El Plan De Dios



DIOS tiene un plan. En este día, cuando todos los planes y esfuerzos humanos fracasan, la seguridad de que Dios tiene un plan constituye un rayo de luz y de esperanza para un mundo en que la seguridad, la paz y la felicidad han sido casi por completo eclipsadas por la agresividad y el egoísmo humanos. Este rayo de esperanza se convierte en absoluta seguridad al darnos cuenta, por medio de las Escrituras, de que el éxito del plan no estriba en la buena voluntad ni en los débiles esfuerzos de una pequeña minoría que todavía tiene fe en Dios. Su éxito depende de la determinación y habilidad de Dios para ponerlo en práctica a pesar de la egoísta oposición de quienes se esfuerzan por obstaculizarlo.

La mayor parte de la gente se siente dispuesta a conceder que si los preceptos de Cristo – según se enseñan en el Sermón del Monte – fueran aceptados por todo el mundo, la paz y la seguridad perdurables serían obtenibles. Según parece, el problema es lograr que el mundo acepte tales preceptos. La historia humana demuestra que no es posible al hombre egoísta volverse de repente altruista y que decida adoptar al amor en vez del egoísmo como el móvil dirigente de su vida. No deja de ser fútil la esperanza de que por medio de las armas las naciones puedan ser inducidas a obedecer la Regla de Oro para que surja un nuevo mundo de orden y paz que suplante al presente desbarajuste de rapacidad y ambición.

Si hemos de hallar fundada esperanza en el plan de Dios para la futura felicidad de la raza humana, éste debe incluir adecuadas medidas para ser puesto en plena operación. No debe someterse su éxito al posible peligro de egoístas manipulaciones humanas ni a la fría indiferencia de multitudes descreídas. Las Escrituras nos aseguran que el plan de Dios será apoyado con maneras y medios divinamente provistos para garantizar su funcionamiento y su final éxito para traer “el deseo de todas las naciones” (Hageo 2:7, Zac. 4:6) sobre el mundo entero.


Los Propósitos de Dios Nunca Fracasan


La presente trágica condición de cosas en el mundo no implica ni siquiera un fracaso temporal del plan de Dios. Significa el fracaso de lo que los humanos han considerado ser el plan de Dios. Tal fracaso debiera hacernos patente la necesidad de examinar nuevamente las Escrituras para descubrir nuestros errores de interpretación, los que nos han inducido a abrigar esperanzas y expectaciones que están siendo ahora destrozadas por la triste realidad de los hechos.

Los que no cierran sus ojos a la realidad claramente perciben ahora que se han entretenido falsas e infundadas esperanzas respecto al progreso y al propósito de la cristiandad. La idea comúnmente aceptada en los círculos ortodoxos ha sido que el mundo está mejorando continuamente, que la civilización ha estado progresando hacia niveles siempre mayores de buena voluntad entre los hombres, y que pronto la pobreza y las guerras serán cosas del pasado. En esta optimista perspectiva del eclesiasticismo ortodoxo también se vislumbra la posibilidad de la conversión de los paganos probablemente en el transcurso de la presente generación.

Estas falsas esperanzas y pretensiones de la cristiandad comenzaron a marchitarse en el año 1914, al principio de la Primera Guerra Mundial. En ese entonces se hizo un supremo esfuerzo para recobrar y juntar nuevamente las fuerzas de la civilización y de la justicia que sobrevivieron al fracaso de los esfuerzos humanos para mantener la paz. Esa guerra sobrecogió al mundo por sorpresa, y a ella se le dio el nombre “la guerra para acabar las guerras” y para hacer el mundo “seguro para la democracia.”

Mucho se habló de retornar a lo normal después del Armisticio de 1918, pero muy bien sabemos que la normalidad nunca llegó. Después del fracaso de todas las conferencias y negociaciones comenzó otra sangrienta guerra, y ahora se ha llegado a la conclusión de que no hay esperanza de recobro para el mundo. Lo que toca averiguar no es cómo retornar a lo normal sino qué carácter tendrá el nuevo orden de cosas.

Mientras tanto, en estos tormentosos años, en cambio de que los pueblos de la tierra hayan sido atraídos a las iglesias de la cristiandad en grandes cantidades, lo contrario es la verdad. Hasta en las llamadas tierras civilizadas el aumento de números en las iglesias no ha correspondido al aumento de población. El ateísmo crece. El espíritu mundano todavía se manifiesta en la mayor parte de las iglesias. La juventud, casi por lo general, al terminar sus estudios en escuelas y universidades sale desprovista de fe en Dios y en la Biblia. La obra misionera ha llegado a un muy bajo nivel y los filósofos hindúes han llegado en grandes números a nuestra querida tierra con la esperanza de convertir a los Estados Unidos a los misticismos del Oriente tan rápidamente como convertimos el Oriente al cristianismo.

No llamamos la atención a estos hechos con el fin de criticar ni para sugerir que alguien debiera haber procedido de mejor manera. No es esta la hora para desatar críticas con respecto a lo que otros han hecho con la mira de hacer del mundo un mejor lugar para vivir. Queremos solamente recalcar el hecho de que en algún tiempo atrás – sin poner en duda el grado de sinceridad manifestado – fue introducido un erróneo concepto en cuanto al propósito de Dios. Si Dios hubiera querido convertir al mundo entero para este tiempo lo hubiera logrado, y si la protección divina hubiera sido dada a las instituciones humanas antes del año de 1914, éstas no hubieran sido destruidas. – Isa. 55:8-11

Por conducto del profeta el Señor dijo: “Mi palabra que sale de mi boca no volverá a mí sin fruto, sino que efectuará lo que yo quiero y prosperará en aquello a que yo la envié.” (Isa. 55:11) Esto significa que sin tomar en cuenta las presentes condiciones angustiosas del mundo los planes de Dios, sobre cualquier respecto, progresan continuamente hasta su pleno éxito. El apóstol (según algunas traducciones) dice: “Conocido es a Dios el fin desde el principio.” (Hechos 15:18) Esto significa que Dios sabía su plan para este tiempo y que su plan no ha fracasado. – Isa. 46:9, 10; 14:24, 27

El hecho de que Dios tiene un plan se muestra claramente por el Apóstol Pablo en Efesios 3:11 donde, conforme a la traducción del “Emphatic Diaglott”, Dios tiene un “plan de las edades”; un plan cuyo rasgo principal es la obra redentora de Cristo Jesús Señor Nuestro. Que ese plan comprende varias edades, se indica en Efesios 1:10. Allí Pablo habla de las cosas que se llevarán a cabo “en el cumplimiento de los tiempos,” y en Efesios 2:7, “Para que en los siglos venideros (o edades venideras) hiciese manifiesta la soberana riqueza de su gracia . . . para con nosotros.” La tarea que según el apóstol debe llevarse a cabo cuando llegue el debido tiempo de Dios es la de juntar todas las cosas en Cristo. Esto significa que en ningún otro período anterior de la historia humana pudiéramos encontrar “todas” las cosas en armonía con Cristo.

