nuestros ojos, manos y pies por cuanto nos son en extremo útiles. Cuando el Señor dice al cristiano que es preferible perderlos en vez de perder la vida eterna nos indica que debemos estar dispuestos a hacer cualquier sacrificio para no poner en riesgo la existencia futura.

El pasaje en primer lugar aplica a los cristianos que en el tiempo presente han hecho el pacto de seguir en las huellas del Maestro, pero la regla también aplicará durante el milenio. Los seguidores de Cristo ahora están siendo probados para determinar si merecen la vida eterna. Para ellos la mejor manera de asegurar la victoria es sacrificando todo en el servicio de Dios.

De una manera parecida, en Isaías 66:24 se describe la destrucción de los pecadores en lenguaje parecido al empleado por el Maestro: “Y saldrán, y mirarán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí; cuyo gusano no morirá, y su fuego nunca se apagará; y serán objeto de horror para toda carne.”


EL HUMO DE SU TORMENTO


En ocasiones algunos citan a Apocalipsis 14:10, 11 para tratar de probar la doctrina del tormento eterno. Esta porción de las Sagradas Escrituras dice: “El también beberá del vino de la ira de Dios, que está preparado sin mezcla alguna en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre, en la presencia de los santos ángeles, y en la presencia del Cordero; y el humo de su tormento asciende para siempre jamás; y no tienen descanso día ni noche los que adoran a la bestia y a su imagen, y cualquiera que recibe la marca de su nombre.”

Si este pasaje se refiere a un hecho literal, entonces muy pocos de la humanidad tendrán que preocuparse acerca de él por cuanto indica que el tormento es para quienes adoran y rinden homenaje a la bestia, y a la imagen de la bestia. Aun cuando en algunos países no civilizados habrá quien adore bestias, entre los demás pocos han adorado bestia alguna como la mencionada en este pasaje: “parecida a un leopardo, y sus pies eran como pies de oso, y su boca como boca de león—la cual tenía diez cuernos y siete cabezas.” (Apoc. 13:1, 2) Las cosas se complican más si, desde el punto de vista literal, se toma en cuenta que el tormento se efectúa en presencia de los santos ángeles, o, como es de suponerse, en el cielo. Un cielo en que se hacen tales cosas ciertamente que es totalmente diferente al imaginado por muchos.

El Apocalipsis es un libro de símbolos, y este pasaje no es excepción a la regla. Aquí la “bestia” evidentemente es un falso sistema político-religioso que exige de la gente que le adoren y reverencien. La idea sugerida en simbólico lenguaje es que quienes profesan seguir al Cordero y al verdadero Dios y llegan a someterse a esa bestia y a obedecerla quedarán sujetos a varias calamidades y a participar de los sufrimientos que sobrevendrán a todos los falsos sistemas durante el “gran tiempo de angustia” con el cual terminará esta edad. En este pasaje nada hay que indique que el tormento se verificará después de la muerte.

El “humo” de su tormento evidentemente es una manera de indicar que la evidencia y memoria de su tormento serán eternas; un perenne recordatorio del resultado de adorar cualquier otra persona o cosa a no ser el verdadero Dios. A pesar de lo que los detalles en este pasaje pudieran significar, no será posible probar con ellos la teoría del tormento eterno para los malos.


CÓMO SATANÁS SERÁ ATORMENTADO


Hay quienes tratan de probar la teoría del tormento eterno con Apocalipsis 20:10 que dice: “Y el Diablo que los había extraviado fue arrojado en el lago de fuego y azufre, en donde están también la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos.” Ya hemos visto que la Biblia hace clara distinción entre el “lago de fuego” y hades, y dice que este último será lanzado dentro del primero. (Apoc. 20:14) Este tormento aplica solamente a Satanás y no a los que han sido rescatados del “infierno” o hades, pues a éstos, la palabra de Dios dice que toda lágrima será limpiada de los ojos de ellos.

¿De qué manera será atormentado Satanás? Según el Profesor Strong, la palabra griega traducida aquí “atormentado” se deriva de la palabra griega “basanos.” En 2 Pedro 2:8 esa palabra se traduce “afligía” con respecto al efecto que producían en Lot las obras inicuas que practicaban los sodomitas. El diariamente sufría al darse cuenta de los actos inicuos y de los terribles resultados que traerían. La misma palabra se traduce “combatida” refiriéndose a la barca azotada por furiosas olas. Es de notarse que un barco nada siente.

Para darnos más clara cuenta de cómo será atormentado el diablo, consideremos la profecía de Isaías 14:15-17, donde leemos: “Pero ciertamente al infierno (sheol) serás abatido, a los lados del hoyo! Los que te vieren clavarán en ti la vista, y de ti se cerciorarán, diciendo: ¿Es éste el varón que hizo temblar la tierra, que sacudió los reinos; que convirtió el mundo en un desierto, y destruyó sus ciudades; y a sus prisioneros nunca los soltaba (de la cárcel de la muerte)?”

Comparando esta profecía relativa a la destrucción de Satanás con lo dicho por el Revelador concerniente a su “tormento,” podemos ver que el diablo será un eterno ejemplo del terrible resultado de un curso de rebelión en contra de Dios y que a través de la eternidad aquellos que sean salvos le tendrán en continuo escarnio, aun cuando él mismo no se dará cuenta de ello. En realidad, nada de lo que se haga o diga afecta de manera alguna a alguien que ha muerto, y de igual modo la ignominia en que eternamente se tenga a Satanás no le afectará en algo cuando finalmente sea destruido en el lago de fuego. Pero la gente incesantemente continuará teniéndolo como un horrendo ejemplo de los resultados de un curso de maldad y egoísmo. Visto de esta manera, el permiso del mal—de parte de Dios—resultará en eterna bendición para todos los obedientes y de buena voluntad de entre la familia humana, pudiendo todos discernir inteligentemente entre el bien y el mal. Indudablemente que la mayoría escogerá el bien.


ESPÍRITUS Y ESPIRITISMO


“Porque Cristo también padeció por los pecados, una vez para siempre, el justo por los injustos, a fin de llevarnos a Dios, cuando fue muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los encarcelados espíritus; los cuales en otro tiempo fueron incorregibles, cuando esperaba la larga paciencia de Dios, en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual unas pocas almas, es decir ocho, fueron salvadas, pasando por medio del agua.”—1 Pedro 3:18-20

Por medio de los varios informes con respecto a la condición y el sitio en que se encontró Jesús en el intervalo entre su muerte y su resurrección se evidencia que la verdad de la palabra de Dios no puede ser debidamente entendida y apreciada a menos de que se tenga en cuenta su entero testimonio sobre el particular.

En un pasaje que el Apóstol Pedro hace de una profecía del Antiguo Testamento, concerniente a la muerte y resurrección de Jesús, se dice que él estuvo en el infierno (hades, la palabra que se traduce “infierno,” mundo de los muertos. etc.) —Hech. 2:27-32

Debido a un mal entender de lo que el Maestro dijo al ladrón en la cruz, mucha gente ha creído que el Señor fue al “paraíso” en el momento de su muerte. Además, leyendo superficialmente el texto primeramente citado, parece como si Jesús fue a algún lugar a predicar a “los encarcelados espíritus.”

En un estudio anterior vimos que el infierno de que nos habla la Biblia no es otra cosa que el estado de inconsciencia en la muerte, que tanto sheol del Antiguo Testamento como hades del Nuevo, son palabras que describen una condición de completa inconsciencia. (Ecl. 9:10) Puesto que Jesús murió como rescate o substituto de nuestro padre Adam y de su raza cuando tomó el lugar del pecador, era preciso que fuese a dicha condición de muerte, el infierno de la Biblia.

El profeta declaró: “Y ordenaron su sepulcro con los impíos.” (Isa. 53:9) En conformidad con esto, debemos buscar una explicación de lo que la sagrada Palabra nos puede decir con respecto al sitio en donde estuvo Jesús entre el tiempo de su muerte en la cruz y su resurrección de entre los muertos al tercer día.

Con el objeto de entender más claramente cómo Jesús pudo predicar a los “encarcelados espíritus” al mismo tiempo en que conforme a otros textos estuvo muerto e inconsciente, es primeramente necesario determinar quiénes son los “espíritus” a quien él fue a predicar. Esa información nos la da el Apóstol Pedro al decir: “los cuales en otro tiempo fueron incorregibles, cuando esperaba la larga paciencia de Dios, en los días de Noé.”

En su segunda epístola, el Apóstol Pedro nos suministra una identificación más definitiva de estos “espíritus,” cuando dice: “Porque si Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que precipitándoles al infierno (griego tártaro), los encerró en abismos de tinieblas, siendo guardados así para el juicio; y si no perdonó al antiguo mundo, mas preservó a Noé (con otros siete), predicador de justicia, cuando trajo el diluvio sobre el mundo de impíos.”—2 Ped. 2:4, 5

En esta cita vemos que los “espíritus” a quienes Jesús predicó eran los “ángeles” que fueron desobedientes a Dios cuando el diluvio. El Apóstol Judas también menciona a este grupo y lo describe como compuesto de ángeles que “no guardaron su propia habitación (estado). El también explica que estos “ángeles” están “guardados” en tinieblas, esperando el juicio del gran día. —Judas 6

Estos “encarcelados espíritus” por lo tanto no son espectros de seres humanos que han muerto, sino criaturas espirituales o ángeles. Esta es una importante verdad que debemos tener presente.

Bien sabemos que en el plano terrestre de la creación de Dios, el cual nos es visible, hay varios niveles de existencia, desde la forma más baja o inferior de moluscos y crustáceos hasta el hombre, quien en su estado de perfección fue el rey de este dominio terrenal. Las Sagradas Escrituras indican que esta misma variedad en la creación divina se extiende más allá de lo que es visible al hombre—quien es la más elevada de las criaturas terrestres—es decir, al mundo espiritual, en el cual existe variedad de clases: ángeles, querubines, serafines, arcángeles, etc.

Tocante al hombre, dice el salmista: “Le hiciste un poco inferior a los ángeles.” (Sal. 8:5) Cuando Jesús vino al mundo a morir como Redentor del hombre, él fue “hecho carne,” y murió como hombre; pero cuando resucitó, fue altamente exaltado “muy por encimas de todo gobierno y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no solo en este siglo sino en el venidero.” (Efe. 1:21) De esta manera las Escrituras fijan una línea bien clara de demarcación entre los planos de existencia terrenal y espiritual.

La Biblia indica que en el tiempo presente hay ángeles buenos y ángeles malos, aunque al ser creados todas esas criaturas espirituales estaban en armonía con Dios y le servían en categorías diferentes. De los ángeles que permanecen en armonía con Dios, el apóstol dice que son “espíritus ministradores, enviados para hacer servicio a favor de los que han de heredar la salvación.”—Heb. 1:14

Y dice además: “De los ángeles se dice: El que hace mensajeros suyos los vientos, y sus ministros una llama de fuego.” (Heb. 1:7) Tocante a estos ministros o servidores espirituales, Jesús dijo: “Mirad que no tengáis en poco a uno de estos pequeñitos (niños); porque os digo que sus ángeles en los cielos ven de continuo el rostro de mi Padre que está en los cielos.”—Mat. 18:10


“ÁNGELES” TERRENALES Y CELESTIALES


Quienes estudian las Sagradas Escrituras no debieran confundirse con el hecho de que en la Biblia el término “ángel” en ocasiones se aplica a seres humanos. La palabra en realidad significa uno que sirve, o un mensajero. Por lo tanto, por medio del contexto es preciso determinar si el pasaje se refiere a mensajeros humanos o espirituales.

La Escritura indica terminantemente que hay criaturas espirituales llamadas “ángeles.” La noche en que nació Jesús un “ángel” anunció el hecho a unos pastores. Que ese ángel fue un ser espiritual se evidencia al tomar en cuenta las palabras: “Y repentinamente estuvo con el ángel una multitud de la milicia celestial, alabando a Dios y diciendo: ¡Gloria en las alturas a Dios, y sobre la tierra paz, entre los hombres la buena voluntad!” (Luc. 2:10-14) Igualmente, un espíritu fue quien anunció a María que iba a ser la madre de Jesús, y también fue un ser espiritual quien ministró a Jesús en el Getsemaní. Además, Jesús hizo referencia a seres espirituales cuando dijo que él podía pedir a su Padre, y más de doce legiones de ángeles serían enviados a asistirle y protegerle. —Luc. 1:26-38; 22:43; Mat. 26:53

Pero como ya lo indicamos, no todas esas criaturas angelicales permanecieron fieles a Jehová, su Creador sino que algunos ángeles fueron “incorregibles, cuando esperaba la larga paciencia de Dios, en los días de Noé.” (1 Ped. 3:30) Estos ángeles infieles son también designados como “ángeles caídos.” Las Escrituras indican que como castigo por su rebelión ahora están detenidos o aprisionados en “cadenas de obscuridad.”

¿DÓNDE ESTÁN ESOS “ESPÍRITUS”?

Un texto ya mencionado nos suministra información tocante a lo que constituye la prisión de estos ángeles caídos. Es oportuno repetirlo: “Porque Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que precipitándolos al infierno, los encerró en abismos de tinieblas, siendo guardados así para el juicio.”—2 Ped. 2:4

La palabra “infierno” en este pasaje es traducción de la palabra griega tártaro (no de hades), siendo ésta la única vez que aparece en la Biblia. Tártaro (griego tartarus) es un término usado en la mitología griega para designar un abismo obscuro, o una prisión. En el texto bajo consideración, la entera expresión “precipitándolos al infierno,” es traducción de tártaro, y por consiguiente la palabra no se refiere a un lugar sino a un acto. La caída de los ángeles que pecaron fue de una posición de honor y dignidad a una de deshonra y condenación según lo indica el texto: “no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que precipitándolos al infierno, los encerró en abismos de tinieblas, siendo así guardados para el juicio.” Estos ángeles en su estado original de santidad y perfección eran poderosos y honorables. Evidentemente poseían grandes libertades, y en servicio de Dios probablemente viajaban con frecuencia a la tierra y a otras partes del universo. Según el Apóstol Judas, esos ángeles “no guardaron su original estado.” Esto aclara las palabras de Génesis 6:2:

“Viendo los hijos de Dios que eran hermosas las hijas de los hombres, se tomaron mujeres de entre todas aquellas que escogieron.”

En otras palabras, el pecado de estos ángeles consistió en que se materializaron como seres humanos y entraron en relaciones ilícitas con las hijas de los hombres.

En diferentes ocasiones—en el transcurso cubierto por la historia en la Biblia—ángeles fueron enviados a la tierra para traer mensajes a los profetas y a otros, y en varias de estas ocasiones se les permitió que aparecieran como seres humanos. Un ejemplo de ello lo encontramos en la visita que tres ángeles hicieron a Abraham antes del nacimiento de Isaac. (Gén. 18) Tales materializaciones eran permitidas por Dios, y cuando los ángeles tomaban parte en ellas no excedían sus facultades. Pero los ángeles que pecaron antes del diluvio no mantuvieron su estado primitivo, sino que optaron por continuar asociados como hombres con los seres humanos.