En vista de que el plan de Dios abarca varias edades, o períodos de tiempo, y que ese plan no se realizará plenamente hasta “el cumplimiento de los tiempos” cuando el mundo será reconciliado a Dios por medio de Cristo, examinemos ahora las Escrituras para determinar cómo ha progresado el plan de Dios en edades anteriores hacia su objetivo final en “el cumplimiento de los tiempos.”


Tres Mundos


En la segunda epístola de Pedro, capítulo 3, se nos habla de tres “mundos.” En esa profecía él usa la palabra griega kosmos que significa un orden de cosas. Él nos dice que el primero de esos mundos finalizó al tiempo del diluvio; el segundo al tiempo de la segunda venida de Cristo, y el tercero será un mundo gobernado por Dios, un mundo “sin fin” o, según el texto griego, “por todas las generaciones.” (Efe. 3:21) Abajo podrá usted ver un diseño de esos tres mundos, los que comprenden tres largos períodos de tiempo.

Al hablar en términos modernos podemos decir que estos tres mundos son el mundo de ayer, el mundo de hoy, y el mundo de mañana. La Biblia usa la palabra “mundo” en el mismo sentido en que la empleamos hoy, no con referencia al planeta en que vivimos sino a un orden de cosas entre los humanos, y algunas veces a una edad o período de tiempo. A no haber reconocido este hecho se debe mucho del mal entender del propósito de Dios con respecto a la raza humana pecadora. Por ejemplo, la expresión “fin del mundo” que con frecuencia aparece en la Biblia, ha sido mal interpretada como denotando la quema de la tierra de una manera literal con todo lo que en ella se encuentra. Debido a esa interpretación mucha gente se siente poco dispuesta a investigar el asunto.

A causa de este mal entender en cuanto al fin del mundo muchos han temido su llegada y por tanto se han esforzado en imaginarlo muy lejano. Otros lo han considerado como una superstición de la Edad Media indigna de seria consideración. Sin embargo, al darnos cuenta de que al hablar del fin del presente mundo la Biblia da a entender precisamente lo que ahora ocurre, y al notar que la gente reflexiva también habla de la situación como el fin de un mundo, el asunto alcanza mayor importancia y obtiene un significado vital para todos los que sienten interés en lo que ha de ser el mundo de mañana.

Los términos “fuego,” “terremotos,” “tempestades,” etc., según su uso en la Biblia, tienen el mismo carácter pictórico que se les da en lenguaje corriente para describir el catastrófico tiempo de angustia que sobre hombres y naciones ha de sobrevenir en esta generación. De la manera pictórica en que el Señor emplea los términos “trigo,” “cizaña,” “ovejas,” y “cabras” para representar a quienes le sirven, a los que pretenden servirle, y a los que le oponen, de igual modo él emplea las palabras “tierra” y “cielos” para indicar las partes de la sociedad organizada que reciben el nombre de “mundos.” – Jer. 22:29

Pedro habla de los cielos y la tierra que existieron antes del diluvio, e indica que constituían “el mundo de entonces” o mundo de ayer. Ese mundo llegó a su fin al tiempo del diluvio, pero la tierra literal no fue destruida. Respecto a esa tierra literal leemos, “la tierra permanece para siempre.” (Ecle. 1:4) En Isaías 45:18 se nos dice que Dios no creó la tierra en vano, sino que “para ser habitada la formó.” Esta verdad fundamental debe tomarse en cuenta en tanto que examinamos el plan divino en las Escrituras. El plan de Dios no incluye el traslado de la raza humana a otra clase de vida sino que en cambio trata de la resurrección de la raza a la vida eterna sobre la tierra que es el eterno hogar que destinó Dios para ella. – Sal. 115:16; Isa. 65:21; Jer. 31:17; Deut. 11:21; Mat. 5:5

Al tomar esto en cuenta vemos que el primer “mundo” – que empezó al tiempo de la creación – terminó en el diluvio. El segundo “mundo,” conforme al apóstol, comenzó después del diluvio y debe terminar en el tiempo que él mismo describe como “el día del Señor.” Este día del Señor comienza con el retorno de Cristo y por lo tanto el mismo Jesús califica ese período como “los días del Hijo del hombre.” En ese texto Jesús indica que en “los días del Hijo del hombre” las condiciones serían semejantes a las que hubo en el día de Noé. – Mat. 24:38, 39; Luc. 17:26, 27; Gén. 6:11; 2 Ped. 3:6, 7, 10

Se nos dice que en los días de Noé “comían, y bebían, se casaban y se daban en matrimonio” . . . “y no entendieron” lo relacionado al diluvio venidero que destruyó “el mundo de entonces.” De la misma manera, según las Escrituras, llegará “el día del Señor” “como ladrón en la noche” – es decir, la gente no se dará cuenta de lo serio de los acontecimientos hasta que sobrevengan las angustias de ese día del fin al “presente mundo malo.” – Gal. 1:4; 1 Tes. 5:2; Luc. 21:35

Sin embargo, el fin del mundo de hoy no significa el final de la raza humana. Gracias a Dios, no es tal cosa. Significa el comienzo de un nuevo mundo, el mundo de mañana. Una de las principales características del mundo de ayer y del mundo de hoy es que ambos fueron fundados sobre el egoísmo, y que Satanás, el gran enemigo de Dios, ha sido el gobernante. Sin embargo, cuando finalice el mundo de hoy y comience el mundo de mañana, Satanás será atado y ese nuevo mundo comenzará bajo un nuevo y divino gobernante. – Apoc. 20:1-4; 21:1-5; 2 Ped. 3:13; Isa. 65:17; Abd. 21


El Egoísmo en Contraste con el Amor


Bajo la dirección de Satanás, el espíritu del egoísmo o interés propio llegó a ser la fuerza dominante desde los mismos principios del mundo de ayer. El pecado y el egoísmo continuaron dirigiendo ese primer mundo dando por resultado que antes de su fin la tierra “estaba llena de violencia.” Lo mismo ha sido cierto del mundo de hoy. En realidad, somos testigos de la disolución del presente mundo, y su destrucción se lleva a cabo por medio de la violencia del gran tiempo de angustia predicho por el profeta. – Dan. 12:1

El mundo de mañana estará bajo el dominio del nuevo gobernante, Cristo, el Rey de reyes y Señor de señores. (Sal. 72:1-20) Su gobierno estará fundado sobre el amor en vez del egoísmo. Por tal razón el apóstol habla de ese mundo como el mundo “en que habita la justicia.” (2 Ped. 3:13) El dominio satánico de pecado y egoísmo ha traído la muerte por cuanto “los gajes del pecado son la muerte.” (Rom. 6:23) El reino mesiánico de justicia y de amor traerá vida por cuanto Cristo debe reinar hasta que haya subyugado a todos sus enemigos, siendo la muerte el último enemigo que ha de ser destruido. – 1 Cor. 15:25, 26