Habiendo limitado y degradado su estado original por medio de relaciones ilícitas con la raza humana caída, apropiadamente fueron castigados, y encerrados en tinieblas. La palabra “encarcelados” que se encuentra en 1 Pedro 3:19 significa la restricción de su libertad. En realidad estos espíritus han estado “encarcelados” o restringidos, no gozando de las libertades que tenían cuando se hallaban en armonía con el Creador.

Las Escrituras suministran la evidencia de que el lugar de encarcelamiento es la atmósfera de la tierra, y que su esfera de influencia se limite a un contacto indirecto con la raza humana. En los relatos bíblicos del ministerio de Jesús frecuentemente se dice que él echaba fuera “demonios.” Más tarde los apóstoles tuvieron el privilegio de hacer lo mismo. Algunos críticos pretenden que estos casos de posesión de demonios sanados por Jesús y los apóstoles no fueron más que casos de obsesión o desórdenes nerviosos, pero en verdad se deja ver bastante “personalidad” en cuanto a estos “demonios” toca, para dar margen a una interpretación tan liberal.


EL REY SAÚL Y LA PITONISA DE ENDOR


No tan solo el Nuevo Testamento, sino también el Antiguo, suministran evidencias de las actividades limitadas de estos ángeles caídos o “espíritus encarcelados.” Por ejemplo, tenemos el caso del Rey Saúl y la pitonisa de Endor. La Ley Mosaica prohibía toda clase de brujerías o hechicerías, mas sin embargo los antiguos médiums espiritistas persistían en sus nefarias prácticas a riesgo de ser sentenciados a muerte. De la misma manera que los médiums espiritistas de hoy, los de ese entonces pretendían tener la facultad de comunicarse con los muertos; la pitonisa de Endor pretendía precisamente eso. Sea como fuere, cuando el Rey Saúl a causa de sus malos caminos perdió el favor de Dios y se encontró en grande apuro, expuesto a ser derrotado por sus enemigos, consultó a la pitonisa para que lo comunicara con Samuel, para ver si el ya muerto profeta pudiera hacer algo en beneficio suyo.

El relato de esta sesión se halla en 1 Samuel 28:7-20. Muchos que leen la historia de Saúl y de la comunicación con el profeta muerto opinan que es una excelente prueba de que los muertos en realidad no están muertos sino vivos en algún otro lugar, y que bajo ciertas condiciones, especialmente con la ayuda de un médium espiritista, es posible comunicarse con ellos. En todo tiempo, a través de las edades, ciertamente Satanás ha empleado el mismo método de seducción con el objeto de disfrazar las sencillas enseñanzas de la Biblia de que la paga o salario del pecado es la muerte. (Rom. 6:23) Al examinar superficialmente el relato de la visita de Saúl a la pitonisa, encontramos gran analogía aplicable a las sesiones que se tienen hoy día y con el mismo resultado.

Primeramente, notemos que conforme se expresó el mismo Saúl él ya no contaba con el favor divino. Dijo: “Dios se ha apartado de mí y ya no me responde más ni por profetas, ni por sueños.” Samuel durante toda su vida fue un fiel siervo y profeta de Dios y nunca estuvo dispuesto a proceder en contra de los deseos de Dios. Con todo, en el relato vemos que Saúl, después de haber perdido el favor de Dios, vino a la pitonisa a pedirle que obtuviera una comunicación de parte del fiel profeta Samuel.

¿Pudiéramos suponer que en caso de que Samuel se encontrara vivo en el cielo o en algún otro lugar fuera ahora menos obediente a Dios que cuando estaba en la tierra? ¿O podremos suponer que esta bruja, bajo condena de parte de Dios, tuviera poder de quebrantar la voluntad divina y no solamente hacer que apareciera Samuel sino además que éste diera un mensaje consolador al rebelde Saúl? No hay duda que el relato es importante en lo que respecta a la vida de Saúl, pero no se hace necesario el creer que la pitonisa tuvo el poder de ver y hablar con el difunto profeta.

Los métodos empleados por los ángeles caídos por medio de la pitonisa de Endor fueron semejantes a los que se emplean hoy. Ellos hicieron aparecer ante la pitonisa la visión del profeta Samuel vestido como de costumbre con su amplia capa. Cuando ella describió su visión, Saúl reconoció a Samuel, pero éste nada vio; solamente, por medio de la descripción, “entendió” que era Samuel.

Fácilmente convencido, como sucede a todos en semejantes circunstancias, no ocurrió a Saúl preguntar a Samuel por qué si era un ser espiritual ahora, muy superior a lo que antes era, todavía aparecía anciano y encorvado como cuando se hallaba en este mundo. Tampoco ocurrió a Saúl preguntar por qué Samuel todavía llevaba la misma vieja y larga capa que usaba cuando lo conoció en este mundo. Saúl, ya abandonado por Dios pudo ser fácilmente engañado por los “espíritus mentirosos” quienes hablaron a la bruja en representación de Samuel.

“¿Por qué has turbado mi reposo, haciéndome subir?” dijo la bruja a nombre del profeta muerto. Los israelitas del tiempo del Rey Saúl bien sabían que los muertos estaban en realidad durmiendo en sheol, y por consiguiente la pregunta, ¿por qué has disturbado mi reposo?” no extrañó a Saúl. Pero ¿.es posible creer, tan solo por un momento, que esta pitonisa bajo condena de la ley divina, tuviera la potestad de levantar al profeta de entre los muertos? O, mirando las cosas bajo el punto de vista del espiritismo moderno, si Samuel no estuviera en realidad muerto sino gozando de vida en el mundo espiritual, ¿acaso no es extraño que la pitonisa haya dicho que el profeta habló de “subir” en vez de “bajar” del cielo?

Y, teniendo en cuenta la teología moderna, ¿acaso no es absurdo lo profetizado por el supuesto Samuel con respecto a la derrota de Saúl y su muerte en el campo de batalla al día siguiente? El texto dice: “Mañana tú y tus hijos estaréis conmigo; y Jehová entregará también el ejército de Israel en mano de los filisteos.” (1 Sam. 28:19) ¡Imaginémonos al fiel Samuel y al noble Jonatan, juntos con Dios y el inicuo Rey Saúl en el mundo espiritual! ¿Está esto de acuerdo con las creencias ortodoxas? ¡Ciertamente que no! Al final de cuentas, pero no al día siguiente, todos al morir no fueron a estar con Dios sino a reunirse en Sheol, el infierno de la Biblia, donde todavía esperan la resurrección, cuando todos los que están en sus sepulcros oirán la voz del Hijo del hombre y saldrán. La bruja no necesitó ningún poder sobrenatural para predecir la próxima derrota y la muerte de Saúl. Hasta el mismo Saúl ya las temía, y por eso vino a consultar a la pitonisa.

A juzgar por las palabras que Charles Wesley escribió, se sintió perplejo porque la pitonisa puso junto a buenos y a malos al morir:


¿Qué presagian estas palabras tan solemnes?
¿Un rayo de esperanza al terminar la vida?
“Tú, y tus hijos, estaréis mañana
Conmigo, tranquilos, reposando,”
No sufriendo tormentos infernales
Si con Samuel, Saúl el rey, se reunieren;
No en dolor y desesperación crueles
Si acompañar a Jonatan fueren.