Si no tomamos en cuenta lo tocante a estos tres mundos y sus diversas características, todo lo que la Biblia dice con respecto a ellos parecerá contradictorio a menos que apliquemos el pasaje al período de tiempo a que pertenece. Por ejemplo, refiriéndose al tiempo presente dice el profeta: “Ahora llamamos dichosos a los soberbios; y decimos también que medran los que obran maldad y también que los que tientan a Dios son librados.” Y con referencia al mundo de mañana leemos que entonces “florecerán los justos,” pero que Dios “destruirá a todos los inicuos.” – Mal. 3:15; Sal. 72:7; Hechos 3:23; Sal. 145:20

A este método de estudiar la Biblia conforme a las dispensaciones parece ser en parte a lo que se refiere el Apóstol Pablo cuando exhorta a Timoteo a que se aplique a estudiar con diligencia para que llegue a manejar “acertadamente la palabra de verdad.” (2 Tim. 2:15) Si al estudiar la Biblia nos esforzamos por aplicar sus varias profecías y promesas al mundo o edad a que pertenecen hallaremos en sus enseñanzas simplicidad, armonía y belleza a un grado tal como nunca antes imaginábamos. La Biblia es armoniosa y todo lo que se necesita para que la entendamos es que nos pongamos en armonía con ella. – Juan 7:17; Luc. 11:9, 10; Jer. 29:13

Aun cuando los dos primeros “mundos” mencionados por el Apóstol Pedro (2 Pedro 3:5, 6) se han hallado controlados por Satanás, el “príncipe de este mundo” (Juan 14:30) y a pesar de que para el mundo de mañana está reservado el pleno dominio divino sobre los asuntos de los hombres, esto no significa que en el tiempo presente Dios no siente interés alguno por la humanidad. Por el contrario, a través de las edades Dios continuamente ha estado adelantando las partes iniciales de su plan en preparación para tomar nuevamente las riendas del gobierno y al debido tiempo o en “el cumplimiento de los tiempos” bendecir a todas las familias de la tierra. – Gén. 12:3; Efe. 1:10

La tarea que Dios ha estado llevando a cabo durante el tiempo en que Satanás ha gobernado sobre las multitudes humanas se muestra en el diagrama que aparece más adelante, bajo los períodos designados como “edades.” La Palabra de Dios, sus promesas, y las instrucciones que él ha dado a su pueblo han contribuido en gran manera para llevar a cabo su tarea en la tierra en todas esas edades. Él ha tenido una tarea especial con relación a cada dispensación de su gracia o favor. En las Escrituras nada indica que hayan ocurrido cambios importantes en los métodos de Dios para tratar con su pueblo durante el primer mundo o mundo de ayer.

En todo ese tiempo fueron hechas importantísimas promesas. En Génesis 3:15 se nos informa que el día llegaría en que la “simiente” de la mujer quebraría la cabeza de la “serpiente.” Por conducto de Enoc, Dios hizo la promesa de que él vendría con las huestes innumerables de sus santos. (Judas 14) En sus tratos con Noé Dios suministró ciertas ilustraciones que son de gran valor para nosotros en este día en conexión con el fin del presente mundo. Sin embargo, no fue sino hasta después del diluvio cuando el plan de Dios empezó a entenderse con mayor claridad, y hoy, a la luz del plan divino – como podemos contemplarlo ahora – logramos ver que lo ocurrido antes del diluvio es de profundo significado.


La Edad Patriarcal


Los primeros 656 años después del diluvio reciben el nombre de la Edad Patriarcal no tanto porque tal expresión se halle en la Biblia sino por cuanto ella claramente indica que en ese tiempo Dios trató exclusivamente con unos cuantos individuos que fueron llamados Patriarcas o Padres de Israel, hasta la muerte de Jacob, cuando la nación de Israel fue fundada con sus doce hijos. (Véase la carta que aparece en la página 12.)

La tarea o plan de Dios durante la Edad Patriarcal no fue la de evangelización de la gente. Dios se comunicó con Abrahán y le hizo importantes promesas. Dios le dijo que tenía el propósito de bendecir a todas las familias de la tierra. Esto revela que Dios siente interés por la raza humana. Sin embargo, durante esa edad no fue dada a la gente en general la oportunidad de recibir las bendiciones prometidas. En Isaías 51:2, con respecto a Abrahán, se nos dice que solamente a él llamó Dios. – Gén. 12:1

Durante la Edad Patriarcal las ciudades de Sodoma y Gomorra fueron destruidas a causa de su maldad, pero Dios no hizo esfuerzo alguno por lograr el arrepentimiento de esa gente inicua. Sabemos esto porque Jesús lo dice en el Nuevo Testamento. El Maestro – quien llevó a cabo su asombroso ministerio en algunas de las ciudades de su día – dice que si esas maravillas hubieran sido hechas en Sodoma y Gomorra tales ciudades no hubieran sido destruidas puesto que se hubieran arrepentido. Indudablemente Dios, de haber sido ése su plan, hubiera podido dar a la gente de esas inicuas ciudades un testimonio muy elocuente, pero no lo hizo. En cambio, las destruyó, sin darles una oportunidad de arrepentimiento. También Jesús prometió un tiempo “más tolerable” para esa gente que para la de las ciudades favorecidas que se negaron a reconocerle y a sacar provecho de sus obras maravillosas.

Con todo, nos vemos precisados a arribar a la conclusión de que esa gente fue incluida en la promesa de Dios de bendecir a “todas” las familias de la tierra por conducto de la simiente de Abrahán, y por lo tanto, el único punto de vista armonioso que podemos tomar es el de que Dios levantará de entre los muertos a los sodomitas para que puedan tener la oportunidad de ser bendecidos. Esto precisamente es lo que predice el Profeta Ezequiel en el capítulo 16 de su profecía, desde el versículo 44 hasta el final del capítulo. Véase también el capítulo VI de El Plan Divino de las Edades.


La Prometida Simiente


La promesa que Dios hizo a Abrahán en la Edad Patriarcal fue más tarde confirmada por medio de un juramento divino. (Gén. 22:16-18; Heb. 6:13-18) Fue una maravillosa promesa en la que Dios revela su propósito de “bendecir a todas las familias de la tierra.” La promesa fue confirmada a Isaac y a Jacob; y a la muerte de Jacob, a sus doce hijos, quienes constituyeron el núcleo de la nación de Israel. Abrahán no entendió el pleno significado de esa promesa. Por ejemplo, no se dio cuenta de que resultarían dos simientes – una espiritual y otra terrenal – una representada por las estrellas del cielo y la otra por las arenas del mar. – Gén. 22:17

Tampoco entendió Abrahán claramente que había dos partes en el pacto que Dios hizo con él, una de ellas relacionada con el desarrollo de la “simiente,” y la otra con la tarea de dispensar, por medio de la “simiente,” las prometidas bendiciones. Abrahán sin duda pensó que su milagrosamente concebido hijo, era la prometida simiente, y a tal grado llegó su fe en la posibilidad de que Dios cumpliera su promesa que creyó que Isaac sería levantado de entre los muertos si, como Dios le había ordenado, lo ofrecía en sacrificio. – Heb. 11:17-19

En Hebreos 11:13, 39 y en Hechos 7:5 el apóstol nos dice que Abrahán murió sin que le fuera cumplida la promesa, pero que en tanto que vivió esperó por “la ciudad que tiene cimientos; cuyo arquitecto y hacedor es Dios.” (Heb. 11:10) Para Abrahán una ciudad representaba el centro de un gobierno o reino, de manera que en realidad esperó que Dios estableciera un reino por sobre toda la tierra en el cual sus descendientes ocuparían un puesto prominente. La promesa hecha a Abrahán fue una de las promesas del Antiguo Testamento concernientes al venidero Reino Mesiánico.

Lo mismo que los demás patriarcas de ese tiempo, Abrahán tomará prominente parte en la fase terrenal del Reino Mesiánico, y las promesas de Dios a los patriarcas lo mismo que sus tratos con ellos desempeñan un importante papel en el desarrollo del plan de Dios para con su pueblo en un tiempo futuro. Visto de esta manera nos podemos dar cuenta de que durante la Edad Patriarcal Dios no trató de convertir al mundo sino llevó a cabo una tarea muy importante en conexión con su plan. La tarea de Dios en esa edad tuvo un cumplido éxito.


La Edad Judaica


La Edad Judaica, como se indica en el diagrama, empezó a la muerte de Jacob y terminó con la primera venida de Jesús. El título “Edad Judaica” se usa para denotar tal período de tiempo por cuanto sugiere la manera en que Dios continuó la tarea preparatoria para el establecimiento de su reino y para la consiguiente bendición de todas las familias de la tierra. Durante ese tiempo Dios trató con sólo una nación, Israel, y con ninguna otra. Por medio del profeta Dios declaró: “A vosotros solos he conocido de entre todas las parentelas de la tierra.” – Amós 3:2

A Israel dio Dios su ley. Les envió sus profetas. Por medio de su sacerdocio instituyó el tabernáculo y sus servicios, los que conforme al Nuevo Testamento prefiguraron “bienes venideros.” (Heb. 9:11, 23; 10:1) A esa nación Dios prometió que si eran leales haría de ellos “un reino de sacerdotes y una nación santa.” (Ex. 19:5, 6) Esto significa que por conducto de ellos Dios dispensaría sus bendiciones prometidas a “todas las familias de la tierra.”

Pero Israel, como nación, no llegó a la marca para esta elevada y honrosa posición en el plan divino. (Rom. 11:7) Cuando su Mesías vino, lo rechazaron, y como resultado ellos fueron rechazados de la posición de especial favor divino. Sin embargo, la tarea de Dios en la Edad Judaica no fue un fracaso. Pablo nos dice que la ley sirvió de “ayo” (pedagogo o tutor) para traer los judíos a Cristo (Gál. 3:24) El fracaso de los judíos en cuanto a guardar la perfecta ley de Dios demostró la necesidad de la tarea redentora de Cristo. Finalmente, todas las naciones se darán cuenta de la misma gran lección de que también necesitan un Redentor.

Durante la Edad Judaica Dios llevó a cabo otras cosas importantes. Sus tratos con Israel, lo mismo que los éxitos y fracasos de ese pueblo, sirvieron de valiosos ejemplos y guías para el Israel espiritual de esta edad. Los centenares de promesas hechas a Israel, por conducto de los profetas, constituyen una reseña de muchos de los rasgos importantes del plan divino y sirven para guiar a los seguidores del Maestro para que se preparen para ser coherederos con Cristo en el Reino Mesiánico. De varias otras maneras la Edad Judaica desempeña un importante papel en el plan divino para la rehabilitación humana. La tarea de Dios durante la Edad Judaica no fue un fracaso sino que llevó a cabo el divinamente determinado propósito.

La Edad Judaica finalizó con el primer advenimiento de Jesús. Durante su ministerio y por tres años después, el favor divino continuó con los judíos. En armonía con tal arreglo Jesús limitó su ministerio y el de sus discípulos a la nación de Israel hasta después de su resurrección de entre los muertos. Jesús dijo a sus discípulos: “No vayáis en camino de gentiles, ni entréis en ciudad de Samaritanos; sino id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel.” – Mat. 10:5, 6


La Edad Evangélica


Después de su resurrección Jesús dijo a sus discípulos que extendieran su ministerio hasta llegar a todas las naciones, pero tenían que empezar en Jerusalén. (Luc. 24:45-49; Mat. 28:19, 20) Conforme a la profecía de Daniel (9:24-27), que habla del Mesías siendo “cortado” (nota marginal) a la mitad de la última semana, Israel sería favorecido por tres años y medio después de la muerte de Jesús. Por eso, fue dada la orden de que los discípulos empezaran en Jerusalén. En tiempo profético una “semana” representa siete años, a razón de un año por cada día. – Núm. 14:33, 34; Eze. 4:6; Dan. 12:11, 12; Apoc. 11:2, 3

Y así, “en Jerusalén” comenzó la tarea de la Edad Evangélica. Esta edad llega hasta la segunda presencia de Cristo, tiempo en que también – como se indica en el diagrama – comienza el mundo de mañana dirigido por Dios. Escogemos el término “Edad Evangélica” para identificar este período entre los dos advenimientos de Cristo por cuanto las Escrituras indican que durante este tiempo la obra de Dios prosigue por medio de la proclamación del evangelio o “buenas nuevas” del reino.

Según ya lo indicamos, durante la Edad Patriarcal Dios llevó a cabo su obra escogiendo y entrando en tratos con algunos patriarcas. Durante la Edad Judaica su obra se llevó a cabo por medio de sus tratos con la nación judaica, pero durante la Edad Evangélica Dios no limita su favor a ciertos prominentes individuos, como fue el caso en la Edad Patriarcal, ni a una sola nación, como sucedió en el transcurso de la Edad Judaica, sino que ha comisionado a todos los suyos a que proclamen las buenas nuevas del reino a todas las naciones de la tierra, y los que han hecho caso del mensaje han recibido el favor de Dios, quien los invita a que tomen parte en su plan de las edades.

¿Cuál, entonces, ha sido el objetivo de la obra de Dios durante la Edad Evangélica? Esa pregunta se contesta en Hechos 15:13-18. En ese pasaje se nos dice que Dios visitó a los gentiles para tomar de entre ellos “un pueblo para su nombre.” Los judíos, como nación, deberían haber sido su pueblo, pero pocos de entre ellos aceptaron a Cristo, y a cuantos le aceptaron les dio “el derecho (nota marginal) de ser hijos de Dios.” (Juan 1:12) En el plan divino ese “pueblo para su nombre” tenía que ser formado de 144,000 personas – un número considerable desde cierto punto de vista, pero sólo una “manada pequeña” si se toma en cuenta a la humanidad en general o solamente a los cristianos profesos. – Luc. 12:32

En Romanos 11:17-24 el apóstol explica que los gentiles lograron entrar a gozar de los privilegios especiales de esta “Edad Evangélica” debido a que las “ramas naturales” (los judíos) fueron quebradas a causa de su incredulidad. Esto significa que los del “pueblo para su nombre” tomados de entre los gentiles en realidad remplazan a los judíos rechazados a causa de perder el favor especial que conforme al acuerdo original pertenecía al Israel carnal. A esto se debe que en el Apocalipsis 7:4-8 y 14:1-3 se habla de la entera compañía de 144,000 como incluidos entre las doce tribus de Israel.