En realidad, Saúl no estuvo en comunicación con Samuel sino con uno o más de los “encarcelados espíritus” cuya principal actividad, desde los tiempos del diluvio, consiste en engañar a la humanidad, particularmente en lo que respecta a la condición de los muertos. La mención que se hace en las Escrituras referente a estos nigromantes, y médiums, nos hace suponer que por medio de ellos los ángeles caídos procuraban asociarse con los israelitas. Aparentemente estos médiums de vez en cuando cambian su modo de manifestarse. La brujería floreció en un tiempo en Nueva Inglaterra, en el Estado de Ohio, y en toda Europa; luego fue gradualmente substituida por el espiritismo, con golpecitos, e inclinando mesas; ahora ha cedido gradualmente a la clarividencia y a las pretendidas materializaciones. En tiempos del Señor y de los apóstoles, el proceder de estos “espíritus” fue por medio de obsesión y posesión.


MODERNO MODO DE PROCEDER DE LOS ESPÍRITUS


Habiendo tenido en un tiempo la facultad de materializarse como hombres, y habiendo abusado de esa potestad, estos ángeles caídos aún tratan de ejercer su poder por medio de agencias humanas, ya sea utilizando médiums o ejerciendo dominio directo sobre el pensamiento, como en los casos de obsesión. Pero antes que estos espíritus puedan ejercer su extraño dominio se hace necesario el consentimiento de la voluntad humana. Una vez que toman posesión, la fuerza de voluntad del individuo se debilite a tal grado que ya no le quedan fuerzas para resistir. A esto se debe la necesidad del poder y ayuda de Jesús y de sus discípulos para librar a los poseídos de demonios.

Aun cuando estos ángeles caídos cambian de vez en cuando su proceder para comunicarse con los humanos y para engañarlos, en todo caso están apartados de Dios y de su Palabra.

En tiempos modernos mucho

se dice de algunos que pretenden hablar con los muertos, pero a pesar de todos los esfuerzos que se han hecho—por la ciencia y por otros medios— ¿Cuál ha sido el resultado? Es cierto que por medio de absurdas “identificaciones,” como la de la pitonisa de Endor, mucha gente ha llegado a convencerse de que han estado en comunicación con sus familiares o amigos que han muerto. Sin embargo, hasta la fecha no se ha logrado obtener alguna información de importancia y veraz por medio de las sesiones espiritistas.


MANERA EN QUE CRISTO PREDICÓ A LOS ENCARCELADOS ESPÍRITUS


Ya que hemos identificado a estos “espíritus” a los que el Apóstol Pedro dice que Jesús fue a predicarles, ahora resta averiguar cómo les predicó. ¿De qué manera Jesús, hallándose en sheol o hades—donde no hay conocimiento alguno—pudo al mismo tiempo predicar a los ángeles caídos? La respuesta a esta aparente dificultad es sencilla si el pasaje se examina detenidamente. Conforme a la Versión Valera, el apóstol dice que Jesús “fue y predicó a los espíritus encarcelados.” Las personas versadas en el idioma griego dicen que las palabras “fue y” están de más en este texto. El Dr. Benjamín Wilson, en su versión del Emphatic Diaglott traduce el pasaje: “Predicó a los espíritus en prisión,” omitiendo “fue y.” En la nota marginal a este versículo se dan las razones para la omisión. El significado evidente del texto es que fue por medio de su muerte y resurrección que Jesús predicó a los ángeles caídos—suministrándoles una lección de fidelidad hacia su Padre Celestial y Creador, en contra de quien éstos se rebelaron.

Lucifer fue el primero de estos seres espirituales que se rebeló en contra de Dios, y evidentemente él ejerció gran influencia sobre ellos cuando se unieron en la rebelión. En Mateo 25:41 la expresión “el Diablo y sus ángeles” indica que existe una estrecha relación entre Satanás y estos otros seres espirituales caídos. Fue el espíritu de ambición y orgullo el que condujo a Satanás a su caída (Isa. 14:14); y evidentemente el mismo espíritu pervirtió a esos otros ángeles. La fidelidad de Jesús que lo indujo a humillarse y a ser obediente hasta la muerte—sirvió de poderoso sermón a estos “encarcelados espíritus.” La eficacia de este sermón indudablemente aumentó considerablemente cuando esos espíritus se dieron cuenta de que Jesús, a causa de su fidelidad, había sido levantado de entre los muertos y exaltado soberanamente sobre todo nombre, y puesto a la diestra de Dios, en tanto que ellos fueron degradados por su infidelidad. De esta manera hallamos que cada uno de los varios pasajes bíblicos con respecto a la condición de los muertos, al ser debidamente entendidos, están en absoluta armonía con la gran verdad fundamental de que “el salario del pecado es muerte,” y que “los muertos nada saben.”


¿QUÉ ES EL CIELO?


“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el cual conforme a su grande misericordia, nos ha reengendrado para una esperanza viva, por medio de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos; para una herencia incorruptible, y sin mancilla, e inmarcesible, guardada en los cielos para vosotros.”—1 Ped. 1:3, 4

SI QUEREMOS saber qué hay más allá de la tumba, tanto para santos como para pecadores, es necesario que consultemos las Sagradas Escrituras con respecto a lo que es el cielo. No cabe la menor duda de que Dios creó al hombre para que habitase la tierra y ésta fue creada como el hogar del hombre, y aun cuando él perdió su domino terrenal y fue sentenciado a muerte, se le ha asegurado—por medio de la muerte de Cristo Jesús—la resurrección de entre los muertos y el recobro de su hogar. Solamente los que han seguido fielmente en la huellas del Maestro serán la excepción en cuanto a una resurrección terrena por cuanto a ellos se ofrece una vida perfecta en el plano espiritual.

La Biblia, particularmente en el Nuevo Testamento, tiene mucho que decir en lo que respecta al cielo y a la esperanza celestial. Por ejemplo, Jesús dijo: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; y si no fuera así, yo os lo hubiera dicho; porque voy a preparaos el lugar. Y si yo fuere y os preparare el lugar, vendré otra vez, y os recibirá conmigo; para que donde yo esté vosotros también estéis.”—Juan 14:2, 3

Esta promesa es muy definida e indica claramente un cambio de la condición terrenal a la espiritual. Muchos son los erróneos conceptos que la gente tiene respecto a estas palabras del Maestro. Muchas veces se oye expresar el deseo de poseer una de estas “moradas” sin tener en cuenta que Jesús muy distintamente dio a entender que iba a preparar una nueva para los suyos. Jesús en este pasaje indicó que ya había muchas “moradas,” pero que él iba a preparar un nuevo lugar o condición de existencia para sus discípulos. La expresión “muchas moradas” solamente indica la idea de lugares o condiciones donde abundan las bendiciones y el gozo. La misma tierra, y las condiciones de vida humana perfecta—representada en nuestros primeros padres Adam y Eva—indudablemente es una de estas “moradas.” Como veremos más adelante, esa morada, perdida a causa del pecado, a su debido tiempo será restituida.

Conforme a las Escrituras hay varios lugares o planos de existencia espiritual. Esas “moradas” muy apropiadamente pueden ser incluidas entre las muchas mencionadas por el Maestro. No sabemos cuántos lugares, órdenes, o clases de vida existen en la fase espiritual del reino de Dios, pero a juzgar por la gran variedad de vida en el plano material o reino terrestre, deben ser bastantes. Además de todas ellas, habrá una nueva morada o “nueva creación”… otro plano de existencia que Jesús prepara para su iglesia, la que ha de ocupar con él lugar al cual fue exaltado al tiempo de su resurrección.