Digno de tomarse en cuenta especialmente en este cuadro es “el pequeño rebaño” de 144,000 personas que aparecen con el “Cordero” en el Monte Sion que tienen “su nombre y el nombre del Padre de él, escrito en sus frentes.” De esa manera se indica que son un “pueblo para su nombre” – es decir, un pueblo que debe llevar su nombre. En Apocalipsis 19:7 esta misma compañía se representa como la “esposa” del Cordero, y de esta manera, también, participa del “nombre de familia” del Padre Celestial. Véase Apoc. 21:2 y 22:17


La Divina Casa Reinante


A la luz del testimonio general de la Palabra de Dios este “pueblo para su nombre,” tomado de entre todas las naciones por medio del Evangelio, en realidad es la Divina Familia o Casa Reinante. En Miqueas 4:1-4 se nos habla del establecimiento del reino de Dios por sobre toda la tierra, y este reino (que es simbolizado en la profecía por un “monte” o gobierno), es puesto por cabeza de “la Casa del Dios de Jacob.” Todas las casas reales hereditarias de este presente mundo malo en realidad han sido familias que de generación en generación han heredado el “derecho” de gobernar.

Por eso, Dios nos dice que su reino estará en manos de una casa gobernante la que también forma una familia, pero no terrenal sino divina, la familia del mismo Dios. El jefe de ella es su mismo “hijo unigénito,” su amado Hijo Cristo Jesús. Además de Jesús, los que le siguen fielmente son aceptados dentro de la familia de Dios y llegan a ser hijos suyos. – Col. 1:18; Juan 1:12; 1 Juan 3:1, 2

El apóstol después explica que si somos hijos, somos “herederos de Dios y coherederos con Cristo.” (Rom. 8:16, 17) Todos estos coherederos tienen la promesa de formar parte de la familia reinante de Dios, y el propósito de esta Edad Evangélica es el de seleccionar y preparar a los que, en calidad de miembros de la familia real celestial, vivirán y reinarán con Cristo mil años. – Apoc. 20:4; Sal. 2:9; Apoc. 2:26, 27; 1 Cor. 6:2, 3. Véase también los capítulos V y XIV de El Plan Divino de las Edades.

Una vez completada la tarea de la Edad Evangélica, nada estorbará para el establecimiento del nuevo mundo de mañana bajo el dominio de Dios. Al final del mundo de hoy, y a principios del mundo de mañana, se lleva a cabo el segundo advenimiento de Cristo, y en un principio (en lo que respecta al mundo en general) “como ladrón en la noche.” Cristo viene primeramente a recibir a su desposada. (Juan 14:3; Apoc. 19:7; 21:2; 22:17) Cuando su esposa, la iglesia, esté unida a él en la gloria celestial, será cumplida la promesa del Apocalipsis 22:17: “El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven! . . . ¡y el que quiera, tome del agua de la vida de balde!”


La Primera Edad en el Nuevo Mundo


Los primeros mil años del nuevo mundo son designados en nuestro diagrama como la Edad Milenaria. En el transcurso de esos mil años será que la iglesia – la cual habrá sido juntada de entre el mundo durante la Edad Evangélica – reinará con Cristo con el fin de dispensar las prometidas bendiciones de Dios a “todas las familias de la tierra.” (Gén. 12:1-3; Gál. 3:16, 27-29; Apoc. 5:10; Mat. 19:28) Será durante esa Edad Milenaria que el gran plan de Dios llegará a su victoriosa culminación. – Efe. 1:10

En Hechos 15:15-17 (que ya mencionamos) el apóstol indica el orden en que serán dispensadas las bendiciones. Después de que el “pueblo para su nombre” haya sido juntado de entre los gentiles, vendrá la reedificación del “tabernáculo de David,” o sea la prometida restauración de Israel. (Eze. 39:22) Luego toca el turno a los gentiles: “todas las naciones (margen) sobre quienes mi nombre es llamado, dice el Señor.” Esta bendición de todas las naciones viene en seguida de la primera “visita,” la que tuvo por objeto solamente el “tomar un pueblo para su nombre.”

Pero antes de que la Edad Milenaria pueda ser plenamente introducida, el mundo tendrá que pasar por una “grande tribulación, cual no ha sido desde que ha habido nación.” (Dan. 12:1) Habrá un período de transición entre la Edad Evangélica y la Edad Milenaria, así como lo hubo entre la Edad Judaica y la Edad Evangélica. Muchas son las razones para suponer que nos encontramos en este período de transición y que la presente disturbada situación del mundo es parte del “tiempo de angustia” con que finalizará esta edad.

A causa de que los diversos grupos religiosos han puesto que el propósito de Dios es el de convertir al mundo durante la Edad Evangélica, ahora se sienten confundidos por la presente destrucción de la civilización y se sienten inclinados a perder su fe en Dios y en el cristianismo. (Jer. 8:15) Pero, al darnos cuenta de que la tarea para esta edad es solamente la de escoger de entre el mundo a los que han de reinar con Cristo en la edad venidera, es posible entender por qué ha fracasado la cristiandad.

Es un hecho que Jesús mismo dio a entender que a la llegada del tiempo para su segunda venida habría muy poca fe en la tierra. (Luc. 18:8) Pablo profetizó que en los “últimos días” habría tiempos peligrosos y que los hombres serían “amadores de los placeres más bien que amadores de Dios” (2 Tim. 3:4) En la Parábola del Trigo y la Cizaña Jesús claramente dio a saber que una gran cantidad de sus seguidores profesos serían solamente imitación de cristianos y que al final de la edad los manojos denominacionales serían destruidos.

Esta quema de la cizaña al final de la edad es lo que constituye, en parte, el “gran tiempo de angustia” con el que ha de terminar esta edad. Sin embargo, esto no significa que la tarea de la edad ha fracasado. La obra de Dios en esta edad, lo mismo que en las edades anteriores, ha tenido un completo éxito. Todos los que forman parte de su “trigo” verdadero han sido juntados en el granero celestial, y allí “brillarán como el sol en el reino de su Padre.” (Mat. 13:43) No importa lo mucho que veamos de destrucción de lo que pretende ser la cristiandad, recordemos que nada puede ocurrir sino con el permiso de Dios y lo que a nuestros ojos pudiera parecer una calamidad no es más que otra parte de los preparativos para el establecimiento del verdadero cristianismo durante el reino de mil años.


El Paraíso en el Edén


Tracemos ahora el desarrollo del plan de Dios desde un punto de vista algo diferente. Nos hemos apercibido de la gran importancia del elemento de tiempo en los arreglos divinos – cómo el plan de Dios ha proseguido desarrollándose de una edad a otra – y ahora examinaremos el programa divino en cuanto a cómo se relaciona con los diferentes planos de existencia o esferas de vida. Cuando el apóstol, en Efesios 1:10, describe el complemento del plan divino en el “cumplimiento de los tiempos,” él declara que entonces todas las cosas serán reunidas en Cristo, tanto las que están en el “cielo” como las que están sobre la “tierra.”

Hallamos que en las Escrituras se mencionan dos salvaciones, una celestial y la otra terrenal. El dejar de tomar en cuenta este hecho, al estudiar la Biblia, ha resultado en muchas aparentes contradicciones. La mayor parte de las promesas del Antiguo Testamento, y algunas de las del Nuevo, describen las bendiciones terrenales, en tanto que la mayor parte de las promesas del Nuevo Testamento, y algunas del Antiguo, al hablar proféticamente de la iglesia, tienen que ver con una esperanza celestial. Es necesario que apliquemos debidamente estas promesas para lograr percibir la armonía que existe entre ellas.

El diagrama en la página 12 muestra en la parte inferior dos líneas horizontales que corren a través de los tres mundos. En la línea superior, en la extrema izquierda y al comienzo del mundo de ayer se ve una pirámide pequeña. Esta representa a Adán como fue creado en un principio, a la imagen de Dios. Adán fue una criatura humana perfecta, de la tierra, terreno. (1 Cor. 15:47) A él se le ordenó que se multiplicara y llenara la tierra y la subyugara – es decir, que hiciera de toda parte habitable de este planeta un jardín como el que Dios proveyó para él “a la parte del oriente” del Edén. – Gén. 2:8

Enfáticamente declaramos que Adán fue creado para que viviera en la tierra y que la tierra fue formada para ser el hogar del hombre. (Isa. 45:18; Sal. 115:16) Nada se le dijo a Adán respecto a que tendría que ir al cielo. Se le dijo que si desobedecía la ley de Dios moriría. De necesidad, lo contrario es cierto: Si no desobedecía, no tendría que morir. Si Adán no hubiera transgredido la ley de Dios, la orden de multiplicarse y llenar la tierra y subyugarla se hubiera cumplido sin la entrada del pecado, las enfermedades, ni la muerte.

En tal caso, Adán y sus hijos hubieran continuado viviendo en la tierra sin el menor temor de la muerte. Cuando la orden de llenar la tierra hubiera sido cumplida, la función particular de la raza humana habría cesado y la tierra estaría llena de una familia humana perfecta y feliz, gozando del pleno favor de Dios a través de la eternidad. No obstante, no resultó de esta manera por cuanto Adán desobedeció la ley divina y la anunciada sentencia de muerte recayó sobre él. Sin embargo, esto no significa que el propósito de Dios al crear al hombre fracasó.

Fíjese ahora en la línea horizontal más abajo, en nuestro diagrama. Esta representa el plano del pecado y de la muerte. Este es el plano de existencia en que ha nacido la raza humana y sobre la cual las criaturas humanas experimentan una dolorosa existencia por unos cuantos años antes de descender a la tumba.

A causa de la transgresión de Adán, toda la raza humana ha nacido en el plano de pecado y muerte en vez de en el plano superior de perfección y vida. Pablo explica que por medio de la desobediencia de un hombre entró el pecado en el mundo y por medio del pecado la muerte y así la muerte pasó por todos los hombres, por cuanto todos pecaron. (Rom. 5:12, 19) Tan pronto como pecó, Adán cayó al plano de la muerte, y en ese plano de existencia nacieron sus hijos. Por esa razón todos ellos entraron en la senda de la muerte.

Las dos pirámides incompletas en la línea inferior del diagrama representan a la caída y moribunda raza humana durante el mundo de ayer y el mundo de hoy. Durante estos dos mundos la humanidad ha andado por el “valle de la sombra de muerte.” La gente en general ha estado “sin Dios” y “sin esperanza.” Ha estado andando en la senda que Jesús describe como “el camino ancho” que conduce a la destrucción.” – Mat. 7:13


El Precio Correspondiente


Recordemos que cuando Adán pecó nada se le dijo con respecto a ir al cielo o al infierno. Se le informó que moriría, y esto simplemente significa que había perdido el privilegio de vivir y de gozar en el perfecto jardín del Edén – el paraíso terrenal. El pecado de Adán, por lo tanto, significó la pérdida del paraíso. El plan divino de salvación, por consiguiente, tiene que incluir la restauración del paraíso. Pero, ¿cómo se llevará a cabo esto? Las Escrituras contestan que por medio de la tarea redentora de Cristo.

Uno de los términos bíblicos que se emplea en conexión con la obra de redención es “rescate.” Pablo nos dice que el “hombre” Cristo Jesús se dio a sí mismo en “rescate” por todos. (1 Tim. 2:6) En este pasaje la palabra griega traducida “rescate” es antilutron, la que significa un “precio correspondiente.” El hombre Jesús, quien murió en la cruz, en el Calvario, como Redentor, fue un exacto precio correspondiente del hombre perfecto Adán, quien se tornó en pecador. Con respecto a Jesús, se dice que él fue “hecho carne,” con el propósito de que “por la gracia de Dios gustase la muerte por todos.” – Juan 1:14; Heb. 2:9

Fijémonos que esto está representado en el diagrama por la cruz y la pirámide colocadas en la línea horizontal superior, al final de la Edad Judaica y a principios de la Edad Evangélica. En este punto en el plan divino ocurrió la primera venida de Jesús, y el rasgo principal del plan que él llevó a cabo en ese entonces fue el de dar su vida por los pecados del mundo. Juan, el bautista, dijo refiriéndose a Jesús: ¡He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!” – Juan 1:29

De no haberse requerido una tarea preparatoria en el plan, la obra de Dios después de la muerte y resurrección de Jesús hubiera consistido en restaurar a la caída raza humana la posesión perdida – el paraíso. El mensaje dado a los creyentes hubiera sido una invitación a venir a tomar del “agua de la vida de balde.” (Apoc. 22:17) Por medio de Jesús se hizo la provisión de anular la sentencia de muerte impuesta sobre Adán la que por su conducto pasó por sobre toda la humanidad. Siendo este el caso, el lógico siguiente paso hubiera sido el comienzo de la tarea de restauración.

Sin embargo, no fue ésa la obra comenzada por los apóstoles después del Pentecostés. Ciertamente, Jesús curó a unos cuantos enfermos en su primera venida, y despertó a unos cuantos muertos, pero esto solamente fue con el fin de dar una muestra de lo que sería su tarea futura. (Juan 2:11) El Apóstol Pablo explica que los dones del Espíritu Santo concedidos a la Iglesia en sus tempranos días (y por medio de los cuales un limitado número de milagros fueron llevados a cabo) deberían “cesar,” o pasar. (1 Cor. 12:31; 13:1-3, 8; 14:18-20, 22) Desde ese entonces algunos individuos han pretendido poseer la habilidad de efectuar milagros en el nombre de Cristo, pero no han resucitado muertos y los pocos casos de enfermos que dicen haber curado son de dudosa autenticidad.