FUTURA POSICIÓN DE LA IGLESIA


Jesús dijo: “Para que donde yo esté vosotros también estéis.” Esta demuestra que el estado futuro de los fieles discípulos del Maestro será la misma condición o lugar a la que él fue exaltado. Tocante a la exaltación de Jesús, el apóstol dice: “por lo cual Dios también le ha exaltado soberanamente, y le ha dado nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús, toda rodilla se doble, tanto de lo celestial como de lo terrenal.” —Fil. 2:9, 10

Soberana exaltación, en verdad, fue dada a Jesús por el Padre Celestial, quien lo puso a su misma diestra (Heb. 12:2) Esta misma condición elevada es la que Jesús está “preparando” para la iglesia. Notemos la promesa de Jesús en el Apocalipsis 3:21: “Al que venciere, le concederá sentarse conmigo en mi trono, así como yo también vencí, y me senté con mi Padre en su trono.”

Con razón el Apóstol Pedro dijo que por medio de la resurrección de Jesús, el cristiano es “reengendrado para una esperanza viva… para una herencia incorruptible, sin mancilla, inmarcesible, guardada en los cielos.” Pero fijémonos en lo que añade el apóstol: “Para vosotros que por el poder de Dios sois guardados, por medio de la fe, para la salvación, que está preparada para ser revelada en el tiempo postrero.” —1 Ped. 1:3-5

El tiempo postrero o los “postreros días” que frecuentemente son mencionados en la Biblia se refieren al período que sigue a la segunda venida de Cristo. Esto significa que la herencia celestial reservada para la iglesia no ha sido recibida, individualmente a través de los siglos, por cada cristiano al tiempo de morir como lo enseña la teología tradicional. Se trata de una recompensa para ser dada al fin de la edad, en el tiempo de la vuelta del Señor y la resurrección de los muertos. Todo esto está de acuerdo con la promesa del Maestro con respecto al “lugar” que iba a preparar para sus discípulos. El dijo: “Voy a prepararos el lugar. Y si yo fuere y os preparare el lugar, vendré otra vez, y os recibirá conmigo; para que donde yo esté vosotros también estéis.” Estas palabras no dan margen a duda en cuanto a que ningún cristiano ha estado con el Maestro durante el tiempo pasado, sino que estará con él cuando él venga otra vez y lo reciba. El Apóstol Pablo comprueba esto al decir: “He peleado la buena pelea, he acabado mi carrera, he guardado la fe; de ahora en adelante me está reservada la corona de justicia, que me dará el Señor, el justo Juez, en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que aman su aparecimiento.” (2 Tim. 4:7, 8) Muy bien sabía el apóstol que no recibiría su recompensa celestial de ser coheredero con Cristo sino hasta el fin de la edad, al regreso de Jesús para recibir a todos los suyos.


EL ARDIENTE DESEO DE PABLO


A causa de una errónea interpretación de las palabras del Apóstol Pablo en Filipenses 1:23, algunos han llegado a creer que el apóstol esperaba ir al cielo a estar con Jesús inmediatamente después de su muerte. El pasaje dice: “Pues estoy estrechado por ambas partes, teniendo el deseo de partir y estar con Cristo; lo cual es mucho mejor.” La palabra “partir” aquí es derivada de la griega analusai y significa retorno, como puede verse en el Emphatic Diaglott, en la nota marginal a este versículo.

En los versículos precedentes Pablo indica que no está cierto si las autoridades romanas lo ejecutarían en breve o si sería puesto en libertad y así poder continuar por más tiempo su ministerio. No acertaba a escoger entre las dos cosas, pero había una tercera cosa que él deseaba mucho más: prefería el retorno de Cristo para entonces estar con él. El Apóstol Pablo bien sabía que no podría estar con Cristo sino hasta que “volviera,” por eso expresó su gran deseo por la gloriosa consumación, esperanza de todo cristiano.

En la nota marginal al versículo, el Profesor Wilson dice en su Emphatic Diaglott: “La palabra analusai se encuentra en Lucas 12:36 y es traducida “volver.” El texto dice: “Sed vosotros mismos como hombres que aguardan a su señor, cuando haya de volver de las bodas.” Jesús enseñó a sus discípulos que volvería o vendría otra vez. Pablo lo creía, y así lo enseñó a otros, y en conformidad, esperaba la vuelta del Señor para en ese entonces estar por siempre con él.

Y aun cuando se insista que la traducción está correcta, con todo no probaría que Pablo esperaba ir al cielo al tiempo de morir. Dos cosas podía escoger: vivir por algún tiempo más y así seguir enseñando la verdad a sus hermanos en la fe, o dormir el sueño de la muerte. Una tercera cosa era mejor: estar con Cristo, aun cuando esto era imposible en ese entonces, pero sabía que habría un regreso de Cristo, y que en ese entonces, después de ser resucitado de entre los muertos, recibiría su recompensa. 2 Tim. 4:7, 8


“NUESTRA CASA TERRESTRE”


Las palabras del Apóstol Pablo en 2 Corintios 5:1-9 son mal interpretadas, como si dijeran que los cristianos van al cielo inmediatamente después de morir. Debidamente entendido este pasaje no enseña tal cosa. Las palabras de Pablo son: “Porque sabemos que si nuestra casa terrestre, que es una frágil tienda, fuere desecha, tenemos de Dios un edificio, casa no hecha de mano, eterna en los cielos.” Bien sabía Pablo que la gloriosa provisión de vida en el plano celestial había sido prometida por Jesús, y él no esperaba recibirla en seguida de su muerte.

Cuando en 2 Corintios 5:8 Pablo habla de “estar ausentes del cuerpo” y “presentes con el Señor,” no compara esta vida presente con la vida en la resurrección, sino que trata de dos condiciones posibles al cristiano en esta vida. La primera es de acercamiento al Señor, haciendo fielmente su voluntad, y la otra es de comparativo alejamiento de él y no atender a sus instrucciones. Pablo añade: “Por lo cual también nos esforzamos, para que, ora presentes o ausentes, le seamos aceptos.” Es decir, ya sea que nos demos cuenta de que estamos cerca del Señor, o de que en ocasiones nos sintamos lejos de él a causa de nuestras imperfecciones, como cristianos debemos de luchar con ahínco para finalmente llegar a ser dignos de ser recibidos por él, y de escuchar sus palabras de aprobación.


“SUS OBRAS LOS VAN SIGUIENDO”


Apocalipsis 14:13 contiene una preciosa promesa para un tiempo muy limitado al fin de la edad, y no puede ser aplicada de una manera general, como describiendo algo aplicable durante la entera edad evangélica. El texto dice: “Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor de aquí para adelante. ¡Así sea, dice el Espíritu; para que descansen de sus trabajos y sus obras los van siguiendo!”

La expresión “de aquí para adelante” es la clave para el debido entender de este pasaje, pues indica que aplica solamente de cierto tiempo en adelante. El contexto indica que el tiempo aludido es el fin de la edad, después de la segunda venida de Cristo, durante “la siega” del trigo, cuando los fieles al terminar su curso terrenal no permanecerán dormidos en la muerte sino que serán resucitados para entrar inmediatamente a tomar parte en las actividades relacionadas con el establecimiento del nuevo reino.

El Apóstol Pablo hace alusión a esto mismo en 1 Corintios 15:51, 52, al decir: “He aquí, os declaro un misterio” indicando una excepción a la regla. “No todos dormiremos, mas todos seremos mudados, en un momento, en un abrir de ojos, al sonar la última trompeta, y los muertos (en Cristo) resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos mudados.”