Los discípulos de Jesús no recibieron la promesa de gozar de salud y vida eterna en la tierra. Por el contrario, se les dijo que si deseaban ser verdaderos discípulos de Cristo tendrían que sufrir y morir con él. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame,” es lo que dice el Maestro a quienes desean saber los términos para ser sus discípulos. – Mat. 16:24

Por supuesto es de suponerse que si Jesús murió en lugar del pecador, como lo revelan las Escrituras, los que creen en él no deberían morir. Eso será cierto en el mundo de mañana, pero durante esta Edad Evangélica se está desarrollando otra muy importante parte del plan divino de salvación.

¿Y cuál es esa parte del plan? Es la llamada y selección de la iglesia de Cristo, junto con la preparación de sus miembros para que participen con Cristo en la tarea de dar vida a la humanidad durante la Edad Milenaria. Esa llamada la describe el apóstol como una “llamada celestial.” (Heb. 3:1; Fil. 3:14) Jesús aludió a ella en sus palabras al hombre principal cuando le dijo que si le seguía hasta la muerte tendría “tesoros en el cielo.” – Luc. 18:18-20


El Lugar Preparado


Jesús aludió también a la esperanza celestial de quienes siguen en sus huellas cuando les prometió: “Voy a prepararos el lugar. Y si yo fuere . . . vendré otra vez, y os recibiré conmigo; para que donde yo esté, vosotros también estéis.” (Juan 14:2, 3) Pedro se refiere a la esperanza celestial de la iglesia en las palabras: “Nos han sido dadas sus preciosas y muy grandes promesas; para que por medio de éstas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina.” – 2 Ped. 1:4

Pablo exhorta a los cristianos a pensar en “las cosas que están arriba.” Estas cosas dice él se encuentran “donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.” (Col. 3:1, 2) Esto indica que la recompensa de la iglesia será la misma recompensa dada a Jesús. A esto también el apóstol da especial énfasis cuando dice: “Si hemos venido a ser unidos con él por la semejanza de su muerte, lo seremos también por la semejanza de su resurrección.” – Rom. 6:5

En este último texto se indica por qué los seguidores de Jesús en esta edad no serán restaurados a la vida humana. Ellos han sido invitados a morir con Jesús. En otras palabras, la tarea de sacrificio de Cristo no terminó en el Calvario. Tal cosa se deduce claramente de las palabras de Pablo en Romanos 12:1, donde leemos: “Ruegos pues, hermanos, por las compasiones de Dios, que le presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, acepto a Dios; culto racional vuestro.”

En Colosenses 1:24 Pablo habla de cumplir “en parte lo que falta aún de los padecimientos de Cristo.” Otros pasajes representan a la iglesia como ofreciéndose en sacrificio, entregando sus vidas en la tarea de hacer la voluntad de Dios. Esta tarea de sacrificio de los cristianos es a la que el apóstol se refiere en las palabras “plantados” y en la “semejanza” de la muerte de Cristo. Jesús no murió como pecador bajo condena de muerte. Murió en sacrificio, como una ofrenda voluntaria por el pecado. Su muerte proveyó la cancelación legal del pecado de Adán, y por conducto de Adán, del pecado heredado por toda la humanidad.


Justificados por medio de Cristo


Pudiéramos preguntar, ¿en qué sentido los seguidores de Jesús mueren de la misma manera que él murió? ¿Acaso no son ellos miembros de la raza caída, bajo condena de muerte, como el resto de la humanidad? En realidad lo eran, pero las Escrituras nos dicen que después de la resurrección de Jesús él apareció en la presencia de Dios por nosotros. (Heb. 9:24) Esto significa que el mérito de su sacrificio libra de la condena a todos los consagrados seguidores, de manera que la muerte de ellos no es considerada por Dios por más tiempo como consecuencias de la condenación sino como resultante del sacrificio.

En Romanos 6:11 Pablo dice a los cristianos que ellos deben “reputarse muertos en verdad al pecado,” de la misma manera que Cristo, como ofrenda por el pecado. Tal cosa no significa que la tarea de sacrificio de la iglesia es necesaria para proveer la redención de la humanidad. Esta tarea fue hecha en su totalidad por Jesús. Lo que significa es que Dios acepta los sacrificios de la iglesia como si fueran sacrificios de criaturas humanas perfectas, y que por medio de estos sacrificios la iglesia es preparada para la tarea que ha de llevar a cabo con Jesús, como dispensadores de vida para toda la humanidad en la Edad Milenaria.

En el Mapa de las Edades que aparece en la página 12 se muestra esta parte importante del plan divino. Se notará que la iglesia de esta Edad Evangélica aparece representada sobre el plano de perfección humana. Esta pirámide incompleta tiene por objeto representar a la profesa iglesia cristiana en vez de solamente a los que Dios considera como verdaderos cristianos. Por tal razón, parte de ella aparece debajo de la línea, es decir como “adheridos” pero sin formar parte. Para una más detallada explicación de este punto llamamos la atención de los lectores al capítulo XII de El Plan Divino de las Edades.

Los que forman parte de la verdadera iglesia de Cristo – cuyos nombres están “inscritos en el cielo” – han sido llamados del mundo y se les asegura que por medio de la sangre de Cristo sus obras imperfectas son aceptables a Dios. A causa de su voluntad para sacrificar la vida terrenal, se les promete una recompensa celestial. En esta forma marchan por la angosta senda de sacrificio que conduce a la gloria, al honor, y a la inmortalidad. – Mat. 10:39; Rom. 2:7

Es a la iglesia a la que se le hace la promesa de inmortalidad. Adán no fue inmortal por cuanto inmortal significa a prueba de muerte. Cuando el hombre sea restaurado a la perfección, al final de la Edad Milenaria, no será inmortal, sino todos los fieles y verdaderos seguidores de Cristo de esta Edad Evangélica finalmente serán exaltados a la inmortalidad. Serán conformados a la imagen de Jesús quien es ahora una exaltada criatura celestial, y le verán como él es, y estarán con él y reinarán con él mil años. (1 Juan 3:2; Apoc. 2:26, 27; 5:10; 20:4, 6) Véase también El Plan Divino de las Edades, capítulo X.


El Paraíso Restaurado


Cuando haya sido terminada la tarea de esta Edad Evangélica, y cuando los verdaderos cristianos estén unidos con Jesús en la fase celestial del reino, entonces comenzará la tarea de restaurar a la humanidad a la vida en la tierra. En el diagrama, nótese la pirámide grande en la sección de la Edad Milenaria, colocada sobre la línea que representa la perfección humana. Adán fue creado en este plano. Fue de este plano de donde él cayó. A ese plano de perfección será restaurado durante el reinado de mil años de Cristo y de la iglesia.