Todos los santos tienen que morir, y si son fieles hasta la muerte, serán transformados, obteniendo la inmortalidad; sin embargo, algunos, al sonar la última trompeta, no tendrán que permanecer durmiendo el sueño de la muerte. Aun cuando en la muerte terminan su laborioso servicio al Maestro, al ser resucitados inmediatamente, continuarán ocupados sin las fatigas que ahora acompañan a la constante actividad. Sin embargo, ese cambio de mortalidad a inmortalidad no se debe a que hayan sido creados a prueba de muerte sino a una resurrección, en seguida de la muerte, sin tener que esperar durmiendo hasta el segundo advenimiento del Señor, pues él ya estará presente.


“NADIE HA SUBIDO AL CIELO”


A los fieles siervos de Dios antes del primer advenimiento no les fueron hechas promesas celestiales, y el mismo Maestro indica que hasta ese entonces a nadie se le habían hecho promesas celestiales. Jesús dijo: “Y nadie ha subido al cielo, sino aquel que del cielo descendió, el Hijo del hombre.” (Juan 3:13) Los apóstoles tenían bien entendido este punto por cuanto Pedro, al hablar en el día del Pentecostés con respecto al fiel patriarca David, dijo: “Porque David no subió a los cielos.”—Hech. 2:34

Muchos suponen que Enoc, a quien Dios trasladó, fue llevado al cielo; pero no es ése el caso. Evidentemente, la traslación de Enoc consistió en que Dios lo quitó de la vida, es decir, que Enoc murió sin la necesidad de experimentar el proceso de agonía que acompaña a la muerte, y posiblemente antes de él mismo tener la dolorosa experiencia de ver morir a otros. El registro bíblico dice: “Enoc fue trasladado para que no viese la muerte.” El Apóstol Pablo, en el capítulo 11 de Hebreos, incluye a Enoc entre los fieles de tiempos pasados, de quienes dice “murieron todos éstos.” (Heb. 11:5, 13) En Génesis 5:24 leemos: “Y anduvo Enoc con Dios, y no fue, porque lo tomó Dios.” La palabra hebrea de la que se traduce “no fue,” en Jeremías 31:15 se transcribe “no existen.” Describiendo la condición de los descendientes de Raquel que murieron, el profeta indica que dejaron de existir. La evidencia es bastante convincente en cuanto a que Enoc no fue al cielo.


ELÍAS Y EL CARRO DE FUEGO


Hay quienes opinan que Elías debe estar en el cielo pues creen que él fue al cielo en un carro de fuego. Sin embargo, el registro bíblico indica que el carro de fuego solamente sirvió para separar a Elías de Eliseo. El remolino de viento fue lo que ocasionó la desaparición de Elías. (Véase 2 Reyes 2:11) En conexión con esto debemos recordar que en las Escrituras a menudo se usan las palabras “cielo” y “cielos” para describir la atmósfera que rodea a la tierra, y evidentemente ése fue el cielo al que Elías fue llevado por el remolino y dio fin a su vida. —Gén. 1:8, 9, 1.4, 15, 17, 20; 7-11, 23; Zac. 2:6

El hecho de que en la transfiguración los discípulos vieron la semejanza de Moisés y de Elías no significa que estos dos profetas estuvieran vivos en el cielo. Al descender del Monte de la Transfiguración Jesús dijo a sus discípulos: “No digáis a nadie la visión (griego horanza) hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.” (Mat. 17:9) Una visión no es una realidad. Pedro tuvo una visión de animales inmundos que descendían del cielo, pero en realidad no eran animales. Juan, en la isla de Patmos, tuvo una serie de visiones en las que vio toda clase de objetos, animados e inanimados, pero nada de lo que vio era real. De igual manera los discípulos en su visión percibieron a Moisés y a Elías aun cuando ambos en realidad se encontraban durmiendo el sueño de la muerte, y aún permanecen dormidos hasta que llegue el tiempo de la resurrección. —Heb. 11:35,39,40 En la transfiguración, la visión fue del reino de Cristo establecido en la tierra. Moisés representa la ley; Elías, al glorificado Cristo. Todos los verdaderos cristianos serán entonces exaltados a la gloria celestial y reinarán con Cristo con el fin de bendecir a la humanidad entera con salud, vida, y gozo sin fin, en esta tierra. Entonces el paraíso será restablecido.


¿DÓNDE ESTÁ EL PARAÍSO?


Muchas personas emplean las palabras “paraíso” y “cielo” como si fueran sinónimas, y generalmente opinan que estos dos términos significan un estado o lugar de dicha y ventura espirituales, muy lejos de este mundo material de pecado y muerte, a donde todos los buenos cristianos van inmediatamente después de la muerte. Hay quienes hacen distinción entre el paraíso y el cielo, y dicen que el primero es algo así como una condición intermediaria a la cual todos van al morir, y donde permanecen hasta el día del juicio cuando son trasladados, ya sea a un cielo de bienaventuranza sin fin, o a un infierno de tormentos eternos.

El concienzudo estudio de las Sagradas Escrituras pone de manifiesto que tales creencias son erróneas, y que constituyen otro esfuerzo de parte de Satanás para apoyar su mentira original, cuando dijo a Eva: “No moriréis.” Si como ya lo hemos demostrado por medio de las Escrituras que los muertos en realidad están muertos, entonces no es posible que estén gozando, ya sea en el paraíso o en el cielo.

La palabra “paraíso” literalmente significa un jardín o huerto. Es apropiado su uso con relación al Jardín del Edén, de donde el hombre fue arrojado a causa de su desobediencia. Ezequiel 36:34, 35, indica que una condición semejante al Jardín del Edén será restablecida en la tierra. Esa declaración, junto con las de otros santos profetas de Dios, está de acuerdo con lo dicho por el Apóstol Pedro en Hechos 3:19-21, donde habla de “los tiempos de la restauración de todas las cosas,” el período en el cual se efectuará la restitución del paraíso terrenal.

Al examinar cuidadosamente las palabras del apóstol en el anterior pasaje notamos que el período de la “restauración de todas las cosas” es al tiempo de la segunda venida de Cristo— “A quien es necesario que el cielo reciba, hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas.” El paraíso, en ese entonces, llegará a ser un mundo de felicidad y perfección aquí mismo en la tierra, lo cual no ocurrió al tiempo del primer advenimiento, y, de acuerdo con Pedro, no será una realidad sino hasta el regreso de Cristo a establecer su reino.


EL LADRÓN EN EL PARAÍSO


¿Qué quiso decir Jesús con la promesa que hizo al ladrón arrepentido: “Estarás conmigo en el Paraíso” en respuesta a la súplica hecha por aquél: “Acuérdate de mi cuando vinieres en tu reino”? (Luc. 23:42, 43) No podemos decir cuánto sabía el ladrón con respecto al prometido reino del Mesías. No era necesario que supiera mucho cuando hizo la súplica. La inscripción puesta en la cruz, por sobre la cabeza del Maestro, indicaba que él declaraba ser rey, y aun cuando en ese momento no parecía que pudiera ejercer autoridad alguna como rey, ni se hallaba en condiciones de ayudar a otros, el ladrón indudablemente pensó que no era de por demás mostrar cierto grado de respeto al supuesto rey, pidiéndole que se acordara de él cuando viniera en su reino.

Este gesto amistoso de parte del ladrón, mostrando cierto grado de fe en su petición, fue apreciado por Jesús, quien le hizo la promesa: “Estarás conmigo en el paraíso.” Las palabras de Jesús, que muestran lo correcto de la petición, fueron: “En verdad te digo… estarás conmigo en el Paraíso,” como si le hubiera dicho: “Es verdad, soy Rey; tendré un reinado, y cuando venga en la gloria de ese reino me acordaré de ti.”