El Apóstol Pedro habla de esta tarea de la Edad Milenaria como la “restauración,” y dice que de ella habló Dios por boca de todos los santos profetas que ha habido desde la antigüedad. (Hechos 3:19-21) Estos testimonios de los santos profetas de Dios describen las bendiciones terrenales de la vida que ha de recibir la humanidad después de la segunda venida de Cristo. El cumplimiento de estas promesas terrenales no llega sino hasta el complemento de la iglesia de esta Edad Evangélica, cuando haya sido unida a Cristo en el plano celestial – el lugar preparado por Jesús. – Juan 14:1-3

Cuando haya sido completada la tarea de la Edad Evangélica, seguirá la de juntar a la humanidad en general bajo Cristo, no en el plano espiritual sino en el plano terrenal. De esta manera serán juntadas o “resumidas” todas las cosas en Cristo, así las que están en el cielo, como las que están sobre la tierra. (Efe. 1:10) Cuando empiece la Edad Milenaria la junta de la iglesia, que comenzó al principio de la Edad Evangélica, habrá terminado y ésta se hallará unida con Cristo en gloria. Por eso, se nos dice que en el “cumplimiento de los tiempos” habrá sido completada la tarea de juntar todas las cosas celestiales y terrenales en Cristo.


Príncipes en la Tierra


Los primeros restaurados a la perfección terrenal serán los antiguos profetas. En un tiempo ellos fueron los Padres de Israel pero ahora serán los hijos de “El Cristo,” establecidos como “príncipes en toda la tierra.” (Sal. 45:16) Jesús dijo que durante el período del reino Abrahán, Isaac, Jacob, y todos los profetas serían considerados como instructores de la gente. (Mat. 8:11; Luc. 13:28-30) Ellos serán los representantes del divino Cristo y recibirán de él la tarea de administrar las leyes de ese nuevo reino.

Estos representantes terrestres del divino Cristo serán respaldados por facultades milagrosas de manera que no será posible evadir con éxito el cumplimiento de las leyes entonces impuestas – las leyes de Cristo. Se nos informa que en ese entonces sucederá que “toda alma que no obedeciere a aquel Profeta, será exterminada de entre el pueblo.” (Hechos 3:23) Los que cumplan las leyes del reino mesiánico no tendrán que morir. Serán restaurados a la perfección perdida por Adán, el padre de la raza, y a causa de ser perfectos tendrán la oportunidad de vivir eternamente en la tierra. Esto es lo que se da a entender por la palabra “restauración” según el uso que de ella hace el Apóstol Pedro, y por la palabra “regeneración” que emplea el Maestro. – Mat. 19:28

Por medio de los centenares de promesas bíblicas relativas a la próxima restauración del mundo se nos indican las muchas maneras en que ésta resultará en la felicidad de la humanidad y en la solución de todos sus problemas. Se nos informa que el conocimiento de Dios llenará toda la tierra como las aguas cubren la mar. Se nos asegura que Jehová en ese entonces dará a los pueblos lenguaje o “labios puros,” capacitando a los humanos para que “todos ellos invoquen el nombre de Jehová, sirviéndole de común acuerdo.” – Sof. 3:8, 9

También se nos dice que en ese entonces la ley de Dios estará escrita en los corazones de la gente. Esta es una de las maneras en que el hombre será restaurado a la perfección perdida a causa de la transgresión de Adán en el Edén. La tarea de grabar la ley divina en los corazones de los hombres requerirá la ayuda de Dios. Fuerzas milagrosas estarán en ese entonces al alcance de quienes las necesiten para ayudarlos a colocarse bajo la jurisdicción de las regulaciones del reino.

Se nos informa que en ese entonces “los habitantes del mundo aprenderán justicia.” (Isa. 26:9) También aprenderán a conocer al verdadero Dios, lo cual les resultará en vida eterna. (Juan 17:3) En ese entonces Satanás estará atado y toda influencia maléfica será restringida. (Apoc. 20:1, 2) La senda para volver a la vida será tan fácil de transitar que “el que anduviere en este camino, por lerdo que sea, no se extraviará.” – Isa. 35:8, 9

¡Cuán diferente será ese estado de cosas al que hoy encontramos entre los verdaderos cristianos! Estos ahora andan por el “camino angosto” tan difícil de hallar, y en el que los que lo recorren son tentados y probados casi a cada paso que dan. (Mat. 7:13, 14) Por supuesto que éstos cuentan con la ayuda de Dios y les espera una grandísima recompensa. Sin embargo, cuando la “calzada” de la restauración sea puesta en servicio, las pruebas de esta edad no serán más, y la humanidad recibirá toda la ayuda necesaria a cada paso hacia adelante para su rápido y pleno retorno a la perfección y a la vida eterna en la tierra.

Tal es el plan de Dios para el mundo de mañana. Seis mil años de preparación han pasado ya. “Miguel,” el Rey del mundo de mañana establecido por Dios, ya está en pie y ha vuelto para tomar a su desposada y para asumir su regia autoridad sobre todas las naciones, lo que resultará en un “tiempo de angustia cual nunca ha sido desde que ha habido nación.” (Dan. 12:1) Esta angustia, aun cuando en extremo desconcertante, preparará al mundo para aceptar al nuevo Rey a pesar de que su presencia aún no es reconocida. Sin embargo, cuando su gloria sea manifestada, “la verá toda carne juntamente.” – Isa. 40:5

Empezando en Jerusalén, el “aumento de su dominio y de su paz” se extenderá gradualmente hasta que cubra a todas las naciones y para todos traiga gozo, paz y vida eterna. (Isa. 9:6, 7) Cuando todas las naciones de la tierra lleguen a estar aún más humilladas de lo que hoy están, dirán: “¡Venid y subamos al monte de Jehová, a la Casa del Dios de Jacob! Y él nos enseñará en cuanto a sus caminos, y nosotros andaremos en sus senderos.” Cuando de esta manera los hombres hayan aprendido los caminos de Dios, entonces “forjarán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni aprenderán más la guerra.” – Miq. 4:1-4; Isa. 2:2-4

Ciertamente, Dios tiene un plan, el que a través de las edades ha marchado adelante, continua y majestuosamente, hacia su pleno complemento. Nos hallamos ahora en el umbral de la dispensación de la plenitud de los tiempos, cuando llega a su culminación el plan divino para la bendición de todas las familias de la tierra con paz, felicidad y vida eterna. Tal culminación será la respuesta que Dios dará a la oración de los sinceros cristianos: “Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.” – Mat. 6:10

Si conocemos el plan de Dios y nos damos cuenta de lo que traerá a un angustiado mundo, es nuestro el privilegio de darlo a saber a otros. El verdadero mensaje de “buenas nuevas” o Evangelio tiene como centro la obra redentora de Cristo. Según tengamos la oportunidad, demos a saber a otros que el plan de Dios no ha fracasado sino que, conforme a su propósito, prosigue hacia su gloriosa culminación. La tarea de Dios en el mundo de ayer no fracasó; su tarea en el mundo de hoy, no ha fracasado; su tarea en el mundo de mañana no fracasará.” – Isa. 42:4; 55:10, 11; 53:11

A causa de que dentro de poco tiempo el plan de Dios será completado en el mundo de mañana, pronto la tierra llegará a ser un paraíso y todo lo que fue perdido en el Edén (pero comprado por medio de la muerte de Jesús) será restaurado a la humanidad. De esta manera Dios limpiará toda lágrima de los ojos de la humanidad y la muerte será “tragada” o extinguida victoriosamente. – Apoc. 21:1-5; 1 Cor. 15:54



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