Que el reino de Jesús no fue establecido al tiempo en que hizo tal promesa al ladrón, se prueba con el hecho de que él enseñó a sus discípulos a pedir: “Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.” (Mat. 6:10) La súplica del ladrón y la respuesta de Jesús acentúan el hecho de que el reinado mesiánico no existía en aquel tiempo y además, que el cumplimiento de la promesa será en la tierra.

El ladrón solicitó una bendición en la tierra y Jesús le prometió una bendición terrenal. Las bendiciones terrenales del restablecido paraíso, bajo la administración del reino mesiánico, serán para toda la humanidad, cuando sean introducidos los tiempos de la “restauración.” Hasta que llegue ese tiempo, tanto el ladrón como los demás que están en sus tumbas, dormirán en el sueño de la muerte. En el amanecer del nuevo día serán resucitados por la voz del Hijo del hombre. —Juan 5:28

Pero, ¿qué dio a entender Jesús al ladrón cuando empleó la palabra “hoy” en su promesa? La dificultad en armonizar este pasaje con el testimonio general de las Escrituras con respecto a la condición de los muertos se debe a que en la traducción del texto la coma fue puesta donde no pertenece. Los manuscritos originales no tenían puntuación, pues ésta no había sido introducida todavía. En realidad, la puntuación es de comparativamente moderno origen, pues fue introducida hace unos cuantos centenares de años.

Los traductores de la Biblia—creyendo al igual que casi todo el mundo religioso que al momento de la muerte se pasa al cielo—pusieron la coma en este pasaje y además pusieron “que” antes de “hoy.” Si tan solo cambiamos la posición de esta coma, y suprimimos la palabra “que,” la cual no aparece en los originales, obtenemos el verdadero significado del texto: “En verdad te digo hoy, estarás conmigo en el Paraíso.” Jesús tenía absoluta confianza en lo planeado por el Padre Celestial para él. El “hoy” del relato fue un día en que, bajo el punto de vista humano, parecía imposible que Jesús llegara a obtener un reino. Pero la fe del Maestro era tal, que aun en medio de circunstancias que desafiaban toda esperanza, aseguró al ladrón que entonces tendría la oportunidad de gozar sus bendiciones.


PABLO ARREBATADO AL PARAÍSO


En 2 Corintios 12:1-4 el Apóstol Pablo dice que en una visión fue arrebatado al Paraíso. Siendo una visión, come el mismo apóstol lo indica, no era necesario que el Paraíso existiera entonces. También dice el apóstol que en esa visión fue arrebatado hasta el “tercer cielo.” Esta información nos suministra la clave para entender el significado de la visión. En su segunda epístola, capítulo 3, el Apóstol Pedro nos habla de este “tercer cielo” al cual fue arrebatado Pablo en su visión. Pedro menciona los tres cielos, y no solamente el tercero. Explica que el primero de estos cielos existió en los días de Noe antes del diluvio. El también relata que el segundo cielo comenzó después de la destrucción del primer cielo, por medio del diluvio, y que ese cielo es destruido al tiempo de la segunda venida de Cristo. El apóstol prosigue: “Empero, conforme a su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y una tierra nueva, en los que habita la justicia.”

Estos “cielos nuevos” que esperamos es el “tercer cielo.” Pedro también habla de una “tierra nueva,” o sea el “paraíso” al cual Pablo fue arrebatado en su visión. Después, Pedro explica que el nuevo o “tercer” cielo, y el nuevo “paraíso” en la tierra serán establecidos después de la segunda venida de Cristo. Todo esto confirma lo que hemos hallado, es decir, que el paraíso no existe en la actualidad y que por consiguiente, nadie puede ir a él al tiempo de morir.


BENDICIONES EN EL PARAÍSO TERRENAL


El Apóstol Pedro nos dice que “conforme a su promesa” nosotros esperamos nuevos cielos y una tierra nueva. La promesa a la cual evidentemente alude el apóstol es la de Isaías 65:17-25. Una de las principales cosas en conexión con esta promesa, como se notará a leerla, es que al ser establecida la “tierra nueva” vendrá gran regocijo y finalizarán el clamor y el llanto. Entonces “no habrá de allí en adelante un niño de pocos días,” habrá seguridad económica, y los que edifiquen casas “habitarán en ellas;” “no se fatigarán en vano, ni darán a luz para perturbación;” “antes que clamaren” Jehová les responderá; “el lobo y el corderito apacentarán como uno,” es decir, juntos, y la promesa concluye con las palabras “no dañarán ni destruirán en todo mi santo monte (reino), dice Jehová.”

Esta es una de las gloriosas promesas del reino de que nos habla la Biblia en las que la palabra “monte” se emplea como símbolo de reino. Daniel describe ese monte (2:35, 44, 45) como uno que crecerá y llenará toda la tierra. Ese monte es el reino cuando el ladrón crucificado será recordado; el reino que establecerá el paraíso en el mundo entero. Nada en esta profecía indica bendiciones celestiales, sino absolutamente terrenales.

Esos mismos cielos y tierra nueva son mencionados en el Apocalipsis 21:1-4, con las mismas bendiciones prometidas que han de seguir a su establecimiento. ¡Cuán sorprendentes y maravillosas serán esas bendiciones! El texto dice: “Y limpiará (Dios) toda lágrima de sus ojos; y la muerte no será más; ni habrá más gemido, ni clamor, ni dolor; ¡porque las cosas de antes han pasado ya!”

Tanto Isaías como el Revelador asocian los “nuevos cielos” y la “tierra nueva” con la “nueva Jerusalén.” El Apóstol Pablo, en Gálatas 4:26, identifica a la iglesia con la Jerusalén celestial y se le llama “esposa” de Cristo, y en Apocalipsis 21:9 se nos dice que esa “esposa” es la “nueva Jerusalén.” De esto se deduce que cuando los nuevos cielos y la nueva tierra hayan sido establecidos, la iglesia habrá sido completada y será con Jesús coheredera en el nuevo reino.

Entonces, en calidad de esposa, se unirá en la obra de restituir la vida a todos los que oigan y quieran venir a la fuente de vida provista en ese entonces: “Y el Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven! Y el que oye, diga: ¡Ven! y el que tenga sed, ¡venga! y el que quiera, ¡tome del agua de la vida de balde!” (Apoc. 22:17) Esta agua emana del trono de Dios y del Cordero. Este es un bellísimo símbolo que nos indica que las bendiciones entonces dispensadas estarán sujetas a los reglamentos gubernativos del nuevo reino—el “trono”—y se dispensarán gratuitamente, “de balde” a cuantos las deseen, como resultado de la tarea redentora del sacrificado Cordero. —Apoc. 22:1.

Los “cielos” y la “tierra” por supuesto son simbólicos. Las Escrituras indican que representan las dos fases del nuevo reino. La fase celestial estará compuesta en primer lugar de Jesús y de su iglesia glorificada, quienes serán los gobernantes espirituales e invisibles al hombre. La fase terrenal estará compuesta de los antiguos patriarcas y profetas que para ese entonces serán resucitados y junto con otros fieles de tiempos antiguos constituirán los “príncipes por sobre toda la tierra.”—Sal. 45:16

Jesús dijo que Abraham, Isaac, Jacob y todos los profetas serían vistos en el reino de Dios, lo que prueba que serán resucitados de entre los muertos a una vida perfecta. En su condición de humanidad perfecta ellos serán los representantes terrestres del divino Cristo y esos “príncipes” se encargarán directamente de los asuntos de la tierra. Cuando ese reino sea establecido se dispensarán verdaderas bendiciones de vida, gozo y paz para la entera creación, hoy sumida en muerte, sufrimiento y contienda. Esta es la esperanza que para consuelo nuestro, en medio de nuestras angustias, brinda la palabra de Dios: Gloria, honra e inmortalidad, como coherederos con Jesús en el reino, para los fieles cristianos que hayan hecho su llamada y elección segura; y para el resto de la humanidad, los que obedezcan las leyes del reino mesiánico—cuando sea establecido y acepten del “agua de la vida de balde”—habrá vida humana perfecta en el restaurado paraíso terrenal.


BENDICIONES DEL REINO


¡Cuánto gozo para el mundo, hoy enfermo y moribundo a causa del pecado, hay en reserva por medio de ese reino divino! Bien podemos orar: “¡Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra!” Verdaderamente, ésa será una nueva dispensación. Los cambios de una dispensación a otra en tiempos pasados han sido notables y prominentes, pero este cambio será el más notable y será marcado por grandes acontecimientos superando a los anteriores por cuanto será un cambio de un moribundo mundo controlado por Satanás a un reino de vida en manos del Redentor; de un culto supersticioso a dioses falsos, a un culto de inteligente adoración a Jehová, el Verdadero Dios, y a Cristo, su Hijo, el Redentor y Vivificador de la humanidad.

Tan tremendo cambio pudiera parecer inverosímil de no ser que está respaldado por las promesas del Todopoderoso Creador, quien es abundantemente capaz y poderoso para dar vida a los muertos por medio de su Hijo, por cuanto el es el Creador de la vida. ¡Cuán glorioso espectáculo será ése—la entera raza humana volviéndose a Dios “con regocijo eterno…sobre sus cabezas; ¡alegría y regocijo alcanzarán, y huirán el dolor y el gemido!” —Isa, 35:10

El dolor y la aflicción ahora nos son inseparables, pero la promesa divina es que “huirán” de nosotros. El pecado, las enfermedades y la muerte han sido causa de todos los sufrimientos humanos, pero estos “enemigos” de la raza humana los destruirá el Mesías durante su reinado. Aun cuando el llanto y la aflicción han imperado a través de la larga noche del dominio del pecado y de la muerte, a la gimiente creación espera la alegría en el ya naciente reino milenario. Entonces, las lágrimas serán enjugadas de sobre todos los rostros; belleza y lozanía harán a un lado la vejez, y habrá alegría sin límites en vez de tristeza y sufrimiento.

En Isaías 25:6-9 el profeta nos hace una descripción profética del nuevo reino, cuando el paraíso haya sido restablecido por sobre toda la tierra. Parte de esta profecía declara que Dios “destruirá la muerte para siempre.” En 1 Corintios 15:54 el Apóstol Pablo cita esta promesa y explica que será cumplida después de la glorificación de la iglesia a la inmortalidad. A Abraham fue dada una de las promesas originales; Dios le dijo que por medio de su simiente serian benditas todas las familias de la tierra.

En Gálatas 3:8, 16, 27-29 Pablo explica que el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham será verificado por medio de Cristo y de su iglesia glorificada, sus fieles discípulos de esta edad. Esta es la razón por la cual el paraíso de vida y felicidad no ha sido restablecido todavía en la tierra. Primeramente tienen que ser elegidos los que han de ser coherederos con Cristo en la tarea de dispensar las bendiciones de vida al mundo; tienen que ser preparados para ese elevado puesto en el reino.

Las señales o acontecimientos del tiempo presente indican sin lugar a duda que estamos viviendo en el tiempo postrero, cuando la tarea de elegir a la iglesia de Cristo está por terminarse. Esto implica que el tiempo de bendiciones se aproxima y que pronto la noche de llanto y dolor dará paso al feliz día de cánticos y júbilo. ¡Cuán feliz tiempo será ése, cuando no haya ya más enfermedades, guerras, ni muerte, y en cambio tornen a la vida los parientes y amigos que nos ha arrebatado la muerte! Entonces quienes obedezcan las leyes del nuevo reino serán reunidos permanentemente y todos juntos participarán de las bendiciones restauradoras del divino y reinante Cristo y de su glorificada iglesia. —Apoc. 22:17

Ninguna criatura humana redimida estará tan sumida en el pecado o será tan despreciable que no pueda ser alcanzada por la gracia divina en operación durante el reino de Cristo. Ninguna víctima de degradación motivada por el pecado dejará de ser alcanzada por la misericordiosa mano del Redentor que la compró con su preciosa sangre. Ningunas tinieblas de superstición e ignorancia serán tan densas que la luz de la verdad no las logre penetrar y traer a la víctima al conocimiento de su oportunidad de recibir bendiciones por medio de la obediencia, en ese resplandeciente y dichoso día. Ninguna enfermedad habrá que no pueda curar el Gran Médico, y ninguna deformidad o desequilibrio mental podrá resistir la benéfica influencia del gran Sanador. No obstante, que nadie llegue a suponer por un momento que esto significa una reconciliación y salvación universal para todos, aun cuando no sean obedecidas las leyes del nuevo reinado. Las Escrituras claramente indican que la salvación no es incondicional. En Hechos 3:19-23 claramente se nos dice que “en los tiempos de la restauración” acontecerá que “toda alma que no obedeciere a aquel Profeta será exterminada.” Las bendiciones no son para los voluntariamente desobedientes.

El apóstol Pablo planteó la cuestión de cómo alguien puede creer en Cristo, si no ha oído hablar de él. De hecho, nadie será salvo o perdido en su ignorancia. Las Escrituras enseñan que nadie será destruido en lo que el Revelador describe como la “segunda muerte” hasta que haya tenido una plena oportunidad de creer y obedecer a través de un claro conocimiento de la verdad. Para lograr este fin, el plan de Dios prevé un despertar de todos los que duermen el sueño de la muerte. Pablo se refiere a este despertar cuando dice que es la voluntad de Dios que todos “sean salvos” —no salvos eternamente, sino salvos del sueño de la muerte, a fin de que puedan llegar a un conocimiento de la verdad, sobre todo la verdad sobre el don de Dios de su Hijo para ser su Redentor. Pero la vida eterna será disfrutada sólo por aquellos que “creen” en él después de ser iluminados. Este límite de la gracia de Dios se expresa claramente en Juan 3:16, que dice: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”.

No nos toca conjeturar con respecto a si serán muchos o pocos quienes lleguen a rechazar la gracia de Dios durante el milenio, cuando el mensaje de verdad cubrirá toda la tierra. Las condiciones presentes no nos dan margen para formar un criterio sobre el particular por cuanto el presente mundo malo está cegado y se encuentra bajo la influencia de Satanás, el gran engañador.

Pero a principios del reino en el cual el ladrón en la cruz pidió al Señor ser recordado, Satanás será atado. (Apoc. 2: 1, 2). La llegada del Mesías al poder se describe por el profeta como la salida del sol; el nuevo Rey de la tierra recibe el nombre de “Sol de Justicia” y se nos dice que se levantará para esparcir salud, vida y gozo por medio de sus rayos, dispersando las nieblas de la superstición y de la ignorancia, e instruyendo a todos por medio del verdadero evangelio del amor de Dios. Ese será el tiempo en que cuantos deseen tendrán una verdadera oportunidad de probar su lealtad a los divinos principios de justicia, ejemplificados en lo dispuesto para el funcionamiento del reino mesiánico, y todos tendrán la oportunidad de obtener la vida eterna en ese paraíso terrenal.

Ese será el Reino de Dios, y su voluntad será hecha en la tierra como se hace en el cielo. Cristo reinará como representante de su Padre, hasta que haya abolido todo dominio y toda autoridad y poder antagónicos, y hasta que toda rodilla se doble ante él, y toda lengua confiese la sabiduría, la justicia, el amor, y el supremo poder del Dios Eterno.



